Un día más en la vida de Pedro

Viernes 10 de julio de 2012, 6 a.m.

Pedro se levantó desmotivado, arrastrando los pies fríos sobre unas pantuflas corroídas. Decidió no desayunar porque tenía miedo de que se le quemen las tostadas y no tenía ganas de revisar la fecha de vencimiento del último saché de leche.

Su día laboral no resultó ni desmedidamente entretenido ni  apabulladoramente alienante. Habló con un par de clientes, sacó algunas fotocopias y tomó un café de máquina. Su jefe lo citó a las 11 en punto para subestimarlo y menospreciarlo injustificadamente como cada día, pero en esta ocasión, con una violencia inusitada. Le gritó “inútil”, “inservible” y lo amenazó, por decimoctava vez, con despedirlo de la empresa. Pero Pedro no se animó a enfrentarlo, más bien agachó la cabeza para evitar conflicto –como hubiese hecho cualquier otro empleado- y se retiró del despacho pidiendo perdón.

Durante el almuerzo sonó su celular 10 veces, Pedro era una persona muy querida y solicitada. Llamó su madre para saber cómo estaba, varios amigos para invitarlo a numerosas fiestas y hasta una ex le interrumpió su ensalada césar para decirle que lo extrañaba. Pero Pedro no estaba de humor para atender el teléfono, por lo que las 10 llamadas se convirtieron en vibraciones inútiles sobre la mesa del comedor de la empresa.

Cuando estaba a punto de pedir su postre se dio cuenta de que era demasiado tarde y tenía que terminar de completar 8 planillas de Excel de algún tema aburrido relacionado con cuentas. Abandonó las frutillas con crema y llegó a tiempo para terminar las hojas de cálculos.

Fin del día laboral, 6 p.m.

Pedro llegó a su departamento agotado de la vida rutinaria y decidió reemplazar al gimnasio por una siesta interminable hasta las 10 de la noche. Luego de la misma, encendió el televisor como cada noche para ver el programa de Marcelo Tinelli, pero se aseguró bajar el volumen lo suficiente como para que los vecinos no lo condenaran por consumir basura masiva… aunque Pedro bien sabía que Estela, la señora del departamento contiguo, también lo veía y carcajeaba en voz alta. Ridícula como pocas.

Más tarde llamó nuevamente su madre y en esta ocasión, Pedro atendió la llamada:

Pedro: Vieja, ¿Qué pasa?
Madre de Pedro: ¡Hijo! ¿Cómo estás? Hace tanto que no hablamos… Quería que me cuentes sobre… (bla bla bla)

Su progenitora empezó con el discurso meloso y aburrido de toda madre. La conversación duró 3 minutos exactos.

Pedro: Vieja, me tengo que ir a la garcha.
Madre de Pedro: ¿Querés que hablemos mañana?
Pedro: Mejor… ¡Un beso!
Madre de Pedro: Te quiero.
Pedro: Gracias.

A Pedro no le gustaba manifestar su cariño, lo avergonzaba un poco -como a todo hijo-.

Medianoche, cumpleaños de su mejor amigo

Pedro llegó tarde a la reunión y saludó uno por uno a todos los presentes. Para su sorpresa, se encontraba Lucía, la chica de la cual estaba enamorado desde hace 3 años. Hubo dos pequeños acercamientos físicos pero no pudo emitir palabra alguna frente a ella. Para compensar, bebió todo tipo de bebidas alcohólicas.

Una vez en el boliche, Pedro tomó 2 tragos más más y bailó al triste ritmo de Pitbull con poca gracia. Siguió mirando a Lucía a lo lejos pero no se animó, nuevamente, a acercársele. Él se reconocía un tanto tímido frente al sexo opuesto y asumía su falta de carisma para levantar mujeres.

Cuando sonó “Ai se eu te pego” puso su cara de poker número 23 y decidió no bailar el ridículo pasito de Michael Teló –aunque lo sabía a la perfección-, prefirió ver cómo lo hacían de modo patético las otras 600 personas que se encontraban en el lugar.

4 a.m.

Hora de irse, pensó. Estaba molesto con todo. Nada lo satisfacía. Saludó a sus amigos y salió con prisa del local bailable en busca de un taxi que lo acercara a su casa.

Cruzó una de las avenidas más transitadas de la capital pensando en lo buena que estaba Lucía y en la posibilidad de invitarla a salir al día siguiente. Tanto pensó que no tuvo tiempo para vislumbrar al Corsa gris que circulaba a más de 100 kilómetros por hora por la misma acera.

El impacto fue inmediato. Voló por los aires tapizando la avenida Santa Fé con un escarlata opaco, frotando su piel sobre el cemento duro, fragmentando cada una de sus extremidades y desfigurando su cara, en un remate morboso, sobre el cordón de la intersección con Peyrredón. Mientras tanto, un par de esperanzados llamaban a una ambulancia, confiando en poder reconstruir un puré de tendones y vértebras.

Pero a Pedro nadie le avisó que ese era su “final feliz”.
Nadie le notificó que ese era su último día.

Si hubiese sabido, habría comido las tostadas quemadas con gusto y revisado la fecha de vencimiento de la leche. Habría enfrentado a su jefe, evitando las injusticias y ofreciéndole su carta de inmediata renuncia. Habría atendido las 10 llamadas durante el almuerzo y no habría dudado ni un solo segundo en degustar las frutillas con crema, aunque ello le costase postergar las hojas de cálculo. Habría omitido la siesta interminable y habría invitado a su vecina Estela a ver el aqua dance juntos, mientras carcajeaban ridículamente con lo que el resto denominaba basura masiva. Si Pedro hubiese sabido que la muerte lo esperaba esa noche, habría escuchado el interminable discurso meloso y aburrido de su madre, cerrando la conversación con un “te quiero” desprejuiciado. Habría bailado “Ai se eu te pego” como la bailantera más barata de la movida tropical, disfrutando el momento con sus compañeros de toda la vida y con el resto de los 600 patéticos que se encontraban en el lugar. Si hubiera tenido la visión de su final fatídico le habría comprado un trago a Lucía y dejando de lado su timidez, le habría dado el beso más intenso que jamás nadie le dio. Tal vez se habría quedado hasta las 7 de la mañana bailando, sin gracia pero con intención, el último hit de Pitbull con su banda de toda la vida.

Pero a Pedro nadie le avisó que ese era su “final feliz”.
Nadie le notificó que ese era su último día.


* * *


“¿Y si mañana te morís?” me dijo un amigo para convencerme de hacer algo que no estaba en mis planes. Y fue entonces cuando pensé en tomar decisiones arriesgadas y vivir la vida con intensidad… para que cuando el Corsa me agarre en plena Santa Fé,
olvidarme de los “habría hecho”
y balbucear en un último respiro:

“lo hice”.




4 comentarios:

  1. Conmovedor y Emocionante

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  2. Me dejaste helada. Me hiciste pensar, posta! Hay que vivir con intensidad, carjo! Tu blog es excelente. Saludos, @lauritula

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  3. Sos un hdp...que bien que escribis!

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  4. Esa pregunta que te hizo tu amigo, yo me la hice a mi misma, y la resolución fue igual.
    A veces necesitamos tomar ciertos riesgos para después tener la satisfacción de decir: yo pude, yo lo hice, y nunca lo voy a olvidar.

    Muy linda la historia! Conmovedora.

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