El postre

Resulta tímido cuando abre la puerta pero luego de ponerse mínimamente cómodo, termina confesándote todo.

Se sienta a la mesa con el pudor de quien no merece visitarte, pero con el correr de los minutos se vuelvo osado, ordinario y un tanto desesperado…

Parece fuerte y decidido pero es el más débil e inseguro de todos.

Si no le contestás como él desea, trata de seducirte a balbuceos, de forma estúpidamente ridícula, intentando convencerte de que es la mejor opción para esa cena tardía.

Es el único que se saltea la entrada y el primer plato, y pide directamente el postre.

No tiene tacto, habla mucho y se arrepiente rápido.

Al despedirse, cierra la puerta dejando atrás su honorabilidad, decoro y amor propio.

Y ahí va, a trampolinear en la pileta más seca de todas…


El mensaje de las 4 de la mañana.

Valdrá la pena

Tirado en el sillón de mi casa, sobrepasado por la vida, con unos cuantos tintos encima y con la ropa de trabajo deshecha por la transpiración invernal, un amigo cercano me pedía consejo sobre cómo superar el mal trago que estaba atravesando.

Repasé el historial de películas románticas y libros de autoayuda y recordé una frase que aunque trillada y empalagosa, efectiva:

I’m not telling you it’s going to be easy. 
I’m telling you it’s going to be worth it.
No te estoy diciendo que va a ser fácil. Te estoy diciendo que va a valer la pena.

Y ahí estaba la respuesta a todos los males de la vida en dos simples oraciones. Pensé por qué nunca le había dado la importancia que merecía semejante postulado y acto seguido, en un intento desesperado de consuelo, lo reproduje frente a los ojos agobiados que me observaban.

Mi amigo pidió que se lo desarrollara un poco más –con justa razón- teniendo en cuenta el estado desahuciado en el que se hallaba.

“Significa que vas a llorar mucho”, me apresuré a decirle mientras le palmeaba la espalda.

“Sí… Y vas a pasar noches retorciéndote en la cama preguntándote por qué las cosas no son de otra manera. Te va a doler el pecho de querer, la cabeza de pensar y las piernas de intentar mantenerte en pie.

Vas a extrañar como nunca extrañaste a nada ni a nadie, infiriendo que quizás tomaste el camino errado. ¡Eso mismo! vas a llegar a convencerte de que el camino que tomaste es el equivocado y cuando estés a punto de patear las paredes con la furia del que no tiene más salida, vamos a aparecer los amigos, para recordarte por qué tomaste las decisiones que tomaste.

Te voy a obligar a que te hagas cargo de que lo elegiste. Me voy a pasar horas anticipándote finales apocalípticos sobre “lo que hubiese pasado si…” y te voy a insultar cada vez que trates de escaparte al recuerdo remoto.

Y solo ahí, al final del cuento, cuando tu mirada deje de ser chata y cortoplacista, vas a ver cómo se materializa todo ese esfuerzo aparentemente inútil. Vas a agradecerme a mí y a todos los que te acompañaron… pero lo más importante de todo: vas a agradecerte a vos por haber superado ese problema aparentemente irresoluble que te quitaba el sueño”

No sé si lo aconsejé como correspondía, pero se fue mínimamente esperanzado. El problema recién empezaba, ya que la parte “no te digo que va a ser fácil” comenzaba a asomar…

*  *  *

Hoy, varios meses después de aquella noche, no hace falta escucharlo para darse cuenta: tiene el “valió la pena” tatuado en la frente.

Y no sabés lo lindo que le queda...



Los últimos días del exhibicionista

Hace un tiempo, conocí a una persona que padecía la enfermedad más extraña de la que se tuvo conocimiento. Tenía una patología que consistía en poseer una imperiosa necesidad de comunicarle al mundo entero dónde se encontraba y qué era lo que hacía.

Una exigencia biológica que lo hacía tener que señalarle al resto de la sociedad, a cada momento, en qué lugar estaba…

… si en esa fiesta, si en tal bar, si en aquel restaurante. Si con “esos” amigos, si con tales parientes, si con aquella pareja…

En esas numerosas “ubicaciones” depositaba todo ese miedo de que a nadie le importe un real carajo lo que estaba haciendo.

Su vida fue transformándose, poco a poco, en un catálogo inútil de check-in’s. Vivía tan preocupado por el afuera, que se olvidaba de la importancia del adentro. Esta enfermedad lo fue vaciando de contenido, hasta desnutrirlo mentalmente y convertirlo en un bicho en apariencia social pero absolutamente solo.

Se fue quedando sin argumentos, experiencias o relaciones de peso, ya que todos sus encuentros estaban programados para la exhibición, y no importaba si los contactos que establecía hoy no eran los que había elegido ayer. Su vida cambiaba como cambian los calcetines de los oficinistas. Establecía encuentros oportunistas y ventajeros. Todo era tan finito que sólo se cuantificaba en esas publicaciones diarias de mostración universal. Todo era tan superficial que nunca pudo encontrarse en un retrato espontáneo. Todo era tan fingido que muchas veces le costaba a sí mismo creerse ese bendito cuento.


Murió así, preso de esa extraña enfermedad que lo atormentaba. Murió tratando de comunicarle al mundo algo que, aparentemente, nadie tenía ganas de escuchar.



El aleatorio

Juro que me quería decir algo… Tenía la mirada cansada, carcomida por la rutina; el rímmel apenas corrido en el ojo izquierdo y la cabeza apoyada íntegramente sobre la ventana del 10. Me miraba a los ojos, como nunca nadie antes me miró; sedienta de comprensión y catársis. Quizás intentaba ocultar la tristeza de un divorcio reciente, o tal vez estaba tan insatisfecha profesionalmente que le dolía hasta el alma. Me miró durante unos segundos más hasta que el semáforo dio verde y la despedí con un último pestañeo. Nunca más volví a saber de ella. 

Las miradas más intensas las recibo en la calle. Son apenas unos segundos de liberación plena, de absoluta entrega a un completo y aleatorio desconocido.

Veo intentos de socorro, de escape. Veo ojos que me quieren insultar y otros que me quieren hacer el amor. Veo miradas de desesperación, de búsqueda, de encuentro…

Hay veces que no hay amigo, familiar o psicólogo que me contenga. Hay veces que necesito perderme en el cemento y depositar mis miedos, proyectos, dudas y aciertos en la mirada de los demás.

Aunque sólo sea por unos pocos segundos. Aunque compartamos tres peldaños de la escalera del subte o nos crucemos por única vez en la salida de un edificio público.

Así caminamos, buscando consuelo en un par de ojos aleatorios. 
Aunque nos encantaría que el aleatorio frene; nos escuche eternamente y nos abrace hasta que duela. Que nos de la receta de la vida mientras nos da un beso interminable, revolviéndonos todas las certezas que alguna vez tuvimos.

Pero el aleatorio nunca frena. 
Porque el aleatorio es el otro...
pero también es uno. 

Con permiso.


Bichos de engaño

Cómo me tragué el buzón ese de que el ser humano es un bicho de costumbre. Siempre intentaron convencerme de que estamos psicológicamente preparados para afrontar el cambio, la pérdida, el rechazo, las despedidas...

Cuando caí en la cuenta de que ya no quería ser astronauta, fui comprendiendo que la costumbre es una justificación embustera para que la adaptabilidad no duela tanto. Uno cree que se acostumbra, pero técnicamente se está engañando. El auto convencimiento es el mecanismo más primitivo al que apelamos ante cualquier situación de crisis.

¿Cómo podés celebrar un casamiento días después de haber padecido un velorio?, ¿Cómo podés comer sanguchitos de miga y mezclar Cepita y Campari con una persona nueva si hace apenas unas semanas terminaste con tu ex?, ¿Cómo podés borrar un contacto de un plumazo, cambiar un amigo de un año para otro o irte a tomar cerveza después de haber renunciado a un laburo?, ¿Cómo podés seguir respirando sin ella si hasta hace un mes era “para toda la vida”? Como si nada. Como si no te importase. Como si fuera accesorio.

No cambiamos las lágrimas por el vino por costumbre, no somos tan crueles. Lo hacemos para engañarnos, para mentirnos, para que duela menos, para que dure más.

“Te juro que ya lo superé”, me aseguró una amiga el sábado por la madrugada con una convicción cuasi celestial… Fueron tres los minutos que tardó en romper en llanto, desparramando la evidente mentira por todo el bar. No había superado nada. Ni a él, ni a su historia, ni a los recuerdos que la atormentaban cuando apagaba la luz cada noche… pero a pesar de todo eso, terminamos el encuentro carcajeando como si nada. Como si el tipo no tuviera la más mínima influencia sobre ella. Como si todo eso que le revuelve las tripas y el alma no fuera lo suficientemente importante en una noche de copas.  

El tiempo no cura todo. Es uno el que bloquea el recuerdo para que no vuelva.

Claro que hay que seguir caminando, es imposible frenar en cada callejón. Pero sepamos que somos bichos de engaño, no de costumbre. Sepamos que hay personas, lugares, momentos y recuerdos que van a latir siempre, independientemente de la sangre que tengamos.

Hay cosas que nunca se van, y quedan ahí flotando… devolviéndonos las lágrimas que alguna vez nos tragamos.  

Siento que gracias a ser bichos de engaño nuestra vida no es tan triste como podría llegar a ser si no tuviéramos esa mágica capacidad de maquillar todo en un par de segundos.

Aunque les tengo que confesar que a veces me digo la verdad: arrojo unas cuantas lágrimas, me seco los ojos con el pañuelo para que no se note y me empujo sutilmente al inmenso escenario denominado vida, donde todos tomamos vino y sonreímos.

Vamos por otra ronda. Yo invito.


La guerrera

Hoy, día de la lucha mundial contra el cáncer, quiero hablarles de una persona que dedica su vida entera a combatir la enfermedad más hija de puta del mundo... mi mamá.

Podría haber elegido ser astronauta o jardinera, pero decidió hacer medicina. Y una vez en la medicina no se contentó con bajar la fiebre o curar la tos, decidió arremeter contra el mal más grande que hoy en día se conoce.

Pocas cosas me producen tanto orgullo como un oncólogo –ni qué decirles si esa oncóloga es mi vieja-. Conviven a diario alimentando la esperanza de enfermos desconsolados, sostienen a familias enteras en su desesperada lucha contra la muerte y le juegan una pulseada a diario al Barba, demorando la partida de cientos de mortales.

Todos vimos innumerables películas que relatan, en un intento morboso, la desesperada lucha de quienes sufren cáncer; pero nadie nunca muestra la película que veo a diario en mi casa.

Mi vieja no apaga el celular en vacaciones e interrumpe su almuerzo cada vez que alguien la necesita. Mi vieja se levanta a las 3 de la mañana, se clava las pantuflas y vuela al hospital. Mi vieja no le tiene miedo a la quimioterapia ni a los corticoides, sino que los usa como instrumentos eficaces de su capacidad profesional. Mi vieja no especula con productos de laboratorio ni lucra con los que menos tienen. Mi vieja también es psicóloga: acompaña a cada paciente como si fuera único y palmea la espalda de los familiares con la sana convicción de que dejó cuerpo y alma para liquidar a la enfermedad más zorra de todas.

Yo no crecí entre historias de dragones y hadas, yo crecí escuchando el relato desgarrador de quienes no se rinden hasta el último día. Mi héroe no fue ni Aladín, ni Rapuncel, ni los muñecos amorfos de los canales infantiles. Mi héroe fue, es y será mi vieja.

Feliz día a la guerrera más grande que conozco.

A ella y a todos los que luchan incansablemente para perfumar la vida, cuando sólo se huele a muerte…