Lástima

Tengo mucha lástima. Ni bronca ni enojo, lástima. Quizá el peor sentimiento de todos, junto con la pena y el dolor, por su cuota de resignación y su nula capacidad de acción.

Me da lástima que haya celebración, cuando hay más de 10 velorios. La palabra fiesta, sea cual sea su motivo, no cabe bajo ningún punto de vista en un día como hoy. El baile y el vino sólo demuestran esa maravillosa capacidad de hacer oídos sordos a una realidad que nos está atormentando.

Tengo lástima de ver a un pueblo revelado contra sí mismo, arrebatándose la honra y la autoestima. Tengo lástima de ver una comunidad dividida, irreconciliablemente enfrentada por los colores políticos de turno, olvidándose del bien común y la ayuda colectiva.

Tengo lástima de tener un suelo primermundista, una administración tercermundista y una sociedad deprimentomundista.

Tengo lástima de los ventajistas, de los asesinos, de los cobardes. Tengo lástima de mí, por limitarme a escribir unas pocas líneas críticas y lástima de vos, por limitarte a leerlas.

Tal vez sea hora de transformar la lástima en algo productivo.

No sé en qué.

No sé cómo.

Calculo que es justamente por esos dos motivos por los que introduzco un sobre blanco en la urna electoral de mi escuela contigua, delegando mi “no sé en qué” y mi “no sé cómo” en aquellos que considero que sí pueden resolverlos.

Guardo el vino y el baile para cuando la lástima se me pase. 
Y espero que sea pronto…

De Tinder y otras redes de prostitución

Ahí están, ahí se ofrecen… como cabezas de ganado en el último remate del pueblo.

Ella, le hace creer a todos que tiene gomas prominentes mostrando una foto picada sacada en una ciudad costera.

Él, exhibe sus marcados abdominales trabajados durante toda la temporada invernal.

Éramos pocos y apareció Tinder. Una aplicación en la que se suceden personas del sexo opuesto -en caso de que seas heterosexual- para que puedas manifestar, de manera privada, si te gusta el pedazo de carne que se ofrece o si preferís quedarte solo chupando clavos. Un par de fotos, la edad, amigos en común y unos pocos intereses son suficientes para elegir si te quedás con ella o seguís con la próxima víctima.

Y así pasan… Carla y Estefanía; Pablo y Facundo; y ninguno te convence… O es muy flaco o muy gordita, o le gusta Pimpinella o tenés de amigo en común a tu ex.

Junto con Tinder, una multiplicidad de plataformas para enterrar la hortaliza. Redes en las que se pide a grito desconsolado un novio, una amante o un acompañante terapéutico para los fines de semana.

Uno de los factores en común que tienen este tipo de redes es la indicación de proximidad. Como si de la emisión de feromonas se tratase, los especímenes que se lucen figuran con kilometraje de lejanía, para que no pierdas tiempo saludando a un provinciano si vivís en la capital o no gastes energías en mantener una conversación inteligente con alguien de Tigre, si la querés poner en Palermo.

La elección de las fotos es casi la clave del éxito en este tipo de sitios. Siempre bronceado, con la sonrisa impecable y mostrando un poco de carne. No importa que la foto esté desactualizada, -como lo es en la mayoría de los casos- importa mostrar lo flaca que estabas en el 98, lo groso que te dejaba el gym en el 2004 y qué saludable te veías tres años atrás, antes de perder pelo y sumar kilos.

Pero la prostitución no es exclusiva de aplicaciones destinadas a esa finalidad. Todas las redes sociales se terminaron transformando en un burdel virtual donde gana el que mejor busca. Desde un DM en Twitter hasta un toque en Facebook. -¿Qué es un toque?... ¿es un saludo?, ¿un llamado?, ¿una bulteada?- todos hacen sus intentos aunque sea una primera vez.

Ametrallarlo a likes parece ser la solución para que la princesita humedezca su madriguera. ¿Recuerdan cuando el “me gusta” significaba “qué simpática esta foto”?, ¿Dónde quedó la prudencia y la espera?...

Justo al lado de la dignidad.  

Instagram pasó de ofrecer lugares exóticos y vasos de Starbucks a exhibir cuerpos aceitados y pechos inquietos, en un decadente muestrario de la miseria humana.

Hasta en Linkedin se corrompen… Tener un máster en Comunicación Empresarial y saber 4 idiomas calienta más. Cuantas más palabras tiene su cargo más interesante se pone el asunto, y si su puesto está en inglés, puede levantar más de un principio de orgasmo.

Solos y solas existieron siempre, pero nunca estuvieron tan desesperados. Se desvisten en el primer portal que les ofrezca seguridad, acechan a la primera víctima que sea potable y renuncian a su dignidad con tal de tener una cita el fin de semana.

Más indigno es quedarse en el molde, mirando una película de Hitchcock jugándola de interesante. Descarguen sus aplicaciones, disparen sus chats y reconozcan su pateticismo. La única diferencia entre alguien que use el levante 2.0 y alguien que lo esquiva, será la satisfacción que tendrá el viernes a las 3 de la mañana. ¿Y a largo plazo? 

Eso ya no depende Tinder...  


Nota del autor: Quien escribió este post es tan mediocre como todos los que se describen en él. Tiene Tinder e Instagram y a veces reconoce estar desesperado por conseguir un hueso de semana.

Enchufados

Transeúntes sordos, caminando en masa pero increíblemente aislados los unos de los otros. Pasan por alto el sonido de los pájaros mañaneros, el bandoneón en el subte y el piropo obrero. Revolviendo la cera del sucio, adornando las orejas del hipster y ridiculizando a aquel que los compró rosas por falta de stock, los aparatos comprimen sus orejas y son conectados por dos lazos de goma hacia una caja sonora ubicada en su bolsillo más cercano.

Reemplazan la risa pasajera de un desconocido por unos vagos acordes de Agapornis. Sustituyen una interesantísima conversación ajena en un colectivo por el último hit de Daft Punk –y se reconocen fanáticos de la banda cuando sólo conocen “Get lucky”-. Desatienden la plegaria de un necesitado mientras mueven sus pies al compás de Michael Jackson -Con menos ritmo que el difunto, claro está-.

Y así van… enchufados. Ellas, simulando ser la Jennifer López del subdesarrollo en un desfile poco agraciado para el resto, pero increíblemente seductor para sí mismas. Ellos, acordándose de su última novia con algún tema meloso, de esos que cuando se desenchufa el aparato y se dispara el altavoz desnudando su pateticidad frente al gran público, los hace desear que las placas tectónicas se descoloquen y les den una desaparición certera, alejados de los ojos críticos y aniquiladores.

Se pierden muchas cosas. Algunos se pierden el grito de un amigo en la vereda de enfrente, el silbido de un galán provechoso o la dulce melodía de un artista callejero.

Otros, se pierden el bocinazo que advierte su inminente muerte en una esquina transitada, y vuelan por los aires al ritmo de AC/DC o Demi Lovato.

Nombres nefastos

¿Cuándo se produce la perversa sinápsis en la que un par de padres inconscientes deciden rotular a su futuro hijo con un alias tan desdichado?

“Pongámosle Tabatha
“Excelente idea mi amor… ¡Y a la próxima Geraldine!”

Eso no es sólo atentar contra el buen gusto, eso es ser un progenitor vil que poco piensa en la satisfacción de su sucesor. 

Flavio va a tener que mostrar su documento con la cabeza a gachas; Morena va a ser señalada en cuanto tema latino se baile; Nieves sufrirá la tomada de lista durante toda su vida escolar, Walter será aniquilado con algún sobrenombre camuflador y Brisa… Bueno, el sufrimiento de Brisa será casi inigualable al de los anteriores.

Pero no todo es mérito de los padres, muchas veces las personalidades públicas terminan apuñalando las denominaciones más comunes. Y así, Wanda será Nara toda la vida; Zulma será Lobato; Román Riquelme; Ivonne la de Bandana; Nazarena Velez y la más funesta de todas… Guido-Sü será casi una asociación inconsciente.

¿Para qué le ponés Solange, Nicole, Jaqueline, Abigail o Ximena si no pretendés que sea vedette?, ¿Por qué elegís Gianluca, Dylan, Xavier, Merlín Atahualpa o Lizardo si no sabés si te va a salir tan snob como lo planeaste?, ¿Por qué Celeste, Rosa, Azul, Violeta y Blanca sin no pretenden polvorear un arcoiris?, ¿Por qué Ailén, Nehuén, Pehuén, Mailén o Keilén si no van a pasearse en taparrabos por algún baldío sureño?,¿Por qué Priscila?, ¿Por qué Uriel?, ¿POR QUÉ LUDMILA? ¿¡POR QUÉEEEEEEEE?!

Claro está que el nombre no tiene nada que ver con la persona. Puede que Nancy sea una excelente mujer y que Leonardo resulte un tipo encantador. Seguramente Alan es el esposo ideal, Anahí una dama con códigos, Ariel un trabajador excepcional y Vanesa una verdadera duquesa. Pero fueron condenados al nacer, tal vez por las modas, tal vez por los padres precipitados o simplemente por el antojo arbitrario de algún desalmado.

Hablemos de Abril… o de Jonathan. Planteémonos seriamente un Leandro, una Luz Marina, un Alexis, una Natacha o un Christian con h. Fracasaste como trola si no te llamás Pamela. Fracasaste como tumbero si no te pusieron Leonel.

Samanta “toda la noche se la aguanta”, Débora “me el trozo”, Arturo “sorete duro” y Armando “sorete blando”, acá y en la China. Así que pensalo dos veces como mínimo antes de crucificarlos de por vida.

Bastián no es canchero, Nadine no es excéntrico; Braian hiere los oídos y Paola los destruye por completo. Melani no tiene sentido si no pretendés convertirla en estrella infantil latina.

Sólo me resta hacer un humilde llamado a la solidaridad:

Estimados padres,
Cuando elijan un nombre, no levanten la cabeza al horizonte y divaguen en etiquetas desagradables. Es preferible un Pedro. O una Julieta.
Desde ya, muchas gracias,

Tatiana
Gianfranco
Gisela
Melina
Maximiliano
Emilce
y
Bianca

(Y por si te preocupa, Bianca todavía no puede entender por qué le pusieron nombre de casa de almohadones, persona cruel)


La nada misma


Tiene buenas gomas.
Está bien groso.
Ropa de marca.
Los Alpes de fondo.
O alguna ciudad europea.
Ojazos.
Sonrisa encandila.
Black and White.
Trajeado.
Está en alguna salina norteña.
Mira al horizonte.
Escote prominente.
Familia perfecta.
VIP.
Se reconoce hipster.
Está nevando.
Salta en la playa.
Tiene un trago bananero.
Lejos de Las Toninas, cerca de Playa del Carmen.
Sus amigos son perfectos.
Bungee jumping.
Su novia está bárbara.
Y él tiene los pelos al viento.
Salvaje.

Pero no es nada de eso.
Nada.

Solo es su foto de perfil de Facebook.

Línea D


No es sano observarte disimuladamente, que me devuelvas la mirada y querer patear todos los vagones de la línea D hasta que el hematoma sea lo suficientemente grande como para animarme a invitarte a salir.

¿Por qué no nos pasamos todos los números y nos dejamos de histeriquear de una vez por todas? Arrebatame los auriculares y bajémonos en Scalabrini Ortiz, o en Ministro Carranza. Sé mi punga, afaname la billetera y patinate todos mis petrodólares en una cena de viernes. Hagamos Catedral-Congreso unas 20 veces jugando al Scrabble sobre tu entrepierna. Dejá de leer la biografía de Lanata y déjame hacerte 30 puntos a mi manera. Se me hace Agüero la boca, me quedo Callao y te hago el Juramento de no hacer estas rimas pelotudas cuando vayamos a tomar nuestra primera cerveza.

Pero no lo hacemos.

Y yo sigo desnudándote en mi inconsciente, mientras tarareo el último tema de moda. Suena el “tuuu” nefasto. Ese que cierra la puerta. Vos bajás y yo sigo. Y te pierdo. Para siempre.  

Farmacity, la república de los grandes

Refugio del hipocondríaco, asilo para la obsesiva, socorro del ultimomentista. Ya sea sobre la transitada Cabildo, entre Perú y Av. De Mayo, en plena Diagonal Norte o escondida en el bajo, la cadena Farmacity es el lugar de la eterna felicidad. Tan cara como una juguetería pero con chiches mucho más efectivos y codiciados.


Recorrer las góndolas del Farmacity es un camino de ida, es una sensación de libertad plena donde la diversidad es el plato principal de cada cliente. Una caja de tampones, un blíster de Ibupirac y un paquete de galletitas Toddy. Un jabón antibacterial, tres jugos Clight y la última fragancia de Antonio Banderas. 40 unidades de melatonina, un esmalte para uñas y una mamadera del hijo de Poo.

De forma aún más estratégica que en un supermercado, los repositores ubican la mercadería mientras uno deambula por los pasillos interminables. Y veo el cepillo de dientes que me faltaba. Al lado de un reluciente enjuague bucal que boxea a las encías. Al lado de un efectivo hilo dental con gotas blanqueadoras. Al lado de un spray bucal con nubes de eucalipto. Al lado de un porta cepillos de los Power Rangers. Y llevo los 5 productos. Inclusive el porta cepillos de mis ídolos de la infancia, quizá el más importante de toda la compra.

Para las mujeres es el lugar que les asegura, junto con la peluquería y la esteticista, una vida repleta de éxitos en la belleza. Bandas depilatorias, desodorantes que no manchan la ropa, rimmel a prueba de agua, cremas anticelulíticas, tés adelgazantes y una variedad de alfajores nacionales de camino a la caja, inhabilitando en un último arrebato las compras antes realizadas. 

La cola del Farmacity es la peregrinación de la vergüenza. Todos sabemos que compramos productos innecesarios, pero nos ruborizan aún más esos que delatan nuestras inseguridades. Y entonces la fila se transforma en un tapadero de marcas y productos. La señora esconde el Corega pega muelas. Un hombre arropa una caja de 12 preservativos sabor chocolate. Una adolescente entrega tímidamente una Barrocutina al cajero, mientras otra de la misma edad pero con la piel suave asoma, con un relativo grado de culpa, un Evatest de su canasto.
 
“Farmacity 2x1 es lo mejor” se escucha en un canto que avergüenza al concertista pero enorgullece al publicista que busca un efecto certero en el inconsciente del consumidor. Y es que ya sean 2 bolsas de caramelos, 2 perfumes o 2 baberos descartables, suena bello cuando sólo se paga la primera unidad. Entonces, como si del Arca de Noé se tratara, uno llena la bolsa de artículos pares destinados a satisfacer el consumismo inútil.

¡Qué grande eres Farmacity!
¡Qué bellas puertas corredizas tienes!
Esas promociones que tímidamente asoman,
Esos jabones que dulcemente me aroman.

Ni Vasotenal, ni Alplax, ni Rivotril.
Ni Tafirol en un alto estado febril.
No hay nada que más me enamora.
Tú, querido Farmacity, eres mi única droga.

La coexistencia

Viernes. 6 a.m.

Luego de saborear un contundente desayuno, baño de noticias de por medio, sale de su hogar un hombre dispuesto a enfrentar la jornada de trabajo con absoluta entereza y predisposición.

Pero no está sólo.

Ahí van, parvas de jóvenes tambaleantes sedados por la ingesta de alcohol. Muchachas con las medias y el rimmel corridos en busca de una bondiola que justifique la noche en vilo. Caminan sin rumbo, balanceándose con desgano, extras perfectos para la última temporada de The Walking Dead.

Y algunos hasta entonan estrofas de cancha, o rompen botellas vacías, o se dedican al riego vegetal y no precisamente con agua. Ellos son seres nocturnos que nada conocen sobre obligaciones tempranas de fin de semana.

Mientras una anciana le pelea el precio de la lechuga al verdulero, un adolescente le pelea unos centímetros de mano indebida a su conquista nocturna. La diferencia reside en que el verdulero no cede.

Mientras un joven cadete devuelve un pedido demorado dos días, un joven en peores condiciones devuelve pedidos de bebidas blancas realizados tres horas antes.

Mientras una treintona despabilada hace deporte madrugador focalizada en las lagartijas, una veinteañera arruinada elige, como rutina esporádica, las sentadillas.

La coexistencia de ambos grupos resulta, por momentos, un tanto patética. Las tostadas y el fondo de tequila. Los zapatos lustrados y las zapatillas embarradas. El que se despierta y el que se acuesta. “Arriba Argentinos” y “Buenas noches, pelotudo”.

No hay nada más decadente que introducir una pierna fría en la cama mientras escuchás a tus viejos –en caso de que tengas el ‘mayor gusto’ de vivir con ellos- levantarse para asistir a sus respectivos trabajos.   

Por eso, para evitar la coexistencia de los grupos que colisionan a las 6 de la mañana, como primera opción, salí el sábado. Puede que a la vuelta te encuentres a algún abuelo dominguero paseando al perro, pero el impacto no será tan mayúsculo como el de los sábados –ni que hablar de los viernes-. No es muy alentador descubrir a un sinfín de gente asistiendo a un mundo denominado “deber”, al cual por lo visto, no has sido invitado.

Como segunda opción, encaminate a algún after. Esos antros dedicados a zombies de tu talla, donde el Gangnam Style matutino parece convertirse en un ritual satánico y donde Ke$ha deja de hablar de drogas y brillantina, para hablar sólo de las primeras. Eso sí, pedite un trago potente para que cuando salgas, la coexistencia con los vespertinos trabajadores no te pegue fuerte.

En caso de pegarte fuerte, y este sí es mi último consejo, recostate en el sillón y admirá por decimocuarta vez ese glorioso capítulo de Los Simpsons, como para que la culpa no te carcoma, hasta muy entrada la noche…