El aleatorio

Juro que me quería decir algo… Tenía la mirada cansada, carcomida por la rutina; el rímmel apenas corrido en el ojo izquierdo y la cabeza apoyada íntegramente sobre la ventana del 10. Me miraba a los ojos, como nunca nadie antes me miró; sedienta de comprensión y catársis. Quizás intentaba ocultar la tristeza de un divorcio reciente, o tal vez estaba tan insatisfecha profesionalmente que le dolía hasta el alma. Me miró durante unos segundos más hasta que el semáforo dio verde y la despedí con un último pestañeo. Nunca más volví a saber de ella. 

Las miradas más intensas las recibo en la calle. Son apenas unos segundos de liberación plena, de absoluta entrega a un completo y aleatorio desconocido.

Veo intentos de socorro, de escape. Veo ojos que me quieren insultar y otros que me quieren hacer el amor. Veo miradas de desesperación, de búsqueda, de encuentro…

Hay veces que no hay amigo, familiar o psicólogo que me contenga. Hay veces que necesito perderme en el cemento y depositar mis miedos, proyectos, dudas y aciertos en la mirada de los demás.

Aunque sólo sea por unos pocos segundos. Aunque compartamos tres peldaños de la escalera del subte o nos crucemos por única vez en la salida de un edificio público.

Así caminamos, buscando consuelo en un par de ojos aleatorios. 
Aunque nos encantaría que el aleatorio frene; nos escuche eternamente y nos abrace hasta que duela. Que nos de la receta de la vida mientras nos da un beso interminable, revolviéndonos todas las certezas que alguna vez tuvimos.

Pero el aleatorio nunca frena. 
Porque el aleatorio es el otro...
pero también es uno. 

Con permiso.


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