Errado pero coherente

Hoy voy a aplaudir a los que son totalmente opuestos a mi persona. Pero sólo a aquellos que son constantes en su forma de pensar, por más que sea la más cruda y patética jamás vista.

“A los negritos hay que matarlos” comentaba con una impunidad soberbia un conocido en una discusión a las tres de la mañana. “Si me quieren robar, les pego cuatro tiros y si matan a alguna familiar, voy y les mato a sus padres y a sus hijos”

¿Fuerte?

Eso fue sólo un aperitivo. El individuo prosiguió con su relato conciliador y pacifista: “Si mi abuelo estuviese en coma, lo desconectaría”, “Si me sale un hijo deforme, le quito la vida”. Debo reconocer que si bien suelo ser tolerante a la opinión ajena, fue una de las pocas veces que sentí ira en una conversación. No se si culpar a la cerveza que había tomado o a que se le estaban fermentando las pocas neuronas que le quedaban, pero al escucharlo me daban arcadas.

Decidí interrogarlo:

Gonzalo: Te hago una pregunta, ¿Estás a favor del aborto?
Sujeto X:
Gonzalo: Y me imagino que de matar a los pobres para evitar que nos roben también, ¿No?
Sujeto X:
Gonzalo: ¿Y de la pena de muerte?
Sujeto X: También
Gonzalo: Claro. Sos errado para mí, pero coherente.

Luego del debate nocturno acerca de lo ético y lo moral, me quedé reflexionando. Fallaron mis intentos de encontrar una justificación a las palabras del detestable sujeto. Pero le había podido encontrar una gran virtud: La coherencia.

Ausente en muchos de nosotros. Inalcanzable para los políticos. Ambicionada por los religiosos…

El chico era coherente. Errado pero coherente. Sus pensamientos eran congruentes en todos los ámbitos. Sus juicios encadenados por el tiempo, sonaban escalofriantes pero lógicos.

Entonces comprendí que dentro de todo, era un tipo razonable y que poseía una de las capacidades más perdidas en nuestra sociedad. Estaba apto para enfrentar todo tipo de preguntas sin perder la línea moral que lo caracterizaba, por más que esa línea sea tétrica e irritante para los que no la compartimos.

De él deberían aprender los políticos que hablan de los pobres y actúan como ricos. Los padres de familia que se van de putas. Los profesores que no enseñan con su ejemplo. Los que dicen ser honestos y se callan la verdad. Los incoherentes que hablan de responsabilidad y no saben despertarse siquiera por inercia.

Seamos coherentes, más allá de lo que pensemos. De ese modo, los debates serán más inteligentes… y menos accidentados.

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