Los últimos días del exhibicionista

Hace un tiempo, conocí a una persona que padecía la enfermedad más extraña de la que se tuvo conocimiento. Tenía una patología que consistía en poseer una imperiosa necesidad de comunicarle al mundo entero dónde se encontraba y qué era lo que hacía.

Una exigencia biológica que lo hacía tener que señalarle al resto de la sociedad, a cada momento, en qué lugar estaba…

… si en esa fiesta, si en tal bar, si en aquel restaurante. Si con “esos” amigos, si con tales parientes, si con aquella pareja…

En esas numerosas “ubicaciones” depositaba todo ese miedo de que a nadie le importe un real carajo lo que estaba haciendo.

Su vida fue transformándose, poco a poco, en un catálogo inútil de check-in’s. Vivía tan preocupado por el afuera, que se olvidaba de la importancia del adentro. Esta enfermedad lo fue vaciando de contenido, hasta desnutrirlo mentalmente y convertirlo en un bicho en apariencia social pero absolutamente solo.

Se fue quedando sin argumentos, experiencias o relaciones de peso, ya que todos sus encuentros estaban programados para la exhibición, y no importaba si los contactos que establecía hoy no eran los que había elegido ayer. Su vida cambiaba como cambian los calcetines de los oficinistas. Establecía encuentros oportunistas y ventajeros. Todo era tan finito que sólo se cuantificaba en esas publicaciones diarias de mostración universal. Todo era tan superficial que nunca pudo encontrarse en un retrato espontáneo. Todo era tan fingido que muchas veces le costaba a sí mismo creerse ese bendito cuento.


Murió así, preso de esa extraña enfermedad que lo atormentaba. Murió tratando de comunicarle al mundo algo que, aparentemente, nadie tenía ganas de escuchar.