El debate que nunca fue

Esta es simplemente mi opinión. No la vendo, no la compres.

Y una vez más la señorita Controversia se sienta a la mesa familiar, dispuesta a escuchar voces encontradas que son capaces de defender posturas y permanecer respetuosas frente a las demás. Y una vez más no logra su fin, claro está.

No estamos preparados como sociedad para debatir temas polémicos. No somos capaces de llevar a cabo discusiones civilizadas con argumentos sólidos que defiendan posiciones. Nos falta madurar un par de bicentenarios más para encontrar salidas comunes que sin perjudicarnos, nos beneficien a todos. No, no y no. No sabemos, no podemos y no intentamos.

Tampoco es una postura pesimista, sino bastante realista. La ley del matrimonio homosexual se debate en el senado argentino y la gente no supo aprovechar la oportunidad para instalar discusiones serias y profundas.

Me cansé de escuchar a líderes de opinión hablando con absoluta liviandad acerca del tema, emitiendo juicios apresurados y comentarios un tanto alarmantes. Los programas políticos usando la ley como excusa para enfrentar a dos bloques en sillones opuestos y sumar un punto más de rating. Una iglesia apocalíptica olvidándose de la tolerancia difundida domingo tras domingo en la teoría y un gobierno no muy bien intencionado acomodando el proyecto a sus intereses. Todos opinan cuales expertos sin haber siquiera leído una porción del postulado. Y da miedo cuando lo hacen mediante dualidades un tanto escalofriantes tales como “normal-anormal”, “sano-enfermo”, “Dios-demonio”…

Uno puede estar a favor o en contra, es totalmente discutible y aceptable. Lo que no lo es, bajo ningún punto de vista, son los discursos terminantes con olor a medioevo y los monólogos interminables enarbolando banderas de discriminación.

Gente que lucha por sus derechos, como lo hicieron los negros y las mujeres hace unos años atrás; tan simple como eso. No gastes más tus fuerzas en arruinar la vida de aquellos que intentan mejorarla, vomitando frases homofóbicas y vocablos hirientes.

Vivimos en una sociedad democrática, o al menos eso decimos cuando nos llenamos la boca hablando de igualdad. Esto no es un referéndum, no se somete a votación popular. Es una ley que se aprueba o no se aprueba, nos guste o no nos guste.

Lo único que más me duele de todo el asunto, es no haber sabido aprovechar la riqueza que tiene instalar un tema tan caliente en una comunidad. Me gustaría que algún día podamos escuchar y escucharnos, disentir con respeto a través de medios de comunicación objetivos que den las herramientas para el debate y no sólo impriman una línea editorial.

Necesitamos menos animosidad. Esto no es una guerra. Es un constante avanzar. Es un “caminar hacia”. Es un país que busca métodos para crecer y mejorar el bien común. Repito: esto no es una guerra.

Una y mil veces más, esto no es una guerra. Ojalá algún día lo entendamos…

El abc del estudiante

a) El reloj marca las 12 de la noche.
b) Me siento un poco cansado.
c) Mañana tengo un final.

Y entonces comienza el rejunte de drogas sin receta terminadas en “ína”, una luz tétrica iluminando el escritorio, una joggineta bien cómoda, y un par de apuntes graffiteados cubiertos con resaltadotes obsoletos (Se empieza con el ‘amarillo flúo’ y se termina con el ‘verde cotorra baleada’).

Y te proponés ponerte las pilas. Estudias media hora a todo motor. Te distraés. Te colgás mirando una uña carcomida. Te encontrás leyendo mensajes de hace tres semanas en tu celular. Te dibujas boludeces en los dedos. Te tomás el trabajo de limpiarte las boludeces que te dibujaste. Y te proponés ponerte las pilas, nuevamente…

Una especie de círculo vicioso aniquilador.

A las dos horas de estudio. Decís: “Ahora entiendo todo esto… ¡Claro! Nunca le presté atención, no era tan difícil…”. Y se da el mágico encuentro presentado por un alma en pena:

Vos – Materia
Materia – Vos

“¡Un gusto, boluda!, ¿Todo bien?”

La noche te regala ése silencio envidiable; nadie trabaja, nadie camina, nadie conversa… Estás vos y ése block de hojas vírgenes de lectura. Y ahí vienen los arrepentimientos sobre la pereza y la desgana que sólo sirven para hacerte dar cuenta en la triste situación en la que estás inmerso.

Y los segundos avanzan y seguís en la página cinco, estas medio empastillado y empezás a fabular con la siesta eterna luego del examen o en la salida nocturna más emocionante de toda tu vida. Las ojeras te delatan y las persianas hacen fuerza hacia abajo mientras imaginas finales fatales respecto a la asignatura.

A pesar de todo eso, yo soy de los que disfrutan de esas últimas noches de estudio. Entre módulo y módulo me abstraigo con un tema de Jack Johnson y me fumo un pucho eterno. A las 3 de la mañana decido meterme en la ducha y una hora después me encuentro untando el Casancrem sobre una tostada a medio quemar. Son horarios autoimpuestos. Como un día sin sol en el que la tierra se muere y te encontrás riéndote de estupideces o aprendiendo más que de costumbre.

Sin duda hay algo de asombroso en esas desveladas intencionales. Y más aún si tienen éxito al día siguiente…