Soy yeta

No es una confesión. No es un estado de ánimo. No es un accidente. Ni dos. Ni cuatro. Ni veintitrés. Son todos. Todos los accidentes. Todos los problemas. Todas las desventuras.

Es la barra de descarga que llega a 99 y se tilda. Es la última moneda que corre hacia la alcantarilla. Son las llaves puestas del lado de adentro, la paloma inoportuna, el despertador dormido o el vaso derramado. Y no es intencional. No es de pelotudo… o en gran parte sí, pero tan pelotudo no me considero.

Y mientras me levanto de ese humillante tropiezo en la vía pública, me pregunto por qué todo me resulta tan patéticamente inverso a lo que deseo. No necesito levantar la autoestima ni dejar de ser tan torpe, porque sospecho que ya no depende de mí. Entonces me miro al espejo y me digo:

Sos yeta.

¿Y qué significa “ser yeta”?... ¿Desafortunado?, ¿Problemático?, ¿Idiota?... Es una mezcla de todo, una sensación de mierda. Es como tener un psicópata atado a tu espalda con muchas ganas de complicarte la vida. Al principio resulta cómico, pero cuando se vuelve costumbre, hábito o característica imborrable, pasa a ser crítico.

¿Cómo reconocerse yeta?

Cuando las desgracias suceden en soledad. En los momentos donde no hay nadie para reírse de tu problema y el mismo se sucede con total impunidad frente a tus ojos.

Lo más extraño de todo es que soy capaz de pasar esa mala fortuna a los demás con una sutileza envidiable. No pretendo quedarme sin amigos con este último comentario, pero la realidad es que últimamente las desgracias se extienden al grupo que me rodea.

Intento y no lo consigo. Trato de llegar una hora antes a Retiro y pierdo el colectivo, logro tomarme otro y me toca un niño de 3 años un tanto maleducado y ávido de juegos nocturnos con una madre poco catedrática. Arribo a destino con retraso de 2 horas, me quedo dormido dentro de la unidad y finalmente me despierta el chofer con un carácter un tanto ácido. No encuentro al responsable que viene a buscarme, mi celular está sin batería y a mi valija se le traban las ruedas. Cuando salgo de ese caos, me doy cuenta de que mi iPod quedó en el asiento del colectivo…

Es una especie de rutina, la mala suerte está de mi lado este año. Tal vez vino para hacerme una visita inoportuna, tomar un café rápido y despedirse, o en el peor de los casos, decida instalarse en mi cuarto una larga temporada. De cualquier modo voy a seguir a los tropiezos, golpes, roturas y pérdidas. Hasta que no me mate, esa suerte hija de puta no va a lograr vencerme… del todo.

3 comentarios:

  1. no estas solo...jajaja

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  2. Nada solo.

    ¿Te cuento una particularidad? Dale. ¿Viste esa gente que todo el tiempo está exclamando "tal como lo imaginé/dije/sospeché/esperaba"? Buen, yo soy exactamente lo opuesto, más un Plus Murphy implacable.
    Me explico: todo lo que yo imagino, espero o visualizo como futuro posible, sistemáticamente queda descartado y NO OCURRE. Sabiendo esto e intentando controlar mi destino, pienso en cuatro, cinco o seis variables nefastas, siempre excluyendo el final feliz que yo espero. Pero la mala suerte siempre se las rebusca y me tira una séptima versión de la historia. Desastroza.

    SUERTE che!

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  3. El tiempo lo cura todo, aunque a veces es eterno ( jajaja)

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