La coexistencia

Viernes. 6 a.m.

Luego de saborear un contundente desayuno, baño de noticias de por medio, sale de su hogar un hombre dispuesto a enfrentar la jornada de trabajo con absoluta entereza y predisposición.

Pero no está sólo.

Ahí van, parvas de jóvenes tambaleantes sedados por la ingesta de alcohol. Muchachas con las medias y el rimmel corridos en busca de una bondiola que justifique la noche en vilo. Caminan sin rumbo, balanceándose con desgano, extras perfectos para la última temporada de The Walking Dead.

Y algunos hasta entonan estrofas de cancha, o rompen botellas vacías, o se dedican al riego vegetal y no precisamente con agua. Ellos son seres nocturnos que nada conocen sobre obligaciones tempranas de fin de semana.

Mientras una anciana le pelea el precio de la lechuga al verdulero, un adolescente le pelea unos centímetros de mano indebida a su conquista nocturna. La diferencia reside en que el verdulero no cede.

Mientras un joven cadete devuelve un pedido demorado dos días, un joven en peores condiciones devuelve pedidos de bebidas blancas realizados tres horas antes.

Mientras una treintona despabilada hace deporte madrugador focalizada en las lagartijas, una veinteañera arruinada elige, como rutina esporádica, las sentadillas.

La coexistencia de ambos grupos resulta, por momentos, un tanto patética. Las tostadas y el fondo de tequila. Los zapatos lustrados y las zapatillas embarradas. El que se despierta y el que se acuesta. “Arriba Argentinos” y “Buenas noches, pelotudo”.

No hay nada más decadente que introducir una pierna fría en la cama mientras escuchás a tus viejos –en caso de que tengas el ‘mayor gusto’ de vivir con ellos- levantarse para asistir a sus respectivos trabajos.   

Por eso, para evitar la coexistencia de los grupos que colisionan a las 6 de la mañana, como primera opción, salí el sábado. Puede que a la vuelta te encuentres a algún abuelo dominguero paseando al perro, pero el impacto no será tan mayúsculo como el de los sábados –ni que hablar de los viernes-. No es muy alentador descubrir a un sinfín de gente asistiendo a un mundo denominado “deber”, al cual por lo visto, no has sido invitado.

Como segunda opción, encaminate a algún after. Esos antros dedicados a zombies de tu talla, donde el Gangnam Style matutino parece convertirse en un ritual satánico y donde Ke$ha deja de hablar de drogas y brillantina, para hablar sólo de las primeras. Eso sí, pedite un trago potente para que cuando salgas, la coexistencia con los vespertinos trabajadores no te pegue fuerte.

En caso de pegarte fuerte, y este sí es mi último consejo, recostate en el sillón y admirá por decimocuarta vez ese glorioso capítulo de Los Simpsons, como para que la culpa no te carcoma, hasta muy entrada la noche… 

2 comentarios:

  1. Me encanta la coexistencia tiene esos matices de libertad que son irrenunciables. Buen texto gracias gonzalo. Daniel

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  2. Muy bien descrita la sensación de ser un vago de mierda necesitando un lugar para morir unas horas mientras el mundo sigue girando, o lo sigue haciendo girar la gente responsable. Me ha pasado, especialmente cuando una amiga me invita cordialmente a trasnochar los jueves. (Que suele pasar semana por medio)
    Buena recomendación salir los sábados, creo que es un día propicio para la joda sin resentimientos!

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