Malvenido, calor

Tengo un par de ganglios inflamados en plena primavera producto del aire acondicionado. Ojalá fuera sólo eso. Es un cúmulo de situaciones irritantes que me hacen detestar de modo inevitable a esta sobrevaluada estación del año. Hoy la temperatura pasó los 31 grados y colapsó mi paciencia.

Necesito manifestar públicamente lo que me fastidia del calor en este infierno urbano. A saber,

1) Las mezclas aromáticas. No sé que se me hace menos tedioso, si el olor a chivo propiamente dicho o la mezcla de éste con un desodorante barato. El colectivo se llena cuando el asfalto quema, como si quisiéramos agruparnos intencionalmente y sentir nuestros hedores en una experiencia cuasi morbosa. Agua y jabón, por favor. No es un desafío irrealizable, es un poco de sentido común por el bien común.

2) Los mosquitos. Mi repelente extra duración semivacío dice “para largos períodos al aire libre”. Lamentablemente, lo descargo sobre mi cuerpo en las interminables noches de estudio en mi departamento en plena capital, nada de exterior. Encima de que me sacrifico, tengo un par de alimañas que intentan sacarme la sangre al mismo tiempo. Los detesto más aún cuando duermo y debo interrumpir mi tiempo de sueño para salir a cazarlos con los ojos entrecerrados.

3) La portera. Sí, tiene un humor especial esta época del año. Está especialmente pelotuda. Habla de más saturando mis oídos. Me hace preguntas inútiles y me tiene colgado media hora escuchando sus apasionantes historias sobre la reunión de consorcio o su balde colorado.

4) Las imágenes de ciudades costeras. No soporto ver cada mañana las postales que me regala “Arriba Argentinos” cuando me informa sobre el clima. No las quiero. No las necesito. Me deprimen. ¿Pueden dejar de mostrarme a un lobo marino remojando su cabeza en las costas marplatenses? ¿Me hacen el favor de sacarme los informes del estilo “La playa ya se siente”, “Refrescarse en Punta del Este” o “El paraíso costero”? Me dañan psicológicamente, me hacen mal.

5) Los finales. Prefiero estudiar diez tomos de historia universal tiritando del frío que leer un folleto ilustrativo con 40 grados de calor. Se me duerme la cabeza. Se me van las ideas. Las visitas a Facebook aumentan un 50%, además de la incorporación de Twitter al mundo global, para favorecer aún más a la dispersión involuntaria.

6) La irritabilidad generalizada. “No me toques”, “Salí de acá”, “Estoy de mal humor” son frases muy escuchadas por estos días. El mal carácter colectivo del que nadie se hace cargo es leitmotiv de la estación. Nadie soporta la palabra inoportuna, el comentario aburrido o la sonrisa falsa. Es una época de quiebres, todos se liberan y te mandan al carajo con una soberbia inusitada.

7) Los boliches. Ese espacio cerrado en el que cientos de personas respiran y sudan al unísono conjugando vapores. ¿Algún día van a invertir en aires acondicionados o en ventilación? Claro que la barra está siempre impecable, no vaya a ser cosa de que pierdan algunos clientes…

Podría estar todo el día enumerando… El calor no es bienvenido cuando no nos sorprende reposando en la arena y sintiendo la brisa de mar. El calor no es bienvenido cuando te encontrás rodeado de edificios y de obras en construcción. No es bienvenido cuando tenés una pila de resúmenes de Grosz vírgenes.

Definitivamente mi temperatura cerebral colapsó. Estoy irritado e irritable. No digan que no lo advertí.

Los "negadores productivos"

Mientras leo apresuradamente los titulares del diario de sábado, tal vez por gusto o quizá para justificar la inútil suscripción, algo interrumpe mi ojeada. Un movimiento de placas tectónicas hace reparar mi atención en el acontecimiento que sucede puertas afuera. Asomo mi ojerosa cara al balcón y ahí los veo: 15 mil personas verde flúo trotando a ritmo constante sobre la Avenida Belgrano.


En una especie de desfile soviético en la Plaza Roja, gente de todas las edades uniformada con la marca que auspicia la maratón, sudando al unísono sobre el asfalto caliente. Trotando hacia un mismo destino, esperanzados, ansiosos, insaciables…

Me siento un inútil. Exactamente eso. Un inútil.

Apago el cigarrillo en sobre los ladrillos, evitando que las cenizas caigan sobre los entusiastas corredores. Ahogo mi garganta con una Coca-cola semi caliente y observo la tropa saludable con destino incierto. ¿De dónde sacan las ganas para afrontar el final de año con tanta entereza?

Medito un largo rato. Llego a una conclusión que me auto convenza: son 15 mil mentirosos. O negadores productivos.

Sí. Eso son. Ni saludables ni entusiastas, negadores productivos.

Están a mitad del penúltimo mes del año y sus fuerzas decaen, están destrozados por dentro, quieren cortar el pan dulce y brindar con una sidra barata, quieren que el gordo barbudo les traiga una buena cantidad de regalos y respirar el aire de mar cubiertos de protector solar en alguna ciudad costera. Pero lo niegan, lo ocultan, lo esconden. Y ahí van, corriendo como gacelas de medio pelo, convencidos de que tienen vigor y potencia sin la necesidad de tomar bebidas energizantes. Son negadores. Negadores productivos.

Los aplaudo de pie desde mi sexto piso mientras fondeo la botella de 2 litros de líquido para frenos gasificado. Son los maestros de la ocultación más fértil de todas, la que produce frutos. Esa envidiable negación de la pereza y demostración provechosa.

Yo no llego a fin de mes. Mi condición de negador inútil es más que evidente. Me faltan ganas y fuerzas que oculto con la improductividad. La última parte del año me amordaza y tortura con todo tipo de armas.

Un cordial saludo a los negadores productivos. Mis felicitaciones. Eligieron la forma más inteligente de engañarse.

El más burro de los fingidores.