De Tinder y otras redes de prostitución

Ahí están, ahí se ofrecen… como cabezas de ganado en el último remate del pueblo.

Ella, le hace creer a todos que tiene gomas prominentes mostrando una foto picada sacada en una ciudad costera.

Él, exhibe sus marcados abdominales trabajados durante toda la temporada invernal.

Éramos pocos y apareció Tinder. Una aplicación en la que se suceden personas del sexo opuesto -en caso de que seas heterosexual- para que puedas manifestar, de manera privada, si te gusta el pedazo de carne que se ofrece o si preferís quedarte solo chupando clavos. Un par de fotos, la edad, amigos en común y unos pocos intereses son suficientes para elegir si te quedás con ella o seguís con la próxima víctima.

Y así pasan… Carla y Estefanía; Pablo y Facundo; y ninguno te convence… O es muy flaco o muy gordita, o le gusta Pimpinella o tenés de amigo en común a tu ex.

Junto con Tinder, una multiplicidad de plataformas para enterrar la hortaliza. Redes en las que se pide a grito desconsolado un novio, una amante o un acompañante terapéutico para los fines de semana.

Uno de los factores en común que tienen este tipo de redes es la indicación de proximidad. Como si de la emisión de feromonas se tratase, los especímenes que se lucen figuran con kilometraje de lejanía, para que no pierdas tiempo saludando a un provinciano si vivís en la capital o no gastes energías en mantener una conversación inteligente con alguien de Tigre, si la querés poner en Palermo.

La elección de las fotos es casi la clave del éxito en este tipo de sitios. Siempre bronceado, con la sonrisa impecable y mostrando un poco de carne. No importa que la foto esté desactualizada, -como lo es en la mayoría de los casos- importa mostrar lo flaca que estabas en el 98, lo groso que te dejaba el gym en el 2004 y qué saludable te veías tres años atrás, antes de perder pelo y sumar kilos.

Pero la prostitución no es exclusiva de aplicaciones destinadas a esa finalidad. Todas las redes sociales se terminaron transformando en un burdel virtual donde gana el que mejor busca. Desde un DM en Twitter hasta un toque en Facebook. -¿Qué es un toque?... ¿es un saludo?, ¿un llamado?, ¿una bulteada?- todos hacen sus intentos aunque sea una primera vez.

Ametrallarlo a likes parece ser la solución para que la princesita humedezca su madriguera. ¿Recuerdan cuando el “me gusta” significaba “qué simpática esta foto”?, ¿Dónde quedó la prudencia y la espera?...

Justo al lado de la dignidad.  

Instagram pasó de ofrecer lugares exóticos y vasos de Starbucks a exhibir cuerpos aceitados y pechos inquietos, en un decadente muestrario de la miseria humana.

Hasta en Linkedin se corrompen… Tener un máster en Comunicación Empresarial y saber 4 idiomas calienta más. Cuantas más palabras tiene su cargo más interesante se pone el asunto, y si su puesto está en inglés, puede levantar más de un principio de orgasmo.

Solos y solas existieron siempre, pero nunca estuvieron tan desesperados. Se desvisten en el primer portal que les ofrezca seguridad, acechan a la primera víctima que sea potable y renuncian a su dignidad con tal de tener una cita el fin de semana.

Más indigno es quedarse en el molde, mirando una película de Hitchcock jugándola de interesante. Descarguen sus aplicaciones, disparen sus chats y reconozcan su pateticismo. La única diferencia entre alguien que use el levante 2.0 y alguien que lo esquiva, será la satisfacción que tendrá el viernes a las 3 de la mañana. ¿Y a largo plazo? 

Eso ya no depende Tinder...  


Nota del autor: Quien escribió este post es tan mediocre como todos los que se describen en él. Tiene Tinder e Instagram y a veces reconoce estar desesperado por conseguir un hueso de semana.

4 comentarios:

  1. Todo el mundo usa tinder pero nadie se hace cargo.
    Yo por lo menos lo reconosco ;)

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  2. Es una medio mas para conocer personas, como cualquier otro. Ni mejor ni peor.

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