El polvo debajo de la alfombra

Te la das de informado y a duras penas lees una nota entera de Olé, Primicias Ya o Minuto Uno.
Manifestás estar a dieta pero en la quietud de tu intimidad disfrutás de un buen alfajor triple. En público, ensalada.
Te la das de madura pero seguís tomando la leche viendo Casi Ángeles.
Te hacés el heavy metal y tarareás el tema más pop de Lady Gaga en la ducha.
Sos el primero en acusar de mestizo a cualquier individuo que se te cruza pero de vez en cuando te tragas un par de “eses” y sos el iletrado más grande a la hora de escribir una frase mersa en tu estado de Facebook.
Jurás no haber visto nunca un programa completo de Ideas del Sur pero sabés positivamente que no es cierto. Sos el primero en cuestionar a la televisión, aunque te tragás enteras las trasnoches de Gran Hermano y algún que otro culebrón de Pol-ka.
Asegurás tener una cultura musical envidiable, pero en tu i-pod tenés temas de Karina, Grupo Play y un par de Cacho Castaña.

Y la lista es interminable.

Pero sos intachable ante el foco social, tus gustos y preferencias son los del común denominador.

Estamos acostumbrados a ser despersonalizadas ovejas que caminan cual manada desganada hacia un destino único. Ahí vamos, escondiendo el polvo debajo de la alfombra, para evitar el posible rechazo colectivo.

Actores de cuarta en una película poco interesante, notoriamente pixelada y de bajo volumen…

Irresponsables

Por más fuerza de voluntad que ponga, las palabras emanan de su boca como un grifo recién estrenado. El esfuerzo de callarla es en vano, porque esa ambiciosa sed instintiva de consumir aire y atestarlo de vocablos inútiles excede a cualquier tentativa racional.

Una de las tareas más difíciles de cualquier empleada doméstica, y en especial de la que se encarga de mi departamento, es pasar un trapo húmedo sobre una superficie en completo silencio. Y el trabajo más difícil de quien comparte el ambiente con una empleada doméstica es sugerirle, de un modo políticamente correcto, que haga el favor de cerrar la boca porque nada de lo que dice parece ser información útil.


Me pasea por el pronóstico del tiempo, sus familiares lejanos, alguna que otra enfermedad terminal y sus hábitos alimenticios. Después del taxista, es la única que tiene esa facilidad nociva para saber un poco de todo.


Le sonrío y vuelvo a mi material de estudio. Logro concentrarme.

Y entonces se acerca lentamente, como un tigre hambriento a punto de devorar a su presa. Puedo sentir su respiración y escuchar su primera frase,

- Disculpame que te interrupa, pero…


Ya es demasiado tarde, el monólogo ha comenzado. Nada impedirá que me ametralle con esa sonrisa fingida y me obligue a hacerle de psicólogo media hora más. Una buena excusa quizá, para dejar de lado los libros y evadir la triste realidad de las obligaciones. Como lo hace ella, claro.

La crisis de los 20


No hace falta perder el pelo o descubrir que tu piel es una cartulina de papel corrugado para descubrir el inevitable paso de los años. Los números redondos lo hacen a uno reflexionar, observando el pasado inmediato, tan contradictoriamente cercano y distante.

Cambiás el fondo de tequila por la birra y el maní, se acaba el levante fácil y comienza la remada interminable, ya no te piden documento y tus vicios inmaduros parecen molestarle al común de la gente. Dejaste de ser un pendejo, oficialmente.

Si bien, en el común de los casos, todavía no estás tejiendo escarpines o comprando muebles de mimbre, el futuro te preocupa. Esa extraña incertidumbre de “¿dónde estaré en un par de años?” te mastica lentamente la masa encefálica, generando únicamente preocupaciones aisladas que traen cada vez menos certezas. Estudiás por inercia.

Te volvés más aburrido, más senil.

El “ella se arrebata, bata, bata, bata” deja de sonar divertido, lo mismo que los lugares en los que cientos de individuos respiran al unísono bailando temas comerciales. Preferís un buen asado, una reunión cuasi sectaria o una película vieja de Woody Allen. Te encontrás discutiendo, en algunos casos, temas más profundos que las nominaciones de Gran Hermano.

Ahí estás; con tu pijama a rayas leyendo un buen libro una noche de viernes. Te causa gracia. Te hace sentir un tanto estúpido. Y no te importa. Lo preferís a tener que levantarte con resaca, habiendo perdido horas de sueño y una gran parte de tu dignidad.

Te sentís más maduro, aunque sabés que no es cierto. Dejás de tomarte todo tan drásticamente, empleas la famosa técnica del Bob que no es esponja sino todo lo contrario, no absorbe; relaja.

Te sobran las manos para contar amigos, se reducen los grupos, se intensifican. El canchero pasa a ser el boludo; el Roberto Galán, un falso; la trolita, una solterona y vos, uno más. Bajás el perfil, dejás de llamar la atención, intentás ser discreto.

La crisis de los 20 no es tan dificultosa como parece, es sólo una transición, un cambio de década. Por momentos te encontrás hecho una luminaria y otras veces detestás tu forma de ser; esa ciclotimia interna propia de la regla femenina se extiende a ambos sexos de modo momentáneo.

Dale la bienvenida al mundo de las responsabilidades. Mirá de reojo los años que pasaron y escapate en alguna que otra ocasión, para no perder el recuerdo inmediato…