Irresponsables

Por más fuerza de voluntad que ponga, las palabras emanan de su boca como un grifo recién estrenado. El esfuerzo de callarla es en vano, porque esa ambiciosa sed instintiva de consumir aire y atestarlo de vocablos inútiles excede a cualquier tentativa racional.

Una de las tareas más difíciles de cualquier empleada doméstica, y en especial de la que se encarga de mi departamento, es pasar un trapo húmedo sobre una superficie en completo silencio. Y el trabajo más difícil de quien comparte el ambiente con una empleada doméstica es sugerirle, de un modo políticamente correcto, que haga el favor de cerrar la boca porque nada de lo que dice parece ser información útil.


Me pasea por el pronóstico del tiempo, sus familiares lejanos, alguna que otra enfermedad terminal y sus hábitos alimenticios. Después del taxista, es la única que tiene esa facilidad nociva para saber un poco de todo.


Le sonrío y vuelvo a mi material de estudio. Logro concentrarme.

Y entonces se acerca lentamente, como un tigre hambriento a punto de devorar a su presa. Puedo sentir su respiración y escuchar su primera frase,

- Disculpame que te interrupa, pero…


Ya es demasiado tarde, el monólogo ha comenzado. Nada impedirá que me ametralle con esa sonrisa fingida y me obligue a hacerle de psicólogo media hora más. Una buena excusa quizá, para dejar de lado los libros y evadir la triste realidad de las obligaciones. Como lo hace ella, claro.

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