Perdiendo la cabeza

Tengo miedo de perder la cabeza. De tragarme las noticias, de infectarme de ruido, de no manejar los impulsos.

Que la ira me domine o me someta la rutina. Que me ate de manos la soberbia, me amordace la arrogancia y me acuchille la esperanza un par de pesimistas.

Tengo miedo de perder la cabeza. Que la locura me guiñe el ojo. Hartarme de mi propia presencia y caer en redundancias, porque si esa presencia es propia esa presencia es mía.

Y pedir que se apaguen las luces o que se corte la música. Cansarme del baile y del vino, porque la fiesta dura sólo unos segundos. O no dura. O no es fiesta y no hay vino y tan solo estoy perdiendo la cabeza.

Tengo desconfianza de tu sonrisa perversa y cautela con tus sugerencias. Ya no todo me cae bien. Más bien me cae todo mal. Porque me quejo de los pesimistas que me acuchillan la esperanza pero cuando Arrogancia me amordaza, ya no existe salida positiva.

Creer en la política, confiar en la justicia, reírme de un buen chiste y levantarme de buen humor son imposibilidades matemáticas. Más de lo mismo. Similar al pasado. Igual que el resto.

Tengo miedo de perder la cabeza. O los pulmones. O las lágrimas. O la confianza. O la paz y la armonía. O las frases hechas, la verdadera risa y un par de amigos. Perder todo sin perder nada.

Miedo de perder lo cotidiano. Perder lo propio y lo ajeno. Perder el subte y el colectivo. Las tostadas, los regalos y la playa. Perder los brazos, las ganas y los papeles. El balcón, el asfalto, las mañanas y el semáforo. Perder la reunión. Perder las canciones. Perder todo y no perder nada. Ausencia de sal y de pimienta.

Hay que empezar el disfrute. Estar preparado para la deglución de noticias, la infección sonora y la manifestación de impulsos. Y cuando Soberbia intente atarme o Arrogancia amordazarme, ahogarlas en el mar de los pesimistas que acuchillan la esperanza. Y si no hay chiste bueno, reírse del malo. Si la política es poco creíble, la justicia poco confiable y el mal humor domina las mañanas, intentar cambiarlos, repudiarlos y olvidarlos. Correr al subte y al colectivo. Comprar un kilo de sal y aplicar pimienta a gusto. Confiar en la sonrisa perversa y emularla irónicamente.

Y si la música se corta o se apagan las luces, cantar bien alto para no perder las canciones. Y seguir bailando y bebiendo vino, porque la fiesta dura sólo unos segundos. O no dura. O no es fiesta y no hay vino y tan solo estoy perdiendo la cabeza.

8 comentarios:

  1. Me fasinó
    MuY poético

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  2. Me fasinó
    MuY poético

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  3. Me fasinó
    MuY poético

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  4. Hace tiempo que no leía algo parecido, demasiado bueno para mi. Hasta me hiciste sentir un poco mejor.

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  5. Hola, muy interesante el articulo, felicitaciones desde Mexico!

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  6. Interesante articulo, estoy de acuerdo contigo aunque no al 100%:)

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