¿Hay vida después de Lost?

Te lo pregunto a vos. A vos que estuviste seis temporadas mordiéndote las uñas y haciendo de cada capítulo un evento semanal. A vos que lo empezaste tarde y te comiste 3 temporadas al hilo, con récords de 7 episodios por día. A vos que más de una vez quisiste ametrallar a J.J. Abrams y al conjunto de creadores consumidores de drogas psicotrópicas que te dejaban lucubrando finales fatales y descifrando tramas incomprensibles.

Comenzaste creyendo, inocentemente, que eran un pequeño grupo de desafortunados que se habían accidentado en una isla. Poco después apareció un humo negro que tenía vida propia, un oso polar y hasta un grupo de habitantes con casas prefabricadas, una cocina con vista al parque, heladera y jacuzzi. Poco después vinieron los saltos temporales: los flashbacks que reventaban un pasado muchas veces irrelevante y los flash-forward en los que te anticipabas a los hechos que nunca terminaban de suceder (Ni hablar de los extraños flash sideways de la última temporada). Claro que cada “flash” te daba información con un gotero de hospital, te suministraba ese suero que te saciaba momentáneamente y te inyectaba la morfina para evitar cualquier ataque de desesperación.

Te bancaste los subtítulos mal escritos, con tal de verlo el día siguiente de su estreno en Estados Unidos. Te hiciste fanático de Seriesyonkis y de Taringa, agradecido a ambos portales por facilitarte los capítulos en cualquier formato, pero rápido. Sacrificaste días de estudio, noches de previas y fines de semana de descanso para viciarte con Sheppard y su pandilla. Lloraste como un pelotudo sin consuelo cuando murió Juliet y te irritaste cuando te contaron el final antes de haberlo visto.

No dejaste de insultar a los guionistas cuando terminaban un episodio con música country, una fogata y las caras felices de los protagonistas; “No me dejaron con intrigas”, repetías… Pero cuando te cerraban el capítulo con un pequeño misterio, te quejabas de igual modo: “¿Pueden empezar a resolver algo? ¡Esta serie de mierda se basa en puro suspenso!”. Una serie que te mantuvo atado de principio a fin, que te sedujo y te abandonó; La novia de los 6 años.

Una semana se cumple mañana desde que desapareció el programa norteamericano que te limó la cabeza. Te sentís un poco incompleto y algo vacío pero reconocés el cierre de etapa, es como pasar a la pubertad. Ahora viene la nueva búsqueda. La difícil y casi imposible tarea de encontrar una serie que la sustituya. Una serie que esté a la altura de Lost.

Casi imposible. De todos modos, eviten “Ugly Betty” o “Gossip Girl”… Sólo un consejo...

Esas noches

Hay noches en las que decidís hacer todo lo que no hiciste en la semana.
Noches en las que estas completamente mareado y sin noción alguna de la realidad.
Noches en las que usas el celular como cable a tierra aunque te demande todo el crédito disponible.

Son noches en las que consumís todo tipo de drogas para estar a la altura de las circunstancias.
Noches en la que los segundos están ausentes aunque no pares de mirar las agujas de tu reloj de mano.
Noches que derivan en mañanas con fuertes dolores de cabeza y de estómago.

Hay noches en las que no podes evitar pensar en esa persona, una y otra vez.
Noches en las que necesitas remarla como los mejores para que cuando salga el sol hayas conseguido por lo menos un objetivo.
Noches que te queman tanto la cabeza, que al otro día crees no recordar nada…

…Son las famosas noches de estudio previas a un examen.

Errado pero coherente

Hoy voy a aplaudir a los que son totalmente opuestos a mi persona. Pero sólo a aquellos que son constantes en su forma de pensar, por más que sea la más cruda y patética jamás vista.

“A los negritos hay que matarlos” comentaba con una impunidad soberbia un conocido en una discusión a las tres de la mañana. “Si me quieren robar, les pego cuatro tiros y si matan a alguna familiar, voy y les mato a sus padres y a sus hijos”

¿Fuerte?

Eso fue sólo un aperitivo. El individuo prosiguió con su relato conciliador y pacifista: “Si mi abuelo estuviese en coma, lo desconectaría”, “Si me sale un hijo deforme, le quito la vida”. Debo reconocer que si bien suelo ser tolerante a la opinión ajena, fue una de las pocas veces que sentí ira en una conversación. No se si culpar a la cerveza que había tomado o a que se le estaban fermentando las pocas neuronas que le quedaban, pero al escucharlo me daban arcadas.

Decidí interrogarlo:

Gonzalo: Te hago una pregunta, ¿Estás a favor del aborto?
Sujeto X:
Gonzalo: Y me imagino que de matar a los pobres para evitar que nos roben también, ¿No?
Sujeto X:
Gonzalo: ¿Y de la pena de muerte?
Sujeto X: También
Gonzalo: Claro. Sos errado para mí, pero coherente.

Luego del debate nocturno acerca de lo ético y lo moral, me quedé reflexionando. Fallaron mis intentos de encontrar una justificación a las palabras del detestable sujeto. Pero le había podido encontrar una gran virtud: La coherencia.

Ausente en muchos de nosotros. Inalcanzable para los políticos. Ambicionada por los religiosos…

El chico era coherente. Errado pero coherente. Sus pensamientos eran congruentes en todos los ámbitos. Sus juicios encadenados por el tiempo, sonaban escalofriantes pero lógicos.

Entonces comprendí que dentro de todo, era un tipo razonable y que poseía una de las capacidades más perdidas en nuestra sociedad. Estaba apto para enfrentar todo tipo de preguntas sin perder la línea moral que lo caracterizaba, por más que esa línea sea tétrica e irritante para los que no la compartimos.

De él deberían aprender los políticos que hablan de los pobres y actúan como ricos. Los padres de familia que se van de putas. Los profesores que no enseñan con su ejemplo. Los que dicen ser honestos y se callan la verdad. Los incoherentes que hablan de responsabilidad y no saben despertarse siquiera por inercia.

Seamos coherentes, más allá de lo que pensemos. De ese modo, los debates serán más inteligentes… y menos accidentados.

El mundo de la inmediatez


Aquí nunca faltan los relojes ni los cronómetros, la expectativa no es bienvenida y la paciencia brilla por su ausencia. No está permitido pensar dos veces, razonar una respuesta, elaborar un plato o meditar luego de una siesta. Bienvenidos al mundo de la inmediatez.

Sexo en la primera cita, almuerzo en quince minutos, puteada rápida, llamada sintética. No hay tiempo para hacer nada bien. No te dan los segundos ni las horas, no te rinde acostarte tarde ni levantarte temprano. Ya no podés tomar un café sentado, fumar un pucho tirado al sol o salir a cenar con tiempo. En caso de que decidas hacerlo, vas a fallar y retrasar los intentos por falta de espacio en tu apretada agenda.

Necesito tiempo. No soy retrasado, pero a veces no les puedo seguir el ritmo. Si hablás demasiado rápido y decís un 90% de boludeces, no esperes que tenga un filtro lo suficientemente avanzado como para sacar una conclusión coherente. Si corrés como un infradotado atrás de un colectivo que sabés que va a volver a pasar dentro de cinco minutos, no me vengas a decir que te sentís “estresado” al final de tu día.

Me cansé. Me bajo del tren. Por más que lo repita me cuesta asimilarlo. Es un estilo de vida extraño para nosotros, bichos de semáforos y cuentas regresivas, encontrar el espacio para relajar el ceño, tensar el Risorio de Santorini y con buena dicción decir en voz alta:

“¡Que se vaya todo a la puta madre!”

No es una manifestación anarquista ni una frase de un grupo rebelde sacada de un programa de Cris Morena. Es hacer del enfermizo mundo de la inmediatez, un lugar con arena y palmeras. Es llamar inconscientemente a Bob Marley y pedirle que te susurre un “Don’t worry”. Es mirar el reloj y cagarte un poco de risa… porque ese segundo desaparece y, por más que lo subestimes,
ya no vuelve...
nunca más.