El desnudo completo de Amalia Granata bañada en chocolate suizo


Y así entraste a un artículo aburrido con un título prometedor de algo que nunca se va a cumplir. Un texto carente de imágenes sensacionalistas pero con ese sugestivo gancho inicial para atraer la pobre atención de un grupo de acalorados adolescentes masculinos y curiosas féminas morbosas.

No hay chocolate caliente ni senos saltarines, simplemente un mundo con promesas ficticias.

Esa apariencia engañosa, esa “liquidación total”, esa sonrisa aparente. El descuento mentiroso, la careta de plástico barato y la entrada triunfal. Los canapés de mondongo, la lavandina aguada o la coca-cola sin gas. Esa rifa que vendés, sabiendo que nadie la va a ganar...

Para vos, clasificado con patas, que te subastás como si fueras tan único y especial. Que jugás al rockero rebede cuando tarareás todos los temas navideños de Justin Bieber. Para vos, que te hacés la literata y a la única autora que conocés es a J. K. Rowling.

Dejemos de titularnos como algo que no somos. Para el año entrante, largá las extensiones y mostrá la calvicie con orgullo; reíte de tus kilos de más y aprendé a poner una foto realista en tu perfil. Basta de rótulos embusteros, de definiciones farsantes y de afectos falaces.

Amalia Granata no se va a bañar en chocolate suizo, y en caso de que lo haga, buscará el medio indicado para hacerlo. Busquemos el que nos corresponde a nosotros y dejemos de pasearnos por canales absurdos.

Uno más de otros tantos mensajes para este 2012, de un blogguero deprimido por el paso del tiempo, pero agradecido de intentar, aunque sea vanamente, mostrarse tal cual es.
¡Feliz año, farsantes! Gracias por ahorrarnos el mal trago de exponer sus defectos...

(Pero intenten hacerlo. No saben lo bien que se siente)


¡Sh! Estoy votando

Y entonces aparece el espacio gratuito asignado por la Dirección Nacional Electoral y mi cabeza se pone en blanco. Un par de tristes líderes a medio maquillar y con campañas propias de una mermelada barata de segunda selección se exponen a toda hora en la televisión. Hasta la boluda del megáfono de Ser que repite “pasemos del dicho al hecho” me resulta amigable y el imperativo insistente “Revolvete” de la gente de Clight ya no me parece tan tedioso. Y es que las campañas políticas apuestan sus últimas fichas del Monopoly político y la duda se hace presente, mientras revuelvo, casi faltándole el respeto a la insistente publicidad, el jugo Tang de naranja… ¿A quién voto?

“La fuerza de un tal Pedro” o de “Estela” o de “Joana”… Una ola naranja que no termina de bañarme, un Flavio Mendoza 2.0 que dice ser de la izquierda, un colorado que repite que entendió lo que voté en las primarias aunque a ciencia cierta no lo sabe y un incansable “hay candidato” pero-faltan-propuestas. Un puntano que más que político parece el tío ebrio que cuenta chistes verdes al finalizar la fiesta de 15, un líder que no para de gritarme a toda hora y una robusta señora rubia que no se cansa de intentar, e intentar, e intentar…

¿Acaso no hay dinero?, ¿Tendrá que ver con la falta de creatividad?, ¿Quién es la mente brillante que deja salir al aire semejantes imágenes?...

Y mientras tanto yo estoy a apenas cinco días.

Sí, es agarrar un pedazo de papel, recortarlo con la mano –en caso de que se requiera-, meterlo en un sobre y tirarlo en una alcancía gigante. ¿Por qué me preocupo tanto?

“Qué paja ir a votar” escucho en el subte mientras viajo hacia mi casa. Capaz tienen razón… Sería mucho más productivo estrolarme la cabeza con 4 botellas de cerveza y dormir todo el domingo. Eso de andar decidiendo quién va a gobernar mi país durante los próximos cuatro años es tamaña pelotudez, algo sin mucha importancia, un fin que roza lo absurdo y lo patético.

Y así se va al carajo la democracia con la que todos se llenan la boca. Agarrá el diario y ponete a leer propuestas, instruite un poco y tirá el sobre en el alcancía gigante, por lo menos para dormir con la conciencia tranquila de que elegiste a los representantes de tu pueblo habiéndolo considerado por lo menos diez minutos. Y si no lo hacés, reservate ese derecho imbécil de opinar cuando las cosas van mal y todo parece venirse a pique.


Quisiera ser un pez...

“Dejá de mover la jaula que se te va a marear la cotorra, mamita”

Si no fuera porque extravié –una vez más- mis auriculares, me hubiese perdido semejante oda a la figura femenina, estrofa rítmica elegante que un caballero le hace a una dama en plena peatonal Florida.

A diferencia del cohibido y un tanto apocado galán del interior, los piropos guarros son una característica distintiva del porteño. No alcanza con chistar repentinamente o pegar un clásico silbido elogiador, se necesita, indefectiblemente, hacer referencia a cuevas y montañas, a sauces llorones y pampas húmedas, a canarios ajetreados y madrigueras secretas. Los reyes de la naturaleza se encuentran en cada esquina bonaerense pregonando sus cantos a la vida.

“Te meto una manzana en la boca y te saco sidra por…”

¿Hace falta ser tan específicos?, ¿Tan detallistas?, ¿Tan minuciosos?... ¿Dónde quedó el “se te cayó un papel…”, el “hubo una fuga en el botánico…”, el “¿Tu viejo es repostero?” o el menos conocido pero no por eso menos importante “me gustaría ser visco, para mirarte doble”?... Desaparecieron. Se los llevo el tiempo. Junto con la sutileza y el buen gusto.

Y ahí están, el “qué linda parrilla para apoyar mi morcilla” y el “colgate de ésta y jugá a Tarzán” mostrándose como poemas urbanos ante la primera agraciada –o no- que desfile frente a las miradas ajenas.

No estoy pidiendo un "desearía ser una lágrima tuya... para nacer en tus ojos, navegar por tus mejillas, y morir en tus labios". No les pido que citen a Neruda o compren medio kilo de rosas para el primer par de piernas que circule frente a sus ojos. Es un mínimo de tacto.

El problema mayor es cuando el piropo lo recibe un caballero por parte de una dama poco agraciada -excluyente-, con el comedor incompleto y el flota-flota a media asta. Y entonces se escucha un “Haceme barrilete y remontame” o “Quisiera que fuera carnaval para apretar ese pomo”. Se dan en menos oportunidades que los elogios masculinos, pero no por eso dejan de ser shockeantes.

Me quedo con el humor de Juan Luis Guerra: “Quisiera ser un pez, para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por donde quiera. Pasar la noche entera, mojado en ti”, esa gracia fina y especialmente curva, a la orden del día……


Mi Dios

Me preguntaron si creía en Dios y respondí que sí.

Un Dios un tanto particular, un tanto extraño…


Mi Dios no enumera los pecados, no hace lista de faltas o manuales de estilo, solo propone caminos, soluciones, esperanzas.

Mi Dios quiere que los humanos sean más inteligentes: que agilicen los trámites de adopción en vez de negársela a quienes están dispuestos a ejercerla.

Mi Dios no te incendia si te olvidás de hacerle una visita, sino que te da la libertad para encontrarlo en situaciones cotidianas, en las menos pensadas.

Mi Dios no tiene cabeza de izquierda y bolsillo de derecha. Es coherente con sus ideas.

A mi Dios le causa gracia el revuelo que armó el ‘Código Da Vinci’, aunque confiesa haberse leído las 600 páginas sin dar respiro.

Mi Dios no se preocupa tanto por el debate cínico sobre una caja de preservativos, sino que prefiere discusiones serias acerca del hambre o la pobreza.

Mi Dios detesta la droga, pero no culpa a quienes están presos de ella.

Mi Dios apoya un modelo de familia basado en el amor entre dos personas, sin importarle el sexo, la raza o la cantidad de dedos que sus miembros tengan.

Mi Dios no polariza sectores, no divide opiniones ni sectoriza grupos.

A mi Dios no le interesan ni las velas, ni el incienso, ni las estampitas de colores… prefiere las acciones a las palabras, los hechos a los símbolos.

Mi Dios no pierde el tiempo, quiere seguidores proactivos, interesados, capaces en vez de falsos hipócritas que se llenan la boca de preceptos inalcanzables.

Mi Dios no es para nada egoísta. No cree en el celibato, prefiere que sus representantes en la tierra conozcan lo bello que es el amor, lo placentero que es el sexo y lo hermoso que es comunicar su mensaje, al mismo tiempo.

Mi Dios sabe lo que es una carcajada, una travesura y un porro. No desconoce las juntadas con amigos, el fernet con coca, la buena música y los abrazos de madrugada.

Mi Dios prefiere el “perdón” al “permiso”. Prefiere el enojo oportuno a la sonrisa ficticia. Prefiere los errores humanos a los mandamientos divinos.

A mi Dios no le jode que comamos carne los viernes, siempre que tengamos espacio suficiente en la parrilla para invitar a quienes no la tienen.

Estoy seguro que si mi Dios fuese humano, seríamos amigos en Facebook, compañeros de charlas interminables los viernes a la noche y, por mucho que intente, jamás me ganaría al truco.


Me preguntaron si creía en Dios y respondí que sí. No sé cuál es el tuyo pero yo conozco muy bien al mío.

Y el mío existe, sin duda alguna…

El bobo del pijama a rayas

No es que me resulte placentero usar un pijama a rayas un viernes a la noche, es que la comodidad de permanecer en mi propia casa un fin de semana se manifiesta en las formas.

Cuando iba por el minuto 40 de mi nueva serie yankee preferida, el timbre me arrebata el final de un capítulo clave. En ese preciso instante, recuerdo haber pactado la visita de un amigo días atrás.

Agarro el portero con una usual brutalidad y grito “¡Ahí bajo!”

Observo mi pijama a rayas similar al uniforme de un futuro cirujano en su pasantía final. Me veo un tanto ridículo pero decido bajar en esas condiciones, asumiendo que por el horario nocturno y dado el breve tiempo que estaré afuera, no se justifica un cambio de ropa.

Chancleteo con las pantuflas hasta llamar al ascensor, asomándome a lo lejos para asegurarme de que venga vacío. Se abren las puertas y lo encuentro despejado. Satisfacción.

Marco “Planta baja”.

Para mi sorpresa, el aparato comienza a ascender. Entro en pánico. No tengo escapatoria. No se me ocurre ninguna solución válida.

Piso 7…

Ruego que sea el portero quien lo haya llamado.

Piso 8…

Espero que si no es el portero, sea algún anciano poco preocupado por la apariencia grotesca de un estudiante.

Piso 9…

Me contento con un target mayor a 50.

Piso 10. Se abren las puertas.

Tres chicas de unos 22 años, prototipo modelos de publicidad de Gancia, se personan en el ascensor inundándolo de perfume importado y del sonido de tacos gastados. Y yo con mi pijama a rayas y mis pantuflas de cuero voy cambiando el color de mi pigmentación hacia un tomate oscuro.

Se escuchan las risas, los comentarios maliciosos y las miradas penetrantes. A una de ellas se le escapa una carcajada mientras descendemos hacia el piso cero. Me siento el más pelotudo. ¿Qué me costaba sacarme este disfraz y ponerme una remera y una joggineta?

Quiero explicarles pero creo que es en vano, se burlarán durante toda la noche del ridículo del sexto y su pijama a rayas.

Ya estamos llegando.

Piso 3…

Piso 2…

Piso 1…

Planta baja. Se abren las puertas.

Mi cara de espanto retrata el horror que me espera a la salida del ascensor.

¿¿REUNIÓN DE CONSORCIO UN VIERNES A LAS 10 DE LA N OCHE??

Aproximadamente unas 40 personas sentadas cómodamente en el hall del edificio, ven bajar del ascensor a tres bellezas rubias y un maníaco depresivo alienado por la rutina diaria.

Se escuchan murmullos y se triplican las risas y los comentarios sarcásticos. Quiero correr en varias direcciones pero no tengo salida, sólo tengo que abrirle a mi compañero y escapar dando zancadas por las escaleras.

Me dirijo hacia la puerta, esquivando vecinos y haciendo ruido con mis pantuflas anticuadas. Necesito abrirle la puerta a mi amigo. Necesito un cómplice en todo este sufrimiento. Necesito, por lo menos, reírme de mí mismo con una presencia conocida.

Abro la puerta y para mi sorpresa, no hay ni amigo, ni cómplice, ni nada. Sólo está el muchacho del pedido de Disco mofándose de mi ridículo atuendo.

Nunca más voy a ponerme este pijama de mierda, pienso mientras subo a mi departamento con 10 bolsas de supermercado. Hasta los medallones de pollo y las plantas de lechuga parecen burlarse de mí.

Cosas que molestan de un Blackberry… pero que no pretendemos cambiar

1) Que suene. Que no pare de sonar aunque esté en vibrador o en silencio. Que emita todo tipo de pitidos en las velocidades más variadas con luces coloridas. Que un mail te despierte del sueño más profundo o un mensaje te aturda mientras intentás concentrarte en la materia menos atractiva.

2) Ese puto vicio de realizar “cargas móviles” en Facebook. Subir una foto de tus amiguitos re ebrios, de un par de apuntes a medio subrayar o de tu mascota en una pose exótica, y estar atento a lo que el resto de tus colegas cibernéticos opinan sobre estos retratos vitales.

3) Pedir el pin. Como si con un número de 10 dígitos no bastase, ahora se intercambia un código alfanumérico para socializar sin gastar un peso. Para interrumpir a tus compañeros tecnológicos a cualquier hora del día, bajo cualquier pretexto estúpido. Para bajar la cabeza hacia la pantalla y sumar una nueva contractura.

4) Googlear absolutamente todo. Al tener acceso a la red de manera fácil, se terminan las discusiones interminables sobre una duda colectiva para pedirle al Sr. buscador la respuesta adecuada (o simplemente la más rápida).

5) Que el aparato tenga vida propia. Que se apague, se reinicie, se tilde, para luego mandarte una lista de los errores más diversos en códigos incomprensibles. Es ley: siempre se anula en los momentos en los que un contenido comunicacional esencial se está transmitiendo.

6) Que se descargue donde y cuando quiera. No es igual que los otros dispositivos móviles, que tienen una vida útil coherente. Por el contrario, el Blackberry se cansa cuando más lo necesitás y, en el peor de los casos, tenés que acarrear el cargador a tu lugar de destino.

7) El enemigo del conocimiento. Tener ese bicho en una clase es la excusa perfecta para evadir la mente y refrescar el ocio. Bajar el aparato minutos antes de que termine la clase y observar el pizarrón repleto de frases indescifrables, es una triste realidad que sucede a menudo.

8) Arma mortal para los que toman de más. Si un celular corriente ya es peligroso, uno que es capaz de enviar mensajes por más de diez canales es mucho más preocupante. Debería tener la opción: Bloqueado en caso de ebriedad, para evitar ese triste arrepentimiento a la mañana siguiente, en la que cada línea que enviaste te resulta alarmante y tenés que idear una excusa estúpida para explicarle a la sociedad tu necedad e incompetencia.

9) Te abulta cualquier bolsillo. Un ladrillo amorfo imposible de sacar de los pantalones sin cortar la llamada. Un aparato de proporciones desmedidas, más aún con esa ridícula funda de silicona que le compraste, con colores chillones y dibujos abstractos.

10) Le da “razones” al uso indiscriminado del Twitter. “Saliendo del baño”, “Jugando al Monopoly”, “Estudiando corte y confección”… Esa necesidad de comunicarle al mundo tu ajetreada vida y tus obligaciones innecesarias.

A pesar de todo esto, no pretendemos cambiarlo. Una vez que se entra no se sale. Somos las geishas de una maquinaria perversa que nos somete día y noche. Pero nos encanta.

Siesta

Una tarde de lunes

- Estoy muerto... me dormiría una siesta

- Yo también, una SEÑORA SIESTA

Si pudiese acostarme una tarde de lunes, dormiría una Señora Siesta, entrada en años. Sería una Señora con mayúscula. Con muchos hijos y entrada en la menopausia. Con perfume de anciana, recostada sobre una silla vieja y tejiendo un pulóver azul marino.

Una Señora Siesta con una casa antigua frente a un río, un perro Pequinés sin muchos papeles y una hamaca paraguaya desgastada por el paso de los años. Con mucho olor a naftalina, y a té…

Pero sigo rodeado de apuntes en una clase aburrida de alguna materia olvidable. Lamentablemente, la señora no va a aparecer por hoy,

y mucho menos en forma de siesta…

El Señor Colectivero

- ¡Vamos! Un pasito más para arriba que llegamos tarde al laburo...

- 1,10 por favor

- ¡Cómo no, amigo!

Es una imposibilidad física... ¿Acaso el colectivero me llamó “amigo” con media sonrisa en la cara a las 8 de la mañana?

Retiro el boleto. Camino pensativo hacia el único lugar disponible con una velocidad inusitada, intentando vencer en ligereza a un adolescente despeinado con sed de butaca. Le gano.

Una vez en mi lugar, observo el accionar del conductor del transporte público, que continúa saludando a los pasajeros con una inusual amabilidad. No sólo le da la bienvenida a cada viajero, sino que les hace bromas, un par de preguntas incómodas y anuncia cada calle en la que se detiene para que nadie pierda el rumbo.

Un verdadero Señor Colectivero. Con mayúsculas.

…y con diéresis en ambas “o”. Señor Cölectiverö.

Continúa elogiando a las mujeres y gastando a los hombres. La gente sonríe con pudor, pero aprueba cada una de sus palabras. Es como si tuviera esa puta habilidad de cambiar el humor con una simple frase acertada.

Me saco los auriculares para escucharlo, porque cada comentario que emite es digno de un comediante de stand-up. ¿Será así todos los días? ¿En qué horario pasará por mi parada? Quiero que sea profesor o pariente mío. Estoy delirando.

Ese señor debería obtener un ascenso… o al menos manejar un Scania último modelo en alguna ruta costera, o ser el chofer privado de una vedette con poca ropa. Pero sigue ahí, frenando en cada cuadra; abriendo y cerrando puertas; escuchando el irritable sonido del timbre que suena cada 30 segundos; respondiéndole a señoras desorientadas e intolerables que no encuentran su camino.

Me saco el sombrero, Señor Colectivero. Preferiría seguir su tren de la alegría que bajarme en la cuadra que me corresponde, pero tengo obligaciones que cumplir.

Lo voy a extrañar, Señor Colectivero, lo voy a extrañar...

Inercia

Lo dejo sonar como mínimo seis veces, durante un tiempo prolongado, como si fuera el responsable de mi falta de energía para emprender el día. El despertador vibra y grita en el sector más alejado del dormitorio, para obligarme a caminar, en un paso tristemente desganado, hasta él.

Decido ponerme de pie como un animal húmedo recién salido del vientre de su madre. Me tiemblan las piernas, se me despegan los ojos, la cabeza emite zumbidos y la boca está seca. Me culpo por haberme acostado a las tres de la mañana viendo esa película independiente, con un final más aburrido que los primeros 50 minutos.

Distinto es mojarse en la ducha, que bañarse. Distinto es roer una tostada a medio quemar, que desayunar. Distinto es ojear la tapa, que leer el diario.

Y así actúo… por inercia. Esa resistencia a cambiar mi estado de reposo sin la intervención de algunas fuerzas, que en este caso, son las obligaciones.

Me miro al espejo antes de salir de mi casa y reconozco que me debo un buen corte de pelo, una afeitada y unas gotas de Colirio, para empezar. Pero ese pensamiento de deber no interrumpe mi siguiente acción que es caminar, en un paso aún más tristemente desganado que el que ejecuté para apagar la alarma, hacia la puerta.

Llamo a los dos ascensores y observo que el que llega más rápido, casualmente, es el diametralmente opuesto al que espero con tantas ansias. Y bajo. Y camino. Y prendo un cigarrillo. Y lo apago. Y tomo el colectivo. Y sigo. Y sigo…

Y Sigo desplazándome por inercia en esas horas matutinas al igual que otras miles de personas, con los ojos entrecerrados y el pelo a medio peinar. A diferencia de la portera, que los tiene bien abiertos y construyó un nido de ratas con unos pocos cabellos grises. Y tiene ganas de hablar. Y de sonreír. Y de preguntar. Y de molestar.

La portera no entiende lo que es la inercia. Alguna mañana en la que me levante predispuesto, se lo voy a explicar.

El polvo debajo de la alfombra

Te la das de informado y a duras penas lees una nota entera de Olé, Primicias Ya o Minuto Uno.
Manifestás estar a dieta pero en la quietud de tu intimidad disfrutás de un buen alfajor triple. En público, ensalada.
Te la das de madura pero seguís tomando la leche viendo Casi Ángeles.
Te hacés el heavy metal y tarareás el tema más pop de Lady Gaga en la ducha.
Sos el primero en acusar de mestizo a cualquier individuo que se te cruza pero de vez en cuando te tragas un par de “eses” y sos el iletrado más grande a la hora de escribir una frase mersa en tu estado de Facebook.
Jurás no haber visto nunca un programa completo de Ideas del Sur pero sabés positivamente que no es cierto. Sos el primero en cuestionar a la televisión, aunque te tragás enteras las trasnoches de Gran Hermano y algún que otro culebrón de Pol-ka.
Asegurás tener una cultura musical envidiable, pero en tu i-pod tenés temas de Karina, Grupo Play y un par de Cacho Castaña.

Y la lista es interminable.

Pero sos intachable ante el foco social, tus gustos y preferencias son los del común denominador.

Estamos acostumbrados a ser despersonalizadas ovejas que caminan cual manada desganada hacia un destino único. Ahí vamos, escondiendo el polvo debajo de la alfombra, para evitar el posible rechazo colectivo.

Actores de cuarta en una película poco interesante, notoriamente pixelada y de bajo volumen…

Irresponsables

Por más fuerza de voluntad que ponga, las palabras emanan de su boca como un grifo recién estrenado. El esfuerzo de callarla es en vano, porque esa ambiciosa sed instintiva de consumir aire y atestarlo de vocablos inútiles excede a cualquier tentativa racional.

Una de las tareas más difíciles de cualquier empleada doméstica, y en especial de la que se encarga de mi departamento, es pasar un trapo húmedo sobre una superficie en completo silencio. Y el trabajo más difícil de quien comparte el ambiente con una empleada doméstica es sugerirle, de un modo políticamente correcto, que haga el favor de cerrar la boca porque nada de lo que dice parece ser información útil.


Me pasea por el pronóstico del tiempo, sus familiares lejanos, alguna que otra enfermedad terminal y sus hábitos alimenticios. Después del taxista, es la única que tiene esa facilidad nociva para saber un poco de todo.


Le sonrío y vuelvo a mi material de estudio. Logro concentrarme.

Y entonces se acerca lentamente, como un tigre hambriento a punto de devorar a su presa. Puedo sentir su respiración y escuchar su primera frase,

- Disculpame que te interrupa, pero…


Ya es demasiado tarde, el monólogo ha comenzado. Nada impedirá que me ametralle con esa sonrisa fingida y me obligue a hacerle de psicólogo media hora más. Una buena excusa quizá, para dejar de lado los libros y evadir la triste realidad de las obligaciones. Como lo hace ella, claro.

La crisis de los 20


No hace falta perder el pelo o descubrir que tu piel es una cartulina de papel corrugado para descubrir el inevitable paso de los años. Los números redondos lo hacen a uno reflexionar, observando el pasado inmediato, tan contradictoriamente cercano y distante.

Cambiás el fondo de tequila por la birra y el maní, se acaba el levante fácil y comienza la remada interminable, ya no te piden documento y tus vicios inmaduros parecen molestarle al común de la gente. Dejaste de ser un pendejo, oficialmente.

Si bien, en el común de los casos, todavía no estás tejiendo escarpines o comprando muebles de mimbre, el futuro te preocupa. Esa extraña incertidumbre de “¿dónde estaré en un par de años?” te mastica lentamente la masa encefálica, generando únicamente preocupaciones aisladas que traen cada vez menos certezas. Estudiás por inercia.

Te volvés más aburrido, más senil.

El “ella se arrebata, bata, bata, bata” deja de sonar divertido, lo mismo que los lugares en los que cientos de individuos respiran al unísono bailando temas comerciales. Preferís un buen asado, una reunión cuasi sectaria o una película vieja de Woody Allen. Te encontrás discutiendo, en algunos casos, temas más profundos que las nominaciones de Gran Hermano.

Ahí estás; con tu pijama a rayas leyendo un buen libro una noche de viernes. Te causa gracia. Te hace sentir un tanto estúpido. Y no te importa. Lo preferís a tener que levantarte con resaca, habiendo perdido horas de sueño y una gran parte de tu dignidad.

Te sentís más maduro, aunque sabés que no es cierto. Dejás de tomarte todo tan drásticamente, empleas la famosa técnica del Bob que no es esponja sino todo lo contrario, no absorbe; relaja.

Te sobran las manos para contar amigos, se reducen los grupos, se intensifican. El canchero pasa a ser el boludo; el Roberto Galán, un falso; la trolita, una solterona y vos, uno más. Bajás el perfil, dejás de llamar la atención, intentás ser discreto.

La crisis de los 20 no es tan dificultosa como parece, es sólo una transición, un cambio de década. Por momentos te encontrás hecho una luminaria y otras veces detestás tu forma de ser; esa ciclotimia interna propia de la regla femenina se extiende a ambos sexos de modo momentáneo.

Dale la bienvenida al mundo de las responsabilidades. Mirá de reojo los años que pasaron y escapate en alguna que otra ocasión, para no perder el recuerdo inmediato…