La misma sangre

18 de septiembre de 2008

Mi vieja: “No sé si Gonzalo debería ir a un departamento con su hermana… Tal vez le convendría ir a una residencia el primer año para acostumbrarlo y que se serene un poco. Ya veo que se están peleando por las cosas de la casa todos los días.”

25 de junio de 2010

Mamá tenía razón. Un poco al menos. Vivir lejos de la familia aparenta ser lo más libre y divertido que te puede pasar a esta edad…

Lo es.

Pero no sería una felicidad completa si no tuviera esas contras tan odiosas. Y sin pecar de humilde son en gran medida cometidas por mí. “Son un 50/50 cuando se trata de dos” me comentaba mi viejo en una charla telefónica. También tenía razón. Es difícil convivir con un hermano. Pero les aseguro que es mucho peor con una hermana. Somos como un triste matrimonio en vías de divorcio.

Reconozco poner el volumen de la música demasiado alto cuando ella quiere estudiar. Reconozco no sacar nunca la basura ni llamar a un técnico cuando se rompe algo. Reconozco dejar todos los envoltorios de productos alimenticios desparramados por el departamento (véase jugos, galletitas, aderezos, etc.), y que nunca encuentro el momento oportuno para llevarlos al cesto. También me hago cargo de todo lo que se rompió desde que nos instalamos: platos, vasos, ventanas y hasta el inodoro (Sí, en una olímpica caída al salir de la ducha). Reconozco alterarme en las discusiones, pegar portazos, olvidarme de pasar los llamados y cortarle la cadena de frío al Casancrem dejándolo fuera de la heladera.

Pero no puedo entender bajo ningún punto de vista que mi hermana no sepa cocinar NADA. Y cuando digo ‘nada’ no estoy siendo metafórico, ni tomando entre pinzas una frase hecha… Nada de nada. Tuvo apenas dos intentos desde que convivimos, en deleitarme con alguno de sus tan elaborados platos:

1) Arroz de caja. Resultado: Aguado y pasado.
2) Milanesas. Resultado: Carbonizadas.

No quiero desmerecerla tampoco: de vez en cuando, saca las hamburguesas de su caja y las coloca en la sartén o tira los fideos en la olla… parece una boludez pero es muy loable.

A estas alturas ustedes deben estar pensando: “Si no cocina, lava”.

¡Que ilusos! Le pone un énfasis desmedido a enfrentarme porque nunca toco un plato. Hay que aclarar que a fin de cuentas termina cumpliendo esta función por descarte, pero no sin haber echo todo lo posible para que sea yo quien la remplace. Paso a describir sus pasos en la limpieza de la vajilla:

- Pone ¼ litro de detergente sobre la esponja.
- Abre la canilla.
- Se queja.
- Con cara de repugnancia, friega con miedo los platos.
- Suena el teléfono. Lo atiende. Queda la canilla abierta. Corta.
- Se vuelve a quejar.
- Termina.
- Deja las fuentes sin lavar. Es como si estuvieran fuera de su jurisdicción.

¿Sabe usar el lavarropas? Sí. Pero es de las que mezclan colores y te devuelven una remera azul marino desteñida en un celeste triste, con cuatro kilos de jabón en polvo (ahora pasamos al líquido) y hecha un pequeño bollito… porque tampoco plancha.

Digamos que es parejita en todo.

Sería muy tonto no reconocer mis errores en la cocina. He llenado el departamento de humo dejando un paty en la olla durante 6 horas a fuego alto dejándolo hecho petróleo. También he prendido fuego el repasador y volcado el tarro de azúcar. Mea culpa

En el baño el problema es suyo, definitivamente. No sólo se instala por largas temporadas a revocar su rostro con productos que deja diseminados por el lugar, sino que usa mis Match 3 Turbo como depiladoras eficaces y mi toalla como desmaquillante. No soporto que apriete la pasta dentífrica en otro lado que no sea la base y que deje enchufado del secador de pelo al filo del precipicio (siempre lo termino tirando).

Nuestras discusiones son patéticas. Entiendo que sea un desordenado crónico pero no hace falta que me lo recuerde cada diez minutos para trenzarnos en una enumeración estúpida de lo que cada uno hizo en pos del bien común:

Yo: Siempre dejás el cuarto desordenado, yo el mío lo tengo impecable.
Ella: Y yo ayer saqué la basura y lave los platos, vos no hiciste nada…
Yo: Yo aspiré la alfombra el otro día.
Ella: ¿Cuando?
Yo: No me acuerdo bien.
Ella: ¡Ah! ¿Viste, pedazo de forro?
Yo: Callate imbécil, que llenaste el baño de agua.
Ella: ¿Y vos? Rompiste el inodoro y no fuiste capaz de llamar al plomero.
Yo: Lo llamé.
Ella: ¿Cuando?
Yo: No me acuerdo bien.

Y así se suceden… día y noche. La inútil y el colgado. La quejosa y el pesado. La gritona y el infradotado.

Es un poco dura la convivencia entre hermanos. El primer mes resulta brillante y, como cualquier relación, se va desgastando con el pasar de las semanas. Al principio todo es alegría, de a poco llega el mal humor y finalmente terminamos en un rejunte de accidentes estúpidos y peleas sin sentido.

Al fin y al cabo, somos la misma sangre.

"Sangre ácida para el día a día, pero dulce y cálida cuando nos necesitamos"
(Y con esta última frase, lavo culpas cual Lord Inglés...)

Los 20 deseos para el mundial

1) Primero y principal: que lo ganemos (Por lo pronto que pasemos a cuartos).

2) Que las madres/abuelas dejen de felicitar a los jugadores y hacer esas “críticas tan técnicas y expertas” desde el sillón de su casa.

3) Que el mundial se celebre cada dos años.

4) Que Germán Paoloski se tome un tema en serio y deje de hacer chistes fáciles, baratos y un tanto ridículos de modo constante.

5) Que las “cámaras exclusivas” de telefe paren de ofrecernos imágenes TAN privilegiadas y oportunas.

6) Que acusen a las vuvuzelas de herejes y las tiren a la hoguera.

7) Que desaparezcan los “entendidos” en el tema, que son DEMASIADOS (cada vez más).

8) Que David Bisbal reconozca que cagó el tema “Waving flag” de K’naan.

9) Que paren los “concursos” del mundial en los que sólo “ganás” si podés predecir absolutamente todos los resultados de los partidos. Muy poco probable, casi imposible.

10) Que se calle Fernando Niembro.

11) Que las cuasi fanáticas de la selección se dejen de unir a grupos pelotudos en Facebook tales como “Kun bancame en línea, que ahora estoy ocupada con Pipita” o “Que a partir de hoy, el barrio Palermo se llame ‘Martín Palermo’”

12) Que dejen de pasar la publicidad en la que el imbécil de Alfredo Casero dice: “Si la notebook no te notebookea, vení a Garbarino”. Y que Verón le ponga un poco más de onda a los anuncios de yogurísimo (Por lo menos a los del mundial).

13) Que paremos de idolatrar al que mete gol por partido y de criticar a los que no anotan. Típico de los argentinos.

14) Que pasen una parte “cantable” del himno. Ese fragmento sin letra, por más que me llene de orgullo, me da a karaoke de canto bar vacío.

15) Que las amigables cadenas de electrodomésticos me dejen de ofrecer los plasmas 250 pulgadas con la única excusa de ver a Messi goleando en 3D o a un escupitajo en slow motion.

16) Que los periodistas deportivos hagan un curso rápido de inglés antes de cada mundial. Es paupérrimo escucharlos.

17) Que los negros dejen de sonreír tanto.

18) Que Maradona no se desnude si ganamos.

19) Que la mascota del mundial tenga un poco más de gracia. Por ahora tiene media sonrisa, pelo verde con raya al costado, pantalón ajustado y siempre está estático con la pelota en la mano (no es handball, leopardo de mierda). ¡Que vuelva el pollo de Francia 98!

20) Que Shakira deje de cantar el waka-waka, por favor. Ya se está volviendo subliminal.

Pronosticado muerte

¿Y si tu muerte está predestinada para mañana? Al cruzar la calle un Scania te aplana contra un semáforo sin luz, te reventás contra la planta baja mientras el ascensor se desmorona o te vacían un cargador de pistola sobre la cabeza mientras intentan robarte… O tal vez te desmayes en la ducha y la cabeza se te reviente contra la pared, te agarre un paro cardíaco en un boliche, te descuartice algún psicópata perdido o te muelas cayendo de un sexto piso. ¿Y si mañana se acaba tu corta vida?, ¿Si te quedan 10 horas y lo desconocés?... ¿Qué harías si sabés que en poco tiempo pasas a ser un puñado de huesos útiles sólo a estudiantes avanzados en medicina?

Disfrutar. Vivir a pleno.

No me resulta muy divertido escuchar a la “versión optimista” de mi yo, pero a veces, simplemente es necesario.

Hacete mentalmente esa lista boba que Freeman y Nicholson se hicieron antes de partir pero adaptada a tu entorno. No te digo que destroces las horas y te des placeres estúpidos. No pretendo que te inquietes con mis desesperanzadoras hipótesis de la muerte. Tampoco te estoy diagnosticando una enfermedad terminal, sólo te propongo ver el presente con un futuro ausente… y actuar conforme a él.

Por eso:

Abrazá a tus amigos y deciles cuanto los necesitás. Agradeceles a tus viejos el mero hecho de tener la vida y dejá de cagarlos a pedos porque deciden aconsejarte. Sonreíle a tus enemigos y aniquilalos con una alegría desmedida. Escuchá a los que tienen experiencia y aprendé a aprehender lo que te cuentan. Puteá bien alto cuando las cosas salgan mal pero suspirá porque pudieron haber salido peor. Reconocé a tu Dios, religión, ídolo, maestro o fuerza metafísica que creés que te da el don de la existencia. Leé un buen libro en la inmensidad de la noche, disfrutá de una película en compañía, escuchá la música que te deja la risa fácil y el alma dócil. Decile a esa persona cuánto la amas, sin temor a las reacciones erradas o fracasos sin intentos. Cantá por la calle y caminá descalzo en tu cuarto; organizá reuniones en tu casa, visitá a ese familiar que tenés abandonado y estudiá con gusto. Empezá a decir más “sí” que “no”… Despertate veinte veces el mismo día y dormite saciado de realización.

(“Se fue al carajo” debés estar pensando, erradamente, claro).

Dejemos de preocuparnos por lo que no llega y contentémonos con el ahora. Olvidémonos de esos problemas pelotudos y bañemos de optimismo a la semana. Levantá bien alto la copa y brindá por vos y por mí. Brindá por respirar sin pausa. Brindá para que cuando el día que choques, te despedaces, te infartes, te desangres o te quedes dormido llegue, tu paso por este mundo haya valido la pena…

Señales

Hace un par de años, cuando salía regularmente a la terraza de mi casa a fumar el pucho de turno en la quietud de la noche, tuve un contacto un tanto inesperado. Mis audífonos sedaban mis oídos con bandas serenas cuando ví una luz titilar a dos cuadras de donde me encontraba.

Al principio pensé que era una simple luz defectuosa, pero al ver que ésta se movía de lado a lado, comprendí que había una persona que la comandaba haciéndome señas. Me pregunté si algo le sucedía, ya que por la gran distancia que nos separaba, lo único que se veía era ese destello intermitente. Esperé unos 5 minutos pero el foco seguía volando, a ratos, en la terraza opuesta a la mía.

Entonces agarré mi iPod, lo iluminé y lo levanté en alto. La respuesta fue inmediata. La luz lejana comenzó a moverse con más fuerza y con un resabio de alegría. Ahí fue cuando comprendí que la otra persona (Desconozco su edad, sexo o apariencia) sólo estaba entreteniéndose con este “juego de luces” y sonreí por la situación (Un tanto patética).

Y así se sucedieron las noches. El pucho de las dos de la mañana y las luces con ese alter ego de la Avenida equis. Los fulgores variaban de modo constante: un velador, un celular, un láser… Ambos nos habíamos prestado al juego estúpido de brindarnos señales mientras compartíamos un momento de aparente soledad. Era una compañía desconocida, dos seres unidos bajo un recreo poco sano, encontrados en la inmensidad de la noche, sin propósito alguno de conocerse… porque lo que mantenía viva la relación, era el destello de cada madrugada.

No pretendimos robarle el formato a Sergio Lapegüe. De hecho, nuestro “Prende y apaga” no tenía otro público que nosotros mismos, dos locos a merced de la respuesta contraria.

Hoy me doy cuenta que eso es lo que necesito. No quiero más palabras. Prefiero el silencio y la señal oportuna que me demuestran que el otro está ahí, atento, prudente, alerta, sonriente. Necesito ese chispazo que me deje pensando, ese guiño fácilmente decodificable, esa sonrisa despierta, ese ceño ausente y una mano que palmeé la espalada.

No necesito tantas palabras. Callate un poco. Callémonos un poco. Dame señales que me dejen idiota por un rato, que me demuestren que estás ahí. Que me hagan compañía sin perturbarme.

A veces siento que no preciso nada. Solo verte y que me veas. Nada más. Soy un poco pretencioso. Pido favores un tanto estúpidos para los tiempos que corren, pero es que ya me aburren los vocablos de relleno y los discursos sin sentido. Quiero más señales. Y menos palabras.

Más señales. Y menos palabras.

Soy yeta

No es una confesión. No es un estado de ánimo. No es un accidente. Ni dos. Ni cuatro. Ni veintitrés. Son todos. Todos los accidentes. Todos los problemas. Todas las desventuras.

Es la barra de descarga que llega a 99 y se tilda. Es la última moneda que corre hacia la alcantarilla. Son las llaves puestas del lado de adentro, la paloma inoportuna, el despertador dormido o el vaso derramado. Y no es intencional. No es de pelotudo… o en gran parte sí, pero tan pelotudo no me considero.

Y mientras me levanto de ese humillante tropiezo en la vía pública, me pregunto por qué todo me resulta tan patéticamente inverso a lo que deseo. No necesito levantar la autoestima ni dejar de ser tan torpe, porque sospecho que ya no depende de mí. Entonces me miro al espejo y me digo:

Sos yeta.

¿Y qué significa “ser yeta”?... ¿Desafortunado?, ¿Problemático?, ¿Idiota?... Es una mezcla de todo, una sensación de mierda. Es como tener un psicópata atado a tu espalda con muchas ganas de complicarte la vida. Al principio resulta cómico, pero cuando se vuelve costumbre, hábito o característica imborrable, pasa a ser crítico.

¿Cómo reconocerse yeta?

Cuando las desgracias suceden en soledad. En los momentos donde no hay nadie para reírse de tu problema y el mismo se sucede con total impunidad frente a tus ojos.

Lo más extraño de todo es que soy capaz de pasar esa mala fortuna a los demás con una sutileza envidiable. No pretendo quedarme sin amigos con este último comentario, pero la realidad es que últimamente las desgracias se extienden al grupo que me rodea.

Intento y no lo consigo. Trato de llegar una hora antes a Retiro y pierdo el colectivo, logro tomarme otro y me toca un niño de 3 años un tanto maleducado y ávido de juegos nocturnos con una madre poco catedrática. Arribo a destino con retraso de 2 horas, me quedo dormido dentro de la unidad y finalmente me despierta el chofer con un carácter un tanto ácido. No encuentro al responsable que viene a buscarme, mi celular está sin batería y a mi valija se le traban las ruedas. Cuando salgo de ese caos, me doy cuenta de que mi iPod quedó en el asiento del colectivo…

Es una especie de rutina, la mala suerte está de mi lado este año. Tal vez vino para hacerme una visita inoportuna, tomar un café rápido y despedirse, o en el peor de los casos, decida instalarse en mi cuarto una larga temporada. De cualquier modo voy a seguir a los tropiezos, golpes, roturas y pérdidas. Hasta que no me mate, esa suerte hija de puta no va a lograr vencerme… del todo.