Bichos de engaño

Cómo me tragué el buzón ese de que el ser humano es un bicho de costumbre. Siempre intentaron convencerme de que estamos psicológicamente preparados para afrontar el cambio, la pérdida, el rechazo, las despedidas...

Cuando caí en la cuenta de que ya no quería ser astronauta, fui comprendiendo que la costumbre es una justificación embustera para que la adaptabilidad no duela tanto. Uno cree que se acostumbra, pero técnicamente se está engañando. El auto convencimiento es el mecanismo más primitivo al que apelamos ante cualquier situación de crisis.

¿Cómo podés celebrar un casamiento días después de haber padecido un velorio?, ¿Cómo podés comer sanguchitos de miga y mezclar Cepita y Campari con una persona nueva si hace apenas unas semanas terminaste con tu ex?, ¿Cómo podés borrar un contacto de un plumazo, cambiar un amigo de un año para otro o irte a tomar cerveza después de haber renunciado a un laburo?, ¿Cómo podés seguir respirando sin ella si hasta hace un mes era “para toda la vida”? Como si nada. Como si no te importase. Como si fuera accesorio.

No cambiamos las lágrimas por el vino por costumbre, no somos tan crueles. Lo hacemos para engañarnos, para mentirnos, para que duela menos, para que dure más.

“Te juro que ya lo superé”, me aseguró una amiga el sábado por la madrugada con una convicción cuasi celestial… Fueron tres los minutos que tardó en romper en llanto, desparramando la evidente mentira por todo el bar. No había superado nada. Ni a él, ni a su historia, ni a los recuerdos que la atormentaban cuando apagaba la luz cada noche… pero a pesar de todo eso, terminamos el encuentro carcajeando como si nada. Como si el tipo no tuviera la más mínima influencia sobre ella. Como si todo eso que le revuelve las tripas y el alma no fuera lo suficientemente importante en una noche de copas.  

El tiempo no cura todo. Es uno el que bloquea el recuerdo para que no vuelva.

Claro que hay que seguir caminando, es imposible frenar en cada callejón. Pero sepamos que somos bichos de engaño, no de costumbre. Sepamos que hay personas, lugares, momentos y recuerdos que van a latir siempre, independientemente de la sangre que tengamos.

Hay cosas que nunca se van, y quedan ahí flotando… devolviéndonos las lágrimas que alguna vez nos tragamos.  

Siento que gracias a ser bichos de engaño nuestra vida no es tan triste como podría llegar a ser si no tuviéramos esa mágica capacidad de maquillar todo en un par de segundos.

Aunque les tengo que confesar que a veces me digo la verdad: arrojo unas cuantas lágrimas, me seco los ojos con el pañuelo para que no se note y me empujo sutilmente al inmenso escenario denominado vida, donde todos tomamos vino y sonreímos.

Vamos por otra ronda. Yo invito.


La guerrera

Hoy, día de la lucha mundial contra el cáncer, quiero hablarles de una persona que dedica su vida entera a combatir la enfermedad más hija de puta del mundo... mi mamá.

Podría haber elegido ser astronauta o jardinera, pero decidió hacer medicina. Y una vez en la medicina no se contentó con bajar la fiebre o curar la tos, decidió arremeter contra el mal más grande que hoy en día se conoce.

Pocas cosas me producen tanto orgullo como un oncólogo –ni qué decirles si esa oncóloga es mi vieja-. Conviven a diario alimentando la esperanza de enfermos desconsolados, sostienen a familias enteras en su desesperada lucha contra la muerte y le juegan una pulseada a diario al Barba, demorando la partida de cientos de mortales.

Todos vimos innumerables películas que relatan, en un intento morboso, la desesperada lucha de quienes sufren cáncer; pero nadie nunca muestra la película que veo a diario en mi casa.

Mi vieja no apaga el celular en vacaciones e interrumpe su almuerzo cada vez que alguien la necesita. Mi vieja se levanta a las 3 de la mañana, se clava las pantuflas y vuela al hospital. Mi vieja no le tiene miedo a la quimioterapia ni a los corticoides, sino que los usa como instrumentos eficaces de su capacidad profesional. Mi vieja no especula con productos de laboratorio ni lucra con los que menos tienen. Mi vieja también es psicóloga: acompaña a cada paciente como si fuera único y palmea la espalda de los familiares con la sana convicción de que dejó cuerpo y alma para liquidar a la enfermedad más zorra de todas.

Yo no crecí entre historias de dragones y hadas, yo crecí escuchando el relato desgarrador de quienes no se rinden hasta el último día. Mi héroe no fue ni Aladín, ni Rapuncel, ni los muñecos amorfos de los canales infantiles. Mi héroe fue, es y será mi vieja.

Feliz día a la guerrera más grande que conozco.

A ella y a todos los que luchan incansablemente para perfumar la vida, cuando sólo se huele a muerte…