El día que dejé de ser un pelotudo

Resulta que hace dos días me encontré puteando como una prostituta de puerto mal paga porque en el restaurant en el que me encontraba no había wi-fi. Me bailaban las piernas y se me caían las uñas por unas escasas barras de señal en la pantalla de mi celular.

Y fue entonces, con la ansiedad offline y el pulso intranquilo, que decidí dejar de ser un pelotudo.

Observé el sambuche de salmón y rúcula -mientras se suicidaba la comunidad de machos argentina- y le di un colosal bocado. Aparté mi celular y decidí examinar mi alrededor, tarea casi imposible de realizar si hubiese tenido conexión a internet.

Y entonces, descubrí el mundo.

Sentí olor a frutillas. Y vislumbré el licuado de la chica de la mesa contigua. Un joven le endulzaba los oídos y le acariciaba la pierna. Más allá, una abuela lloraba de risa comunicándose por teléfono con algún nieto lejano. Empecé a escuchar la música del retaurante. Era jazz. El sonido era perfecto. Afuera, sonaba el mar chocando con las rocas y el viento golpeando la ventana. Me saqué las zapatillas. Moví los dedos del pie y descubrí que tenía arena en ellos, porque estaba en la playa. Pedí una cerveza. Estaba helada. Soberbia. Bajaba por mi garganta raudamente mientras sentía el olor a frutillas y escuchaba el mítico jazz. Pagué la cuenta y me levanté casi flotando. Empecé a caminar mirando a los ojos a la gente y sonriendo a un par. Me sentía vivo. Pleno. Empecé a tararear una canción. Y a mascar un chicle de uva. Y a sentir como el viento secaba mis ojos.

-  ¡Señor!

Me interrumpe alguien. Era la moza del restaurant que había abandonado hace unos segundos…

-  Tome... se olvidaba su celular.


4 comentarios: