El bobo del pijama a rayas

No es que me resulte placentero usar un pijama a rayas un viernes a la noche, es que la comodidad de permanecer en mi propia casa un fin de semana se manifiesta en las formas.

Cuando iba por el minuto 40 de mi nueva serie yankee preferida, el timbre me arrebata el final de un capítulo clave. En ese preciso instante, recuerdo haber pactado la visita de un amigo días atrás.

Agarro el portero con una usual brutalidad y grito “¡Ahí bajo!”

Observo mi pijama a rayas similar al uniforme de un futuro cirujano en su pasantía final. Me veo un tanto ridículo pero decido bajar en esas condiciones, asumiendo que por el horario nocturno y dado el breve tiempo que estaré afuera, no se justifica un cambio de ropa.

Chancleteo con las pantuflas hasta llamar al ascensor, asomándome a lo lejos para asegurarme de que venga vacío. Se abren las puertas y lo encuentro despejado. Satisfacción.

Marco “Planta baja”.

Para mi sorpresa, el aparato comienza a ascender. Entro en pánico. No tengo escapatoria. No se me ocurre ninguna solución válida.

Piso 7…

Ruego que sea el portero quien lo haya llamado.

Piso 8…

Espero que si no es el portero, sea algún anciano poco preocupado por la apariencia grotesca de un estudiante.

Piso 9…

Me contento con un target mayor a 50.

Piso 10. Se abren las puertas.

Tres chicas de unos 22 años, prototipo modelos de publicidad de Gancia, se personan en el ascensor inundándolo de perfume importado y del sonido de tacos gastados. Y yo con mi pijama a rayas y mis pantuflas de cuero voy cambiando el color de mi pigmentación hacia un tomate oscuro.

Se escuchan las risas, los comentarios maliciosos y las miradas penetrantes. A una de ellas se le escapa una carcajada mientras descendemos hacia el piso cero. Me siento el más pelotudo. ¿Qué me costaba sacarme este disfraz y ponerme una remera y una joggineta?

Quiero explicarles pero creo que es en vano, se burlarán durante toda la noche del ridículo del sexto y su pijama a rayas.

Ya estamos llegando.

Piso 3…

Piso 2…

Piso 1…

Planta baja. Se abren las puertas.

Mi cara de espanto retrata el horror que me espera a la salida del ascensor.

¿¿REUNIÓN DE CONSORCIO UN VIERNES A LAS 10 DE LA N OCHE??

Aproximadamente unas 40 personas sentadas cómodamente en el hall del edificio, ven bajar del ascensor a tres bellezas rubias y un maníaco depresivo alienado por la rutina diaria.

Se escuchan murmullos y se triplican las risas y los comentarios sarcásticos. Quiero correr en varias direcciones pero no tengo salida, sólo tengo que abrirle a mi compañero y escapar dando zancadas por las escaleras.

Me dirijo hacia la puerta, esquivando vecinos y haciendo ruido con mis pantuflas anticuadas. Necesito abrirle la puerta a mi amigo. Necesito un cómplice en todo este sufrimiento. Necesito, por lo menos, reírme de mí mismo con una presencia conocida.

Abro la puerta y para mi sorpresa, no hay ni amigo, ni cómplice, ni nada. Sólo está el muchacho del pedido de Disco mofándose de mi ridículo atuendo.

Nunca más voy a ponerme este pijama de mierda, pienso mientras subo a mi departamento con 10 bolsas de supermercado. Hasta los medallones de pollo y las plantas de lechuga parecen burlarse de mí.

4 comentarios:

  1. excelente. siempre amé tu forma de escribir gonza.

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  2. jajajajjaajajajajajaj cómo te quiero gon sos un genio!

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  3. Jajajaja yo diría tragame tierra YA!!!

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