Feliz año viejo

Corriste como un desgraciado y saliste penúltimo. Padeciste mesas de examen y no recordás siquiera la primera unidad. Laburaste horas extra y seguís sin ser empleado del mes. Te compraste el perfume de Antonio Banderas y todavía no conseguiste novia. Le chupaste las medias a tu jefe y estás estancado en ese sueldo de mierda.

Ahora brindá, patético.

Levanta la copa y reíte de tu melodramática vida. Sacá ese cuaderno en blanco y ponete a planificar tu exitoso 2012 de cero. Mentite diciendo que a partir de mañana tu vida dará un giro radical, mucho más apasionante de lo que fue hasta ahora. Serás más solidario, dejarás de tomar, alcanzarás un promedio de diez y encontrarás a la persona que tanto esperabas. El horóscopo pasó a ser la sección cómica del diario, Horangel ahora consume anfetaminas y Ludovica Squirru ya no sabe qué animales elegir para el año entrante.

Rellená el vaso y brindá de nuevo, ingenua.

Pedile a los reyes que te traigan un novio que le guste a tus viejos. Soñá con que Cris Morena te regale otra emocionante tira para rellenar tus aburridas tardes. Tratá de no cambiar de carrera por séptima vez e intentá acostarte temprano aunque sea una vez por fin de semana.

Dejá la copa y empiná la botella.

Festejá por lo que te costó llegar al 31, por el año que pasó. Clavá esa primera sonrisa no forzada y cortá el pan dulce que te sobró del 24. Mirá al 2012 sin muchas expectativas, pensando que puede ser tan o más patético de lo que fue este y tomatelo con un litro de soda bien gasificada.

Reíte de vos y de nosotros, porque la tormenta pasa y la anécdota queda, porque los problemas tienen fecha de vencimiento y el tiempo vuela, porque el planteo tiene una solución y porque después de la lluvia sale el sol. (Porque ahora hago rimas con las oraciones, repletas de clichés y frases hechas para ponerle un poco de azúcar a un texto tan pesimista).

¡Feliz año viejo, patéticos!
Y recuerden que se viene uno mucho peor. Disfrutenlo como nunca.

No, gracias

- Hola
- Buenas tardes, mi nombre es Jessica te hablo de Telefónica. ¿Usted es el responsable de la línea?
- ¿Me vas a ofrecer una promoción?
- ¿Es el responsable?
- …Sí, pero estamos conformes con el servidor que tenemos.
- ¿Me podría decir su nombre?
- Gonzalo de Lasa
- Sin embargo me figura como responsable Daniel Gutiérrez.
- Gutiérrez es el propietario, yo alquilo acá… ¿Qué necesitas?
- ¿A qué hora podría hablar con el responsable de la línea?

Tomo aire para no putearla

- Mirá Jessica: si yo aquilo acá, nunca vas a encontrar al propietario porque es quien me cede el lugar por un contrato. No sé si me explico…
- Bueno, entonces hablo con usted.
- Decime, querida.
- Le quería ofrecer una promoción de Speedy que cuenta con…
- No, gracias. Estamos conformes con el servidor que tenemos.
- ¿Qué servidor tienen?
- Fibertel.
- Pero mire que este no le va a costar nada…

La mato en 3, 2, 1…

- Yo se que estamos en Navidad y que hay un ánimo general de hacer regalitos. Pero tan boludo no soy, ¿Vos me estás diciendo que me querés dar un servicio gratis?
- Es totalmente gratuito los primeros tres meses.
- Bien, te faltó esa última parte.
- No me dio tiempo a decirle.
- No, Jessica. No quiero NADA.
- Bueno gracias, que tenga muy buenas…

Tuuuu.

Esas son las amenas charlas que disfruto cada vez que un telemarketer de Telefónica decide discar mi número. Digamos que 3 o 4 veces por semana. Por más que se los repito, parecen olvidarse de dejar registro de que ya se comunicaron.

- Hola.
- Buenas noches, mi nombre es Hernán te hablo de Telefónica…
- Hola Hernán; soy el responsable de la línea: Daniel Gutiérrez. Tengo como servidor a Fibertel y no quiero cambiarlo por Speedy. ¡Y por favor dejen de llamar!
- A mí en la computadora me figura como que nadie lo llamó.
- Te anda como el culo, porque no paran de llamarme por lo mismo. Hablo más con ustedes que con mis viejos.
- Quédese tranquilo que voy a dejarlo registrado así no lo molestan más.
- ¡Gracias Hernán!

Pero Hernán miente. O tiene un Windows 95 baqueteado, que no es capaz de dejar constancia, aunque sea en una cuadrícula del Excel, que hay una víctima de los numerosos llamados extorsivos que en la empresa realizan.

- Hola.
- Buenos días, mi nombre es Florencia le hablo desde Telefónica…
- ¡¡¡Bastaaaaaaaa!!!

Silencio

- ¿Me escucha señor?
- Sí. Disculpame…
- Le hablo porque le quería…
- ...ofrecer una promoción re copada de Speedy ¿no?

Se ríe

- No, no. Lo llamo para ofrecerle un pack de llamadas a larga distancia que cuenta…

NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!

- Florencia… Muchas gracias, pero no necesitamos.
- ¿Seguro? Es un pack mucho más accesible del que está pagando, le estoy cuidando el bolsillo.
- ¿Ah sí? ¿Una telemarketer de Telefónica me quiere cuidar el bolsillo?
- La empresa, señor.
- ¿Vos me estás diciendo que Telefónica le cuida el bolsillo a sus clientes?
- ¡¡Sí, claro!!
- O sos muy ingenua o sos flor de zorra.
- No me falte el respeto señor…

Tuuuu.

Me toma de imbécil. Se me ríe en la cara. Quiero ir a prender fuego las oficinas de Telefónica… ¿Cuándo van a entender que no quiero sus servicios, que no me interesan sus propuestas? ¿Cuándo van a entender que en el caso de que quiera algún plan soy yo el que debería llamar?

Ahora hice un cambio radical. Ya nada me afecta,

Suena el teléfono

- Hola.
- Buen día te habla Silvina te estoy llamando de Telef…

Tuuuu.

Duda

¿Por qué…

…CrónicaTV se come los artículos?
…la china del supermercado está siempre de mal humor?
…no hay séptima temporada de Lost?
…me gustan tanto los viernes?
…en las publicidades de Activia es todo violeta?
…mi despertador tiene tantas alarmas?
...Tinelli hace 30 puntos de rating? ¿y CQC no llega a los 10?
…me cuesta tanto dejar de fumar?
…la Iglesia no se aggiorna?
…nuestros padres no saben usar las redes sociales? ¿y por qué si saben tenemos miedo?
…las madres no saben la letra completa de siquiera un tema?
…son tan asquerosos los trámites burocráticos?
…Mcdonald’s sacó el Triple Bacon?
…la empleada nunca quiere ordenar mi cuarto?
…el año no tiene la mitad de los días que tiene?
…Cuevana se tilda cada vez que estoy dispuesto a ver una película?
…por más que lo encuentres, Wally se vuelve a perder?
…me cuesta conjugar el verbo “conducir”?
…los domingos son tan deprimentes?

Espero sus respuestas abajo, si es que las tienen.

El murmullo

Es casi perturbador; un murmullo constante en el cuarto inmediato al que me encuentro, tirado en la cama escuchando música, deprimido por la quietud que indica un feriado desesperante pero más deprimido aún, por rendir dos finales los días siguientes.


Y ésa es precisamente la causa por la que el susurro lejano me provoca arcadas mentales,

“(…) el recurso de inaplicabilidad de la ley sólo será admisible contra la sentencia definitiva que contradiga la doctrina establecida por alguna de las salas de la cámara en los diez años anteriores a la fecha del fallo recurrido…”

Es la voz de mi hermana que no para de repetir desde las 8 de la mañana, con tono afectado de maestra de secundaria, la guía de estudio de “Procesal civil y comercial”. En un intento desesperado por arrancarle al profesor una buena nota con los dientes, consume las horas de la semana subrayando textos extensos y explicándolos a los gritos a un alumnado invisible.

- ¿Por qué estudiás tanto?
- Porque tengo materias muy largas, no sé si te diste cuenta.
- Pero sos demasiado nerd…
- Yo no soy nerd. Vos sos un pajero, que es distinto.

Calculo que tiene razón. Pero no soporto escucharla ni un segundo más. No quiero que me de cátedra acerca de mi irresponsabilidad. Sus murmullos me hacen sentir un inútil, carcomido por el último mes del año, deseando que todo se vaya despacito, despacito… al carajo.

Y sigue,

“Se declara la caducidad de instancia, cuando las partes no cumplan los siguientes plazos…”

Mientras ella le hizo el amor a la Constitución Nacional, yo todavía no me llevé el dedo a la boca para salivarlo y pasar de hoja. Frustración. Angustia. Impotencia.

Me volví monotemático desde que empecé con los finales, ya no hay tópico que me evada del mundo comunicacional. ¿Tendré que probar Fosfovita?, ¿Tendré que escaparme de la ciudad?, ¿O amordazar a mi hermana hasta lograr el silencio deseado?

Por lo pronto me daré una ducha fría y pasaré la noche en vilo, pretendiendo aprender de Google y algún que otro resumen. Me tranquiliza saber que a la madrugada los murmullos cesarán, ya que esa hora ella estará durmiendo, juntando fuerzas para arrancar una jornada de estudio intenso.

Cuando escuche sus gritos mañana por la mañana, tomaré coraje y saldré rumbo a la facultad a rendir el primero de una seguidilla de finales, con la cabeza aturdida y la conciencia intranquila. A diferencia de ella, que estudia de día

y sueña de noche...

Breve manual para utilizar Facebook


1) No tener como amigos a familiares mayores de 40 años.
A no ser que seas un fraile tibetano con una vida social poco activa, evitar compartir la red social con tías, abuelos, etc. (También es aplicable para amigos de tus viejos). Generalmente tienen mucho tiempo libre y pasan las horas consumiendo tu material. No es bueno tener que dar explicaciones en la mesa familiar acerca de tus “salidas extrañas”, tus “fotos procaces” y tus “comentarios obscenos”.

2) Chequear la cuenta una vez al día como mínimo.
Estar pendiente de lo que sucede en la red, no dejar nada librado al azar que pueda perjudicar tu reputación. No conectarte durante una semana y descubrir que fuiste etiquetado en 30 fotos besándote apasionadamente con el bagarto de turno, puede dañar tu imagen. Lo mismo sucede con los comentarios que puedan publicarte en tu muro: “Marquitos, ayer estuve con una mina que dijo que eras un pelotudo!! Jaja” o “Carlita, te olvidaste una caja de tampones extra chiquitos jajaja” (siendo posteriormente publicados en las noticias a los ojos de todos).

3) Saludar en los cumpleaños.
Puede que sea tu peor enemigo, aquel con el que no compartirías ni un recreo, ese que siempre dice boludeces y no podés escuchar, pero si cumple años,

“Muy feliz cumpleaños!!! Celebralo a lo grande!! Que lo pases genial... y nos estamos viendo! un beso y un abrazo!”

Es una especie de cumplido impostergable, de deber moral.

4) Evitar la actualización de estado o publicación de videos constante.
Nadie quiere escuchar tus frases de Calamaro o tus poemas de Neruda cada 5 minutos. Ahorrate el rejunte de frases patéticas que sólo desnudan tu personalidad conflictuada o tus amoríos caóticos. En cuanto a los videos, si no es un tema formidable que tenés necesidad de comunicar, obviá publicar aquellos que sólo vos ves como cómicos y que son o muy aburridos o muy estúpidos.
¡Ah! Y hacete una cuenta en Twitter.

5) No tener de amigos a boliches o RRPP.
Si no querés que tu bandeja de entrada se cope de mensajes del estilo “FIESTA DEL PINDONGO// BARRA LIBRE HASTA LAS 2 A.M.” o “PREVIA DESCONTROLADA! NO TE DUERMAS Y VENITE CON MINITAS”. Rechazá las solicitudes de amistad de todo lugar bailable o RRPP frustrado, que no sólo te envía inbox sino que también publica en tu muro con un tono entre canchero y afectado, comprometiéndote a asistir a alguna reunión.

6) Callarte los comentarios relacionados con la facultad/colegio.
A nadie le interesa si promocionaste Física o clavaste un diez en Penal. Hacelo por vía privada, ya que causa un profundo dolor a aquellos que vienen estudiando como mulas y no consiguen arañar un cuatro.

7) Tratá de no unirte a grupos de modo compulsivo.
Sobretodo si los grupos revelan tu coeficiente intelectual excesivamente bajo. ¿Qué problemas te aquejan que sentís esa enferma necesidad de clickear cada solicitud? Algunos ejemplos que me irritan (Copiados textualmente, se puede comprobar su veracidad en Facebook):

- "Mi mamá también se sienta 3 horas en la pc a ver los mails del power-point"
- "'Mamá me voy... chau', 'Vení mas tempraaaano' (CHUPALA)"
- “A ver prestame los anteojos; A PERO NO VES UN CARAAAJO”
- "TODOS TENEMOS UNA SILLA EN LA PIEZA PARA TIRAR LA ROPA JAJAJAJA"
- "Para todos los que no podemos parar de decir "jaja" en el chat"
- “¿Quién no se comió un Palito de la Selva con papel porque no salía? Jaja”
- “Ya paso hallowen y algunos siguen con la caretaaaa ;)"
- "Hay tantos bombones dando vuelta y vos llorando por ese caramelo media hora... NAAAAAAAAAAAAAAAAA"

¿¡Qué se les pasa por la cabeza?! ¿Les resulta divertido? Siempre me pregunto lo mismo y todavía sigo sin hallar la respuesta.

8) Basta de “Me gusta”.
Entiendo que te guste una determinada foto o un enlace (si es el de este blog, más aún), pero detesto que todo les guste a todos. Dejá de clickear, en un acto cuasi vicioso, cada comentario/sugerencia/estado de tus amigos, abusando de la opción y rejuntando en una carpeta mental, las estupideces que tanto te agradan.

9) Evitar comentarle a tus amigos lo que hiciste con ellos el fin de semana.
“Qué buena fiesta! La mejor noche chabónnn”. Si ambos estuvieron en la fiesta y ambos la pasaron bien, ¿Cuál es la obligación que tenés de gritarlo a los cuatro vientos? Claro, sos el más capito de todos ¿no? Callémonos la boca, o hablemos por teléfono.

10) Cuidado con las fotos de perfil.
Ya hemos aclarado que una ley básica es: “En la foto de perfil estás re dable, pero todos sabemos que no es cierto”. Dejá de engañar a tus amigos;
Si te haces un primer plano de tu ojo, es porque tenés una nariz de oso hormiguero.
Si tu foto sacás la lengua, es poque querés que vean que sos re cancherita.
Si tu foto es con un trago, es porque querés mostrar que sos re alcohólico y te la re bancás.
Dejá de hacer el ridículo, haceme el favor. Ponete una foto decente que no revele la basura que tenés en la cabeza.

Sobre dientes y relaciones

Mientras intentaba estudiar de un resumen demasiado esquemático en una cafetería de Florida, algo llamó mi atención. En la mesa contigua a la mía, una pareja jóven intercambiaba saliva desesperadamente, abrían sus bocas como si estuviesen bostezando luego de un día agitado. El besuqueo fue interminable, con un muestrario de sonidos guturales de toda clase.


Ella quería complacerlo pero creía no lograrlo. Él le agarraba la cabeza con una intensidad excesiva. Yo intentaba leer.

Ahí estábamos los tres: Los actores de la película porno de clase D y el voyeurista no-intencional apreciando el espectáculo.

No podía pasar del primer renglón de la primera hoja del primer resumen, cuando luego del intenso chape ensordecedor, ambos cesaron su truque de fluidos.

He aquí el comentario del caballero hacia su princesa:

- ¿Te lavaste los dientes hoy, amor?

He aquí la respuesta de la dama hacia su prometido:

- Sí, ¿por? Debe ser la hamburguesa que comí con las chicas. Me cayó medio mal.

¿¿¿Qué??? ¿¡Escuché bien?! ¿Acaso él le preguntó si se lavó los dientes?, ¿Acaso ella le respondió que debía ser la hamburguesa que comió? La película condicionada se transformó en un documental del aparato digestivo en Discovery Channel.

Me quedé estupefacto. ¿Cuándo fue que habrán perdido la magia de la pareja? ¿Ese comentario no es propio de un matrimonio que cumple las bodas de oro, cansado ya de compartir la tediosa rutina?

Luego de la aclaración de la jóven, volvieron a unir sus bocas, pero esta vez con el doble de intensidad, como si la hamburguesa hubiese sido el afrodisíaco que despertó el apetito sexual. Siguieron entrelazados durante otros tantos minutos, duplicando también los sonidos.

Miro mi frapuccino con el estómago revuelto. Me pongo a pensar, no precisamente en el apunte, que seguía virgen de mi lectura, sino en la pregunta que sobrepasó el límite del mal gusto (y la respuesta que lo dio como natural).

Me los imaginé cuando cumplieran 4 años de novios:

- ¿Te tiraste un petardo?
- ¡Qué olor a bosque!
- ¿Y éstos rollos?
- ¡Agachate y conocelo!

Me los imaginé en una relación más formada, ella con la joggineta a medio poner y él con un slip de cebra, sin tapujo alguno, desfilando en el baño de su casa mientras ella se termina de hacer el cavado.

“Hay cosas que es mejor no decirlas. Guardar las formas, ser sugerente, generar el deseo y las ganas de compartir con el otro tu mejor parte”, pensé mientras destapaba el resaltador azul, decidido a subrayar el primer renglón de la primera hoja del primer resumen.

Ella y él

Ella,

- Hola.
- ¡Hola Gon!
- ¿Cómo estás ma?
- Todo bien… ¿Vos?
- Cansado de estudiar.
- ¿Estudiaste mucho?
- Sí.
- ¿Mucho, mucho?
- Estudié, sí.

Silencio.

- Bueno, ya falta poco, es un último esfuerzo y empezás las vacaciones.
- Son una mierda los últimos esfuerzos.
- Pero pensá que en unas semanitas estas en la playa y…
- No me regales postales, no tengo más ganas de tocar un resumen. Encima hace un calor acá…
- Tampoco es tan grave.
- ¿Vos qué hacés?
- Ahora voy a ver una película y más tarde me junto a comer con amigas.
- Claro, ahora entiendo tu “No es tan grave”. Lo dice la sufrida.

Se ríe.

- Yo también fui a la facultad y también tuve que preparar materias.
- Pero vos eras una ñoña.
- ¿Qué es eso?
- Nada, ma.

***

Él,

Caminando por Diagonal Norte…

- ¡Qué linda noche!
- Ni me lo digas, papá.
- Está para ir a un bar, tomar algo…
- Justamente por eso te digo que no me lo digas.

Silencio.

- ¿Qué rendís?
- Teología y Teoría General de la Información.
- ¡Qué bueno!
- Una mierda, básicamente.
- ¿Pero te gusta la carrera?
- Sí, cómo no me va a gustar.
- Bueno, eso es lo importante. Mientras te guste lo que hacés no hay ningún problema. Las materias que se te vayan presentando son anecdóticas, algunas te gustarán más, otras menos.
- Si vos decís…
- ¡Claro! Una vez que le tomás el ritmo, va todo sobre ruedas.
- ¡Entonces ya sé lo que me pasa!
- ¿Qué?
- Nunca le tomé el ritmo.

Se ríe.

- Encima tengo un sueño…
- ¿Por qué no te acostás?
- ¿Estudiás vos por mí?

Silencio.

- Hace así: dormí unas horitas y te levantás despejado, tomás un poco de café…
- Sabés que no me gusta el café.
- ¿Mate?
- ¿A las 12 de la noche?
- Sí, y te ponés a estudiar hasta que no te de más la cabeza (Se ríe).
- ¿Unos 15 minutos?

***

Tanto él como ella lo ven tan sencillo que me causa admiración.
“Pensá que en unas semanitas estás en la playa…”
“Mientas te guste lo que hacés no hay ningún problema”
“Es un último esfuerzo”
“Tomá un poco de café…”

Tan simple como darle fuerzas a un moribundo desde un jacuzzi. Hacen de tu raíz cuadrada, un dos más dos. Convierten tu cabeza viciada por la tinta y el resaltador amarillo, en una tarjeta navideña.

Sonríen, ven el vaso medio lleno, te tiran un consejo irrealizable y te guiñan el ojo.

Gracias, vieja.
Gracias, viejo.

CallTV: La eterna gran estafa

No hay nada que me enerve más que los llamados “CallTV”, esos espacios televisivos que te toman por estúpido y te hacen perder plata. Con un interesante poder para atraer desvelados, te degluten el cerebro con palabras vacías y opciones de juego poco convincentes.

Serías un gran mentiroso si me negaras que alguna vez estuviste más de 20 minutos observándolo o te sedujo la posibilidad de llamar o, en el peor de los casos, fuiste víctima de él. Hay algo vicioso en toda esta basura comercial que nos llama la atención cuando tenemos insomnio y no hay película que nos venga bien.

¿Cuáles son los elementos que debe tener todo programa celularoide? A saber,

- Chica tonta con buenas gomas. Preferentemente rubia, tarada, bronceada y que aparente ser divertida. Deberá rellenar el espacio del programa con cualquier palabra tal como “llama”, “dale”, “me aburro”, “gracioso”, “platita”, “qué divertido”, “sms”, “copate”, etc. Tiene que ser lo más tonta posible (excluyente).

Ejemplo 1 (Made in Argentina):



Ejemplo 2 (Encima de tonta, analfabeta. No sabe escribir “pingüino”):



Ejemplo 3. Aclaración. No debe estar ebria porque sino suceden algunos percances…



- Decorado psicodélico computarizado. Pueden ser desde globos multicolores hasta triángulos flúo girando hasta perturbar al televidente. Cualquier objeto abstracto que haga de fondo de la simpática conductora. También puede reemplazarse por un living con colores estridentes.

- Consignas estúpidas con desafíos que puedan ser resueltos por niño de 5 años. Hacerle creer al telespectador que es el único poseedor del don sobrenatural de resolver ese interrogante. Ejemplos más frecuentes,

Completá la palabra:
* El mejor jugador del mundo: Mara_ona
* Capitales latinoamericanas: “Carac_s”, “Sant_ago” (y alguna más jodida como “B_enos A_r_s”)
* ¿Cuántos libros tiene Harry Potter?
* El hijo de tu hermano ¿Qué es tuyo?

Y otras preguntas fácilmente googleables. Claro que por más que sepas la respuesta y llames compulsivamente, la línea no saldrá al aire... Sólo vos y otros tantos miles de boludos discarán el número al unísono creyendo ser los próximos participantes.

- Cuenta regresiva para cada situación con reloj chillón que te ponga nervioso (en caso que decidas invertir tu crédito en el programa).
Para hablar con un televidente, cuenta regresiva.
Para los últimos llamados, cuenta regresiva.
Para la conexión directa, cuenta regresiva.
Para hacer tiempo con cara de poker, cuenta regresiva.
Nota: Una vez que el cronómetro llega a cero, lo que se prometió al inicio no se debe cumplir bajo ningún punto de vista.

- Llamados provenientes de productores del programa. Simulan no saber la respuesta (que es más que obvia) o dudan demasiado o cortan para estirar más el programa y seguir robando con los relojes.

- Ofrecer una suma de dinero considerable, aunque sólo se ponga en juego menos de la mitad.
“Te podés ganar: $30.000” pero por responder bien, te damos “$200”. Así cubrís la cuenta de Movistar que te llaga a fin de mes y te comprás, con lo que te sobra, un sabroso alfajor triple. Y en caso que te ganes el dinero, no te lo darán. Véase en los siguientes casos,

Ejemplo 1:



“¿Tenían que estar en orden?” ¡¡Pedazo de forra!! ¿También hay que adivinar la tipografía o el empapelado interno del sobre? Por lo menos disimulá tu cara de espanto…

Ejemplo 2:



¡Te dijo ‘3,54’, estafador de mierda! Escuchás lo que querés… Claro, entregás los 10.000 euros y se endeudan hasta con el del catering. Entonces no los ofrezcas…

En definitiva, es preferible que veas un documental del proceso de migración de las golondrinas, una película porno en i-sat o los beneficios de la Grill George Foreman en un canal de cable. Pero no te dejes influenciar por esta clase de programas, sumamente peligrosos, que destruyen tu cabeza…

…y tu bolsillo.

Tristes verdades de la Navidad

1) El 50% de la gente, no sabe por qué carajo levanta la copa y brinda. ¿Qué estoy festejando?

2) Siempre hay algún relativo insoportable que piensa sacar todas las fotos grupales que no sacó durante el año.

3) El árbol navideño en la televisión o da rating, o es cábala. Pero no puede ausentarse bajo ningún punto de vista. Tengas un informativo, un magazine, un programa de cocina o uno de almuerzos en los que interrumpas constantemente sin tener en cuenta la palabra del invitado de turno, debés poner al adorno correspondiente, sin excepción.

4) Siempre hay algún amigo unineuronal que manda un mensaje general a las 12 en punto diciendo: “Feliz navidad chicos! Gracias por todo”. No gastes más crédito, no sensibilizás a nadie.

5) “Ponete zapatos”, “Peinate un poco”, “Cambiá esa cara” son frases más que repetidas por las madres durante esa noche. “Agradecé que me puse zapatos”, “Estoy peinado, no jodas”, “¿Alguien cumple años?” son las respuestas más coherentes.

6) El pesebre tiene algo roto y nadie hace nada al respecto, ya sea la oreja de un burro, el bastón de José, un rey mago o la cabeza del recién nacido.

7) Papá Noel no existe.

8) El 80% de los sobrinitos de 8 años para abajo, visten chomba de algún color aburrido o pulóver a rombos.

9) Para las fiestas, Coca-cola lanza alguna publicidad estúpida y poco realista, repleta de clichés. El gordo navideño en el trineo, una familia tipo brindando a la luz de los fuegos artificiales, una hoguera ardiendo, un poco de nieve, renos, algodón, golosinas y otras porquerías.

10) Todavía no entiendo por qué, pero alguien se emociona (preferentemente abuela sensible).

11) Un tío se emborracha (preferentemente soltero) intentando animar la reunión.

12) Si tu árbol de navidad es verde con bolas rojas o doradas, tenés una madre concheta. Si tu árbol es azul con bolas de muchos colores y tarjetas navideñas debajo de él, sos un grasa contento. Si tu árbol tiene muchas luces y las prendés las 24 horas, sos un exhibicionista. Si no tenés árbol sos hereje, aguafiestas o simplemente pajero.

13) Las disputas familiares se hacen presentes en la mesa navideña. Alguna tía salomónica tose disimuladamente para calmar los ánimos y trae el café. Todos se hacen los boludos.

14) Los adultos compran pan dulce sin tener en cuenta que a los chicos no les gustan las frutas secas.

15) Nunca te traerán dos años consecutivos el regalo que esperás.

16) América Noticias saca informes totalmente irrelevantes, del estilo “Un día en el mercado central para comparar precios de Sidras” o “Santa Claus y los Reyes visitarán un asilo para ancianos”.

17) Se suceden una docena de accidentes de tránsito durante la nochebuena.

18) Se hace Vitel Toné indefectiblemente (si no se hace es porque murió la abuela).

19) Cuando Papá Noel no tiene creatividad, regala perfumes. Es lo más seguro.

20) El cuestionario sobre tu vida se hace presente en la mesa familiar: “¿Cómo vas con la carrera?”, “¿Te gusta?”, “¿Estás cómodo?”, “¿De qué pesás trabajar?”, “¿Planes para el futuro?”, “¿Extrañás a tus viejos?”, “¿Hijos?”, “¿Alcohol?”… Las respuestas son monosilábicas o con un par más, pero nada muy elaborado: “Bien”, “Sí”, “Sí”, “No sé todavía”, “No tengo”, “No”, “No”, “Paso” (Respectivamente).

21) Los viejos hablan de política. Las nueras de sexo. Los adolescentes de fiestas. Los niños escuchan todas las conversaciones espantados.

22)
- ¿Sale Karaoke?
- Eh… no. (Estas borracha)

23) Algunos hacen la cuenta regresiva para llegar a las 12. Eso es año nuevo, tratá de quedarte sentadito y no hagas boludeces que no te sigo el ritmo ¿Dale?

24) Si sos padre te querés matar cuando tu hijo de 6 años dice: “¡Mirá el regalo de mierda que me trajo Papá Noel!” teniendo a tu hermano al lado, que con tanta dedicación te preguntó que le podía gustar a tu hijo.

25) Si no se rompe una copa-vaso-plato-botella-fuente, se viene el fin del mundo.

26) Los jóvenes hacen confesiones estúpidas (por las que luego se arrepienten) pensando que es un momento adecuado para unirse a los mayores. “A veces hago fiestas en casa ja-ja”, “Fumo porro ja-ja”, “No aprobé ningún final ja-ja”. ¡Callate la boca estúpido!

27) En caso de que haya presupuesto para disfrazase de Papá Noel, la visita sería más amena sin los comentarios de las mujeres de 30 para arriba con voz de maestra jardinera, intentando animarle el momento a los más pequeños.

28) Siempre el champagne lo descorcha el primito cheronca que se las cree todas.

29) Hay exceso de prolijidad. Demasiado olor a perfume, shampoo y jabón. Podés ser el mugriento más dejado, pero para navidad te hacés la tira de cola y te cortás las uñas.

30) No te importa absolutamente nada. Salís, dormís hasta las 6 de la tarde y empezás a disfrutar las vacaciones.

¡Ahí está!… brindá por eso entonces.

Malvenido, calor

Tengo un par de ganglios inflamados en plena primavera producto del aire acondicionado. Ojalá fuera sólo eso. Es un cúmulo de situaciones irritantes que me hacen detestar de modo inevitable a esta sobrevaluada estación del año. Hoy la temperatura pasó los 31 grados y colapsó mi paciencia.

Necesito manifestar públicamente lo que me fastidia del calor en este infierno urbano. A saber,

1) Las mezclas aromáticas. No sé que se me hace menos tedioso, si el olor a chivo propiamente dicho o la mezcla de éste con un desodorante barato. El colectivo se llena cuando el asfalto quema, como si quisiéramos agruparnos intencionalmente y sentir nuestros hedores en una experiencia cuasi morbosa. Agua y jabón, por favor. No es un desafío irrealizable, es un poco de sentido común por el bien común.

2) Los mosquitos. Mi repelente extra duración semivacío dice “para largos períodos al aire libre”. Lamentablemente, lo descargo sobre mi cuerpo en las interminables noches de estudio en mi departamento en plena capital, nada de exterior. Encima de que me sacrifico, tengo un par de alimañas que intentan sacarme la sangre al mismo tiempo. Los detesto más aún cuando duermo y debo interrumpir mi tiempo de sueño para salir a cazarlos con los ojos entrecerrados.

3) La portera. Sí, tiene un humor especial esta época del año. Está especialmente pelotuda. Habla de más saturando mis oídos. Me hace preguntas inútiles y me tiene colgado media hora escuchando sus apasionantes historias sobre la reunión de consorcio o su balde colorado.

4) Las imágenes de ciudades costeras. No soporto ver cada mañana las postales que me regala “Arriba Argentinos” cuando me informa sobre el clima. No las quiero. No las necesito. Me deprimen. ¿Pueden dejar de mostrarme a un lobo marino remojando su cabeza en las costas marplatenses? ¿Me hacen el favor de sacarme los informes del estilo “La playa ya se siente”, “Refrescarse en Punta del Este” o “El paraíso costero”? Me dañan psicológicamente, me hacen mal.

5) Los finales. Prefiero estudiar diez tomos de historia universal tiritando del frío que leer un folleto ilustrativo con 40 grados de calor. Se me duerme la cabeza. Se me van las ideas. Las visitas a Facebook aumentan un 50%, además de la incorporación de Twitter al mundo global, para favorecer aún más a la dispersión involuntaria.

6) La irritabilidad generalizada. “No me toques”, “Salí de acá”, “Estoy de mal humor” son frases muy escuchadas por estos días. El mal carácter colectivo del que nadie se hace cargo es leitmotiv de la estación. Nadie soporta la palabra inoportuna, el comentario aburrido o la sonrisa falsa. Es una época de quiebres, todos se liberan y te mandan al carajo con una soberbia inusitada.

7) Los boliches. Ese espacio cerrado en el que cientos de personas respiran y sudan al unísono conjugando vapores. ¿Algún día van a invertir en aires acondicionados o en ventilación? Claro que la barra está siempre impecable, no vaya a ser cosa de que pierdan algunos clientes…

Podría estar todo el día enumerando… El calor no es bienvenido cuando no nos sorprende reposando en la arena y sintiendo la brisa de mar. El calor no es bienvenido cuando te encontrás rodeado de edificios y de obras en construcción. No es bienvenido cuando tenés una pila de resúmenes de Grosz vírgenes.

Definitivamente mi temperatura cerebral colapsó. Estoy irritado e irritable. No digan que no lo advertí.

Los "negadores productivos"

Mientras leo apresuradamente los titulares del diario de sábado, tal vez por gusto o quizá para justificar la inútil suscripción, algo interrumpe mi ojeada. Un movimiento de placas tectónicas hace reparar mi atención en el acontecimiento que sucede puertas afuera. Asomo mi ojerosa cara al balcón y ahí los veo: 15 mil personas verde flúo trotando a ritmo constante sobre la Avenida Belgrano.


En una especie de desfile soviético en la Plaza Roja, gente de todas las edades uniformada con la marca que auspicia la maratón, sudando al unísono sobre el asfalto caliente. Trotando hacia un mismo destino, esperanzados, ansiosos, insaciables…

Me siento un inútil. Exactamente eso. Un inútil.

Apago el cigarrillo en sobre los ladrillos, evitando que las cenizas caigan sobre los entusiastas corredores. Ahogo mi garganta con una Coca-cola semi caliente y observo la tropa saludable con destino incierto. ¿De dónde sacan las ganas para afrontar el final de año con tanta entereza?

Medito un largo rato. Llego a una conclusión que me auto convenza: son 15 mil mentirosos. O negadores productivos.

Sí. Eso son. Ni saludables ni entusiastas, negadores productivos.

Están a mitad del penúltimo mes del año y sus fuerzas decaen, están destrozados por dentro, quieren cortar el pan dulce y brindar con una sidra barata, quieren que el gordo barbudo les traiga una buena cantidad de regalos y respirar el aire de mar cubiertos de protector solar en alguna ciudad costera. Pero lo niegan, lo ocultan, lo esconden. Y ahí van, corriendo como gacelas de medio pelo, convencidos de que tienen vigor y potencia sin la necesidad de tomar bebidas energizantes. Son negadores. Negadores productivos.

Los aplaudo de pie desde mi sexto piso mientras fondeo la botella de 2 litros de líquido para frenos gasificado. Son los maestros de la ocultación más fértil de todas, la que produce frutos. Esa envidiable negación de la pereza y demostración provechosa.

Yo no llego a fin de mes. Mi condición de negador inútil es más que evidente. Me faltan ganas y fuerzas que oculto con la improductividad. La última parte del año me amordaza y tortura con todo tipo de armas.

Un cordial saludo a los negadores productivos. Mis felicitaciones. Eligieron la forma más inteligente de engañarse.

El más burro de los fingidores.

Urgencia horaria

9 de Julio y Belgrano. Una ambulancia con la sirena prendida y un grupo de autos delante de ella que no se apartan para dejarle el paso.

¡Claro! No tienen tiempo. ¿Acaso es estúpido el que maneja el vehículo de hospital?, ¿No entiende que están todos apurados por llegar a sus destinos?... Qué puede ser tan urgente, ¿un infarto?, ¿un herido de bala?, ¿una embarazada a punto de dar a luz? ...

¡Qué ambulancista tan molesto! Qué se corran los demás. O que espere. ¡Inconsciente!

El nido vacío

Casi súbitamente, aparece esa blanda necesidad de volver a quejarse. Cuando el parquet deja de tener marcas de zapatillas y la alfombra ya no huele a alcohol. Cuando la música estridente pasa a ser un incómodo silencio. Cuando el jardín se encuentra con el césped reluciente, las macetas en su justo lugar y ya no quedan restos de un par de puchos de verano.

Tener esa necesidad de volver al reto fácil, la recomendación constante y el consejo diario. Pero ya es tarde. Ya no están. Su infancia pasó más rápido que la primavera y no hubo tiempo alguno para seguirlos disfrutando o padeciendo. Ahora se disfrazan de independencia y juegan a ser astronautas en ciudades ajenas. Ya no están. Los cuartos vacíos, la casa tranquila. La quietud. Soberbia. Molesta.

¡Llénenme el living de adolescentes indisciplinados!, ¡Levanten esa música estruendosa!... Quiero subidas de escalera abruptas, asaltos de bolsillo suavizados, llamadas molestas a toda hora con propósitos estúpidos… Quiero que corran, que rían, que canten…

¡Quiero volver a quejarme! Quiero retarlos y que se burlen, que no les importe. Que lleguen a las siete de la mañana, que me abracen cuando salgan, que se rían de los años que se me vinieron encima. Quiero que me digan “no entendés nada” y “no tenés razón” mil veces más y que todavía no se den cuenta lo valiosas que eran nuestras recomendaciones.

Pero ya es tarde. Ya no están. Tendré que conformarme con una visita esporádica o una llamada larga distancia de apenas cinco minutos al día porque ahora los ocupados resultan ser ellos. Están grandes. Son independientes. La quietud. Soberbia. Molesta.

Es casi un capricho adolescente… Quiero volver a quejarme. Una y mil veces más. Pero ya es tarde. Ya no están…

Breve cita con el psiquiatra

Como si todo esto no fuera suficiente…

Primera breve cita con el psicólogo
Segunda breve cita con el psicólogo
Tercera breve cita con el psicólogo
Cuarta breve cita con el psicólogo

Quinta breve cita con el psicólogo
Sexta breve cita con el psicólogo

…Decidí acudir a un neuropsiquiatra. Los ataques de pánico eran cada vez más frecuentes y una suerte de agorafobia se volvía inmanejable en determinadas situaciones.

Luego de estudiarme con una mirada rápida comenzó a interrogarme:

Ps: ¿Preocupación desmedida por ciertos problemas?
Gonzalo: Sí.

Ps: ¿Insomnio?
Gonzalo: Siempre.

Ps: ¿Dolores musculares y de cabeza?
Gonzalo: Constantes.

Ps: ¿Euforia? ¿Alarmarte tanto por algo hasta el punto de llegar a ver brilloso?
Gonzalo: No… tanto todavía no.

Ps: ¿Irritabilidad fácil/susceptibilidad?
Gonzalo: Cada vez más.

Ps: Si tuvieras que evaluar los últimos dos meses… ¿Pasaste más tiempo feliz o angustiado?
Gonzalo: No sé… Calculo que angustiado, de pesimista lo digo.

Ps: ¿Por qué sos pesimista?
Gonzalo: Es una forma de ver la vida…

Ps: ¿Depresivo?
Gonzalo: No.

Ps: ¿Pero reconoces altibajos?
Gonzalo: Obvio. ¿Quién no?

Ps: ¿Confiás en los demás?
Gonzalo: Cada vez menos.

Ps: ¿Problemas para socializar?
Gonzalo: No.

Ps: Contame estos ataques que te agarran últimamente.
Gonzalo: Es una especie de paranoia…

Ps: ¿Por qué le llamás paranoia?
Gonzalo: Porque no encuentro otra palabra que lo defina.

Ps: ¿Y en qué consiste…?
Gonzalo: Es una especie de intranquilidad emocional en los lugares en los que hay mucha gente… Estar alerta todo el tiempo, reconocer agresiones donde no las hay.

Ps: ¿Alucinaciones?
Gonzalo: No... Pero me doy cuenta que mis sensaciones son ficticias.

Ps: Pero no las controlas…
Gonzalo: Exacto.

Y así siguió la charla entre el profesional y el paciente, uno expresándose y el otro tomando nota mental de todo lo que se decía.

Ps: ¿Obsesivo?
Gonzalo: De chico, ya no.

Ps: ¿Qué tan obsesivo?
Gonzalo: Al punto de medir con regla la posición de la alfombra, ordenar milimétricamente los objetos y entornar la puerta con distintos grados de acuerdo a lo que se estuviese haciendo.

Ps: ¿Qué más?

Gonzalo: Rituales autocreados sin ningún fin. Antes de acostarme, cepillarme veinte veces la parte frontal de la mandíbula, diez veces cada costado, primero arriba y después abajo. Tres enjuagues. Subir la escalera apoyando los dos pies por escalón. Ese tipo de cosas…

Ps: Claramente tenías un T.O.C. (Trastorno Obsesivo Compulsivo)
Gonzalo: Con el tiempo se me fue yendo.

Ps: Y lo anímico influyó en ese cambio…

Luego de un análisis riguroso de mi conducta, el neurólogo reconoció el problema. Sacó uno de los tantos libros desgastados por el tiempo, lo abrió en la página correcta y dijo:

Ps: No tengo ninguna duda. Tenés el Trastorno de Ansiedad Generalizado afectado por componentes anímicos.
Gonzalo: ¿Ah sí?

Ps: Sí. Lo tuyo es un caso de libro, permitime que te lea (…) de los seis síntomas que una persona puede llegar a tener frente a este desorden, vos tenés los seis.
Gonzalo: Me quedo más tranquilo...

Y ahora vienen las pastillas de colores extraños, la abstinencia de alcohol por un año y las visitas más frecuentes a psicólogos que utilicen el método cognitivo-conductual.

Rayado como una zebra, un tigre o una remera flogguer.
O algo así.
O no.
No sé.

Sube y baja

Con un zumbido extraño para los que desconocemos los mecanismos de las tracciones eléctricas, se abren cada mañana las dos puertas metálicas de la caja que te ahorra, en mi caso, tres pares de pisos por escalera. Subestima a las alturas y desafía los cánones de gravedad, avanzando despótico por cada piso. Allí pasa el bendito ascensor.


¿Quién no ha aplicado una gran movilidad facial frente su espejo haciendo las más estúpidas muecas?, ¿Quién no se ha vestido en él a falta de tiempo?, ¿Quién no ha cerrado la puerta rápido para que no subiera otra persona?... y la clásica: ¿Quién no ha llamado a dos ascensores al mismo tiempo para subir en el que más rápido llegue y quejarse cuando encuentra a alguien haciéndo lo mismo?

Una de las peores desventajas del ascensor: la compañía. Es un lugar cuasi sagrado, con una armonía y paz únicas, por lo tanto no se comparte. El espacio es pequeño, el silencio es evidente y el viaje con otra persona, a mi criterio, entra en el top5 de situaciones más incómodas. ¿Qué actitud tomás?

- Primero bajás el iPod porque está sonando un tema demasiado cachengue y te empieza a delatar (aunque la otra persona tenga 95 años y no entienda nada de música, lo hacés… es una cuestión de dignidad).
- ¿Saludas? Sí, pero con tono lúgubre y speech escueto. Y nada de preguntar sobre el clima o los cortes en la ciudad, porque diez minutos después, terminás hablando del alimento balanceado de su mascota sosteniendo la puerta del aparato para no cortar la charla.
- Después del saludo viene la parte crítica. Tu acompañante de viaje y vos se turnan realizando actitudes ridículas para superar la incomodidad: la tos fingida, el movimiento de llaves sin propósito alguno, la bandeja de entrada del celular o esa aparente búsqueda en la mochila de ‘algo’ sumamente ‘importante’.
- Ninguno de las partes soporta el silencio y mucho menos que el otro lo observe. “¿Qué mirás pelotudo?” pensás, mientras hurgas entre los papeles con cara de naipe.

Ni hablar los que tienen más de 10 pisos de viaje. En ese caso, el acompañante pasa a ser una especie de enemigo de ruta y las asperezas se intensifican el doble.

Seis compañías molestas en un ascensor:

1) Señora concheta estilo country con perro miniatura que ladra.
2) Hombre trajeado que habla por celular a los gritos.
3) Niño malcriado que llora, patalea y pide boludeces.
4) Conjunto de niños malcriados que lloran, patalean y piden boludeces.
5) Madre con cochecito para niño malcriado (el desarme le lleva 8 minutos aprox.).
6) Veinteañero despeinado con olor a faso a las 9 de la mañana.

Pero bien que cuando se corta la luz lo extrañás. Esos novecientos ochenta escalones a tu departamento no son nada agradables y mucho menos después de almorzar. Todo ascensor tiene su magia, ya sea de tipo “heladera gris”, con rejas movibles, eléctrico o a pedal, el viaje en él es toda una aventura… envidiable para aquellos que sólo conocen la Planta Baja.

Esa maldita noticia

En el hipotético caso de que te levantes de buen humor y con ganas de vivir la vida, es imposible que no salgas de tu casa sin un agrio sabor que alimente tu “yo” pesimista y te prepare de la peor manera para enfrentar el día (en el caso que decidas tener contacto con lo que está sucediendo. No corre para los bien denominados “Tupper” o “Raviol”). Lo que nos turba ese placentero momento matinal son las noticias y su modo de ser presentadas.

Una noticia buena no es noticia, con la excepción de que sea un hecho muy atípico tal como “Señora de 200 kilos salva bebé en coma de edificio en llamas” o “Le pegaron 10 balazos pero salió ileso”. Hoy los sucesos tienen que ser desesperanzadores o macabros para entrar en la agenda de un medio periodístico. Y no me refiero sólo a los sensacionalistas.

La noticia buena no garpa. Nadie sería capaz de comprar un periódico cuyos titulares sean proyectos bien resueltos, trabajadores satisfechos o políticos destacándose en su actividad. Nadie sería capaz de comprarlo porque ya nos fue instalada esa extraña sed de bebidas amargas. Necesitamos palabras tales como:

- ‘tiro’
- ‘muerte’
- ‘conflicto’
- ‘obstaculizado’
- ‘cortada’
- ‘asesino’
- ‘asesino cereal’
- ‘asesino barrial’
- ‘enfrentamiento’
- ‘clima horrible’
- ‘estrés’
- ‘pánico’
- ‘masacre’

Y así salimos a la calle…

Luego de ver a Bonelli, a las 8 de la mañana, hablando con la madre de una víctima de violación, o de escuchar en Telenueve que “está para quedarse durmiendo porque la térmica es de 2 grados”. Después de leer en La Nación que hay paros por toda la ciudad, en Perfil que aumentan los impuestos, en Página 12 que no hay acuerdo entre quienes nos dirigen y, como si esto fuera poco, un salpicadito de los morbosos de Crónica. Seguidamente de esta dosis de actualidad para el suicidio, abrís la puerta de tu casa y te enfrentás al mundo…

Mundo destrozado sin duda alguna, en gran parte por la mala fama y otro tanto por la siniestra campaña de prensa que lo ‘publicita’ tan deprimido y baqueteado. Subastado en algún periódico o canal de televisión mientras todos lo miran pero nadie, por el momento, se anima a comprarlo.

Perdiendo la cabeza

Tengo miedo de perder la cabeza. De tragarme las noticias, de infectarme de ruido, de no manejar los impulsos.

Que la ira me domine o me someta la rutina. Que me ate de manos la soberbia, me amordace la arrogancia y me acuchille la esperanza un par de pesimistas.

Tengo miedo de perder la cabeza. Que la locura me guiñe el ojo. Hartarme de mi propia presencia y caer en redundancias, porque si esa presencia es propia esa presencia es mía.

Y pedir que se apaguen las luces o que se corte la música. Cansarme del baile y del vino, porque la fiesta dura sólo unos segundos. O no dura. O no es fiesta y no hay vino y tan solo estoy perdiendo la cabeza.

Tengo desconfianza de tu sonrisa perversa y cautela con tus sugerencias. Ya no todo me cae bien. Más bien me cae todo mal. Porque me quejo de los pesimistas que me acuchillan la esperanza pero cuando Arrogancia me amordaza, ya no existe salida positiva.

Creer en la política, confiar en la justicia, reírme de un buen chiste y levantarme de buen humor son imposibilidades matemáticas. Más de lo mismo. Similar al pasado. Igual que el resto.

Tengo miedo de perder la cabeza. O los pulmones. O las lágrimas. O la confianza. O la paz y la armonía. O las frases hechas, la verdadera risa y un par de amigos. Perder todo sin perder nada.

Miedo de perder lo cotidiano. Perder lo propio y lo ajeno. Perder el subte y el colectivo. Las tostadas, los regalos y la playa. Perder los brazos, las ganas y los papeles. El balcón, el asfalto, las mañanas y el semáforo. Perder la reunión. Perder las canciones. Perder todo y no perder nada. Ausencia de sal y de pimienta.

Hay que empezar el disfrute. Estar preparado para la deglución de noticias, la infección sonora y la manifestación de impulsos. Y cuando Soberbia intente atarme o Arrogancia amordazarme, ahogarlas en el mar de los pesimistas que acuchillan la esperanza. Y si no hay chiste bueno, reírse del malo. Si la política es poco creíble, la justicia poco confiable y el mal humor domina las mañanas, intentar cambiarlos, repudiarlos y olvidarlos. Correr al subte y al colectivo. Comprar un kilo de sal y aplicar pimienta a gusto. Confiar en la sonrisa perversa y emularla irónicamente.

Y si la música se corta o se apagan las luces, cantar bien alto para no perder las canciones. Y seguir bailando y bebiendo vino, porque la fiesta dura sólo unos segundos. O no dura. O no es fiesta y no hay vino y tan solo estoy perdiendo la cabeza.

Dime cómo te levantas y te diré qué problemas tienes


El despertador suena repentinamente con un enlatado de Sergio Denis o un triste preludio monofónico (Tipo “La cucaracha” o “Jingle Bells”, eso es por no cambiar el Nokia 1100), un nuevo día comienza. Y hay que comenzar a hacer todas esas cosas horribles que haces cuando se emprende una jornada. Pero no todos son iguales a la hora de levantarse, veamos una humilde clasificación de quien les habla (Sí, no paro de enumerar, viñetear y catalogar… lo considero un poco menos pesado).

El demorador: Pone 18 alarmas que se suceden durante sólo 2 horas. Escuchar cada una le produce un peculiar morbo que alimenta apagándolas y enterrando enérgicamente la cabeza en la almohada. Suele despertarse en la alarma nro. 17 o en el peor de los casos, quedarse dormido… Sí, con 18 avisos.

El hijo: Tiene la facilidad de ser despertado por sus padres una y otra vez, a quienes agravia con un humor repulsivo. Generalmente son los que solían hacer la tarea con mamá y papá, y todavía les cuesta limpiarse el culo ¡Supérenlo! Algún día van a tener que despertarse, con o sin ellos.

La obsesiva (Indefectiblemente son mujeres): Se despiertan de un salto. Se bañan. Se peinan. Se liman las uñas. Se pasan el hilo dental. Se visten con la ropa preseleccionada el día anterior. Toman un desayuno americano. Leen 8 diarios. Consultan el clima y el horóscopo. Se comen una pastilla de menta o un chicle (es ley que tengan). Llegan a destino 15 minutos antes. Son inimitables, por más que lo intentes.

El mentiroso: Decide, en el momento, continuar durmiendo. Toma una determinación rápida que lo salva de la rutina. Generalmente es despertado por un tercero que lo cuestiona, a lo que responde con frases poco creíbles: “No, hoy no es necesario ir”, “Hay una materia opcional”, “Hoy van a dar una charla a la que se puede faltar”, etc.

El arrepentido: En su cabeza se repiten frases de modo intermitente: “No debería haberme quedado viendo al pelotudo de Ricardo Fort hasta las 12 de la noche”, “Tendría que haberme acostado a las 10”, “Por qué no me bañé ayer”, “Necesito una silla de ruedas que me lleve hasta el baño”.

El lirón: Se despierta a las 11 de la mañana y piensa: “¡No!... ¡Cómo me voy a haber quedado dormido!, ¡Qué pelotudo!”. Luego de hacer ese mea culpa barato, sigue reposado sereno y plácido sobre el colchón hasta la 1 de la tarde. Si la hacemos, la hacemos completa.

El zombi: Producto de la física; actúa por inercia. Su cuerpo responde sólo a estímulos externos contraídos por el hábito rutinario. Mira ‘Arriba Argentinos’ durante 1 hora sin entender media palabra de lo que Bonelli dice. Se olvida la mitad de las cosas y llega media hora tarde de lo previsto.

El que se levanta de buen humor: Un error biológico.

El que se levanta a las 4 de la mañana para estudiar: Un ultimomentista.

El que se toma un té de tilo: Un inconciente.

El que se despierta con música Reggae: Un fumón.

El que no se baña a la mañana: Un cara de fumón.

El que se despierta a las 4 de la tarde: Un auténtico fumón.

El que pasa de largo: Se va en la segunda hora, es ley.

El que se acuesta a hora y se levanta a tiempo: Una especie en extinción.

El debate que nunca fue

Esta es simplemente mi opinión. No la vendo, no la compres.

Y una vez más la señorita Controversia se sienta a la mesa familiar, dispuesta a escuchar voces encontradas que son capaces de defender posturas y permanecer respetuosas frente a las demás. Y una vez más no logra su fin, claro está.

No estamos preparados como sociedad para debatir temas polémicos. No somos capaces de llevar a cabo discusiones civilizadas con argumentos sólidos que defiendan posiciones. Nos falta madurar un par de bicentenarios más para encontrar salidas comunes que sin perjudicarnos, nos beneficien a todos. No, no y no. No sabemos, no podemos y no intentamos.

Tampoco es una postura pesimista, sino bastante realista. La ley del matrimonio homosexual se debate en el senado argentino y la gente no supo aprovechar la oportunidad para instalar discusiones serias y profundas.

Me cansé de escuchar a líderes de opinión hablando con absoluta liviandad acerca del tema, emitiendo juicios apresurados y comentarios un tanto alarmantes. Los programas políticos usando la ley como excusa para enfrentar a dos bloques en sillones opuestos y sumar un punto más de rating. Una iglesia apocalíptica olvidándose de la tolerancia difundida domingo tras domingo en la teoría y un gobierno no muy bien intencionado acomodando el proyecto a sus intereses. Todos opinan cuales expertos sin haber siquiera leído una porción del postulado. Y da miedo cuando lo hacen mediante dualidades un tanto escalofriantes tales como “normal-anormal”, “sano-enfermo”, “Dios-demonio”…

Uno puede estar a favor o en contra, es totalmente discutible y aceptable. Lo que no lo es, bajo ningún punto de vista, son los discursos terminantes con olor a medioevo y los monólogos interminables enarbolando banderas de discriminación.

Gente que lucha por sus derechos, como lo hicieron los negros y las mujeres hace unos años atrás; tan simple como eso. No gastes más tus fuerzas en arruinar la vida de aquellos que intentan mejorarla, vomitando frases homofóbicas y vocablos hirientes.

Vivimos en una sociedad democrática, o al menos eso decimos cuando nos llenamos la boca hablando de igualdad. Esto no es un referéndum, no se somete a votación popular. Es una ley que se aprueba o no se aprueba, nos guste o no nos guste.

Lo único que más me duele de todo el asunto, es no haber sabido aprovechar la riqueza que tiene instalar un tema tan caliente en una comunidad. Me gustaría que algún día podamos escuchar y escucharnos, disentir con respeto a través de medios de comunicación objetivos que den las herramientas para el debate y no sólo impriman una línea editorial.

Necesitamos menos animosidad. Esto no es una guerra. Es un constante avanzar. Es un “caminar hacia”. Es un país que busca métodos para crecer y mejorar el bien común. Repito: esto no es una guerra.

Una y mil veces más, esto no es una guerra. Ojalá algún día lo entendamos…

El abc del estudiante

a) El reloj marca las 12 de la noche.
b) Me siento un poco cansado.
c) Mañana tengo un final.

Y entonces comienza el rejunte de drogas sin receta terminadas en “ína”, una luz tétrica iluminando el escritorio, una joggineta bien cómoda, y un par de apuntes graffiteados cubiertos con resaltadotes obsoletos (Se empieza con el ‘amarillo flúo’ y se termina con el ‘verde cotorra baleada’).

Y te proponés ponerte las pilas. Estudias media hora a todo motor. Te distraés. Te colgás mirando una uña carcomida. Te encontrás leyendo mensajes de hace tres semanas en tu celular. Te dibujas boludeces en los dedos. Te tomás el trabajo de limpiarte las boludeces que te dibujaste. Y te proponés ponerte las pilas, nuevamente…

Una especie de círculo vicioso aniquilador.

A las dos horas de estudio. Decís: “Ahora entiendo todo esto… ¡Claro! Nunca le presté atención, no era tan difícil…”. Y se da el mágico encuentro presentado por un alma en pena:

Vos – Materia
Materia – Vos

“¡Un gusto, boluda!, ¿Todo bien?”

La noche te regala ése silencio envidiable; nadie trabaja, nadie camina, nadie conversa… Estás vos y ése block de hojas vírgenes de lectura. Y ahí vienen los arrepentimientos sobre la pereza y la desgana que sólo sirven para hacerte dar cuenta en la triste situación en la que estás inmerso.

Y los segundos avanzan y seguís en la página cinco, estas medio empastillado y empezás a fabular con la siesta eterna luego del examen o en la salida nocturna más emocionante de toda tu vida. Las ojeras te delatan y las persianas hacen fuerza hacia abajo mientras imaginas finales fatales respecto a la asignatura.

A pesar de todo eso, yo soy de los que disfrutan de esas últimas noches de estudio. Entre módulo y módulo me abstraigo con un tema de Jack Johnson y me fumo un pucho eterno. A las 3 de la mañana decido meterme en la ducha y una hora después me encuentro untando el Casancrem sobre una tostada a medio quemar. Son horarios autoimpuestos. Como un día sin sol en el que la tierra se muere y te encontrás riéndote de estupideces o aprendiendo más que de costumbre.

Sin duda hay algo de asombroso en esas desveladas intencionales. Y más aún si tienen éxito al día siguiente…

La misma sangre

18 de septiembre de 2008

Mi vieja: “No sé si Gonzalo debería ir a un departamento con su hermana… Tal vez le convendría ir a una residencia el primer año para acostumbrarlo y que se serene un poco. Ya veo que se están peleando por las cosas de la casa todos los días.”

25 de junio de 2010

Mamá tenía razón. Un poco al menos. Vivir lejos de la familia aparenta ser lo más libre y divertido que te puede pasar a esta edad…

Lo es.

Pero no sería una felicidad completa si no tuviera esas contras tan odiosas. Y sin pecar de humilde son en gran medida cometidas por mí. “Son un 50/50 cuando se trata de dos” me comentaba mi viejo en una charla telefónica. También tenía razón. Es difícil convivir con un hermano. Pero les aseguro que es mucho peor con una hermana. Somos como un triste matrimonio en vías de divorcio.

Reconozco poner el volumen de la música demasiado alto cuando ella quiere estudiar. Reconozco no sacar nunca la basura ni llamar a un técnico cuando se rompe algo. Reconozco dejar todos los envoltorios de productos alimenticios desparramados por el departamento (véase jugos, galletitas, aderezos, etc.), y que nunca encuentro el momento oportuno para llevarlos al cesto. También me hago cargo de todo lo que se rompió desde que nos instalamos: platos, vasos, ventanas y hasta el inodoro (Sí, en una olímpica caída al salir de la ducha). Reconozco alterarme en las discusiones, pegar portazos, olvidarme de pasar los llamados y cortarle la cadena de frío al Casancrem dejándolo fuera de la heladera.

Pero no puedo entender bajo ningún punto de vista que mi hermana no sepa cocinar NADA. Y cuando digo ‘nada’ no estoy siendo metafórico, ni tomando entre pinzas una frase hecha… Nada de nada. Tuvo apenas dos intentos desde que convivimos, en deleitarme con alguno de sus tan elaborados platos:

1) Arroz de caja. Resultado: Aguado y pasado.
2) Milanesas. Resultado: Carbonizadas.

No quiero desmerecerla tampoco: de vez en cuando, saca las hamburguesas de su caja y las coloca en la sartén o tira los fideos en la olla… parece una boludez pero es muy loable.

A estas alturas ustedes deben estar pensando: “Si no cocina, lava”.

¡Que ilusos! Le pone un énfasis desmedido a enfrentarme porque nunca toco un plato. Hay que aclarar que a fin de cuentas termina cumpliendo esta función por descarte, pero no sin haber echo todo lo posible para que sea yo quien la remplace. Paso a describir sus pasos en la limpieza de la vajilla:

- Pone ¼ litro de detergente sobre la esponja.
- Abre la canilla.
- Se queja.
- Con cara de repugnancia, friega con miedo los platos.
- Suena el teléfono. Lo atiende. Queda la canilla abierta. Corta.
- Se vuelve a quejar.
- Termina.
- Deja las fuentes sin lavar. Es como si estuvieran fuera de su jurisdicción.

¿Sabe usar el lavarropas? Sí. Pero es de las que mezclan colores y te devuelven una remera azul marino desteñida en un celeste triste, con cuatro kilos de jabón en polvo (ahora pasamos al líquido) y hecha un pequeño bollito… porque tampoco plancha.

Digamos que es parejita en todo.

Sería muy tonto no reconocer mis errores en la cocina. He llenado el departamento de humo dejando un paty en la olla durante 6 horas a fuego alto dejándolo hecho petróleo. También he prendido fuego el repasador y volcado el tarro de azúcar. Mea culpa

En el baño el problema es suyo, definitivamente. No sólo se instala por largas temporadas a revocar su rostro con productos que deja diseminados por el lugar, sino que usa mis Match 3 Turbo como depiladoras eficaces y mi toalla como desmaquillante. No soporto que apriete la pasta dentífrica en otro lado que no sea la base y que deje enchufado del secador de pelo al filo del precipicio (siempre lo termino tirando).

Nuestras discusiones son patéticas. Entiendo que sea un desordenado crónico pero no hace falta que me lo recuerde cada diez minutos para trenzarnos en una enumeración estúpida de lo que cada uno hizo en pos del bien común:

Yo: Siempre dejás el cuarto desordenado, yo el mío lo tengo impecable.
Ella: Y yo ayer saqué la basura y lave los platos, vos no hiciste nada…
Yo: Yo aspiré la alfombra el otro día.
Ella: ¿Cuando?
Yo: No me acuerdo bien.
Ella: ¡Ah! ¿Viste, pedazo de forro?
Yo: Callate imbécil, que llenaste el baño de agua.
Ella: ¿Y vos? Rompiste el inodoro y no fuiste capaz de llamar al plomero.
Yo: Lo llamé.
Ella: ¿Cuando?
Yo: No me acuerdo bien.

Y así se suceden… día y noche. La inútil y el colgado. La quejosa y el pesado. La gritona y el infradotado.

Es un poco dura la convivencia entre hermanos. El primer mes resulta brillante y, como cualquier relación, se va desgastando con el pasar de las semanas. Al principio todo es alegría, de a poco llega el mal humor y finalmente terminamos en un rejunte de accidentes estúpidos y peleas sin sentido.

Al fin y al cabo, somos la misma sangre.

"Sangre ácida para el día a día, pero dulce y cálida cuando nos necesitamos"
(Y con esta última frase, lavo culpas cual Lord Inglés...)

Los 20 deseos para el mundial

1) Primero y principal: que lo ganemos (Por lo pronto que pasemos a cuartos).

2) Que las madres/abuelas dejen de felicitar a los jugadores y hacer esas “críticas tan técnicas y expertas” desde el sillón de su casa.

3) Que el mundial se celebre cada dos años.

4) Que Germán Paoloski se tome un tema en serio y deje de hacer chistes fáciles, baratos y un tanto ridículos de modo constante.

5) Que las “cámaras exclusivas” de telefe paren de ofrecernos imágenes TAN privilegiadas y oportunas.

6) Que acusen a las vuvuzelas de herejes y las tiren a la hoguera.

7) Que desaparezcan los “entendidos” en el tema, que son DEMASIADOS (cada vez más).

8) Que David Bisbal reconozca que cagó el tema “Waving flag” de K’naan.

9) Que paren los “concursos” del mundial en los que sólo “ganás” si podés predecir absolutamente todos los resultados de los partidos. Muy poco probable, casi imposible.

10) Que se calle Fernando Niembro.

11) Que las cuasi fanáticas de la selección se dejen de unir a grupos pelotudos en Facebook tales como “Kun bancame en línea, que ahora estoy ocupada con Pipita” o “Que a partir de hoy, el barrio Palermo se llame ‘Martín Palermo’”

12) Que dejen de pasar la publicidad en la que el imbécil de Alfredo Casero dice: “Si la notebook no te notebookea, vení a Garbarino”. Y que Verón le ponga un poco más de onda a los anuncios de yogurísimo (Por lo menos a los del mundial).

13) Que paremos de idolatrar al que mete gol por partido y de criticar a los que no anotan. Típico de los argentinos.

14) Que pasen una parte “cantable” del himno. Ese fragmento sin letra, por más que me llene de orgullo, me da a karaoke de canto bar vacío.

15) Que las amigables cadenas de electrodomésticos me dejen de ofrecer los plasmas 250 pulgadas con la única excusa de ver a Messi goleando en 3D o a un escupitajo en slow motion.

16) Que los periodistas deportivos hagan un curso rápido de inglés antes de cada mundial. Es paupérrimo escucharlos.

17) Que los negros dejen de sonreír tanto.

18) Que Maradona no se desnude si ganamos.

19) Que la mascota del mundial tenga un poco más de gracia. Por ahora tiene media sonrisa, pelo verde con raya al costado, pantalón ajustado y siempre está estático con la pelota en la mano (no es handball, leopardo de mierda). ¡Que vuelva el pollo de Francia 98!

20) Que Shakira deje de cantar el waka-waka, por favor. Ya se está volviendo subliminal.

Pronosticado muerte

¿Y si tu muerte está predestinada para mañana? Al cruzar la calle un Scania te aplana contra un semáforo sin luz, te reventás contra la planta baja mientras el ascensor se desmorona o te vacían un cargador de pistola sobre la cabeza mientras intentan robarte… O tal vez te desmayes en la ducha y la cabeza se te reviente contra la pared, te agarre un paro cardíaco en un boliche, te descuartice algún psicópata perdido o te muelas cayendo de un sexto piso. ¿Y si mañana se acaba tu corta vida?, ¿Si te quedan 10 horas y lo desconocés?... ¿Qué harías si sabés que en poco tiempo pasas a ser un puñado de huesos útiles sólo a estudiantes avanzados en medicina?

Disfrutar. Vivir a pleno.

No me resulta muy divertido escuchar a la “versión optimista” de mi yo, pero a veces, simplemente es necesario.

Hacete mentalmente esa lista boba que Freeman y Nicholson se hicieron antes de partir pero adaptada a tu entorno. No te digo que destroces las horas y te des placeres estúpidos. No pretendo que te inquietes con mis desesperanzadoras hipótesis de la muerte. Tampoco te estoy diagnosticando una enfermedad terminal, sólo te propongo ver el presente con un futuro ausente… y actuar conforme a él.

Por eso:

Abrazá a tus amigos y deciles cuanto los necesitás. Agradeceles a tus viejos el mero hecho de tener la vida y dejá de cagarlos a pedos porque deciden aconsejarte. Sonreíle a tus enemigos y aniquilalos con una alegría desmedida. Escuchá a los que tienen experiencia y aprendé a aprehender lo que te cuentan. Puteá bien alto cuando las cosas salgan mal pero suspirá porque pudieron haber salido peor. Reconocé a tu Dios, religión, ídolo, maestro o fuerza metafísica que creés que te da el don de la existencia. Leé un buen libro en la inmensidad de la noche, disfrutá de una película en compañía, escuchá la música que te deja la risa fácil y el alma dócil. Decile a esa persona cuánto la amas, sin temor a las reacciones erradas o fracasos sin intentos. Cantá por la calle y caminá descalzo en tu cuarto; organizá reuniones en tu casa, visitá a ese familiar que tenés abandonado y estudiá con gusto. Empezá a decir más “sí” que “no”… Despertate veinte veces el mismo día y dormite saciado de realización.

(“Se fue al carajo” debés estar pensando, erradamente, claro).

Dejemos de preocuparnos por lo que no llega y contentémonos con el ahora. Olvidémonos de esos problemas pelotudos y bañemos de optimismo a la semana. Levantá bien alto la copa y brindá por vos y por mí. Brindá por respirar sin pausa. Brindá para que cuando el día que choques, te despedaces, te infartes, te desangres o te quedes dormido llegue, tu paso por este mundo haya valido la pena…

Señales

Hace un par de años, cuando salía regularmente a la terraza de mi casa a fumar el pucho de turno en la quietud de la noche, tuve un contacto un tanto inesperado. Mis audífonos sedaban mis oídos con bandas serenas cuando ví una luz titilar a dos cuadras de donde me encontraba.

Al principio pensé que era una simple luz defectuosa, pero al ver que ésta se movía de lado a lado, comprendí que había una persona que la comandaba haciéndome señas. Me pregunté si algo le sucedía, ya que por la gran distancia que nos separaba, lo único que se veía era ese destello intermitente. Esperé unos 5 minutos pero el foco seguía volando, a ratos, en la terraza opuesta a la mía.

Entonces agarré mi iPod, lo iluminé y lo levanté en alto. La respuesta fue inmediata. La luz lejana comenzó a moverse con más fuerza y con un resabio de alegría. Ahí fue cuando comprendí que la otra persona (Desconozco su edad, sexo o apariencia) sólo estaba entreteniéndose con este “juego de luces” y sonreí por la situación (Un tanto patética).

Y así se sucedieron las noches. El pucho de las dos de la mañana y las luces con ese alter ego de la Avenida equis. Los fulgores variaban de modo constante: un velador, un celular, un láser… Ambos nos habíamos prestado al juego estúpido de brindarnos señales mientras compartíamos un momento de aparente soledad. Era una compañía desconocida, dos seres unidos bajo un recreo poco sano, encontrados en la inmensidad de la noche, sin propósito alguno de conocerse… porque lo que mantenía viva la relación, era el destello de cada madrugada.

No pretendimos robarle el formato a Sergio Lapegüe. De hecho, nuestro “Prende y apaga” no tenía otro público que nosotros mismos, dos locos a merced de la respuesta contraria.

Hoy me doy cuenta que eso es lo que necesito. No quiero más palabras. Prefiero el silencio y la señal oportuna que me demuestran que el otro está ahí, atento, prudente, alerta, sonriente. Necesito ese chispazo que me deje pensando, ese guiño fácilmente decodificable, esa sonrisa despierta, ese ceño ausente y una mano que palmeé la espalada.

No necesito tantas palabras. Callate un poco. Callémonos un poco. Dame señales que me dejen idiota por un rato, que me demuestren que estás ahí. Que me hagan compañía sin perturbarme.

A veces siento que no preciso nada. Solo verte y que me veas. Nada más. Soy un poco pretencioso. Pido favores un tanto estúpidos para los tiempos que corren, pero es que ya me aburren los vocablos de relleno y los discursos sin sentido. Quiero más señales. Y menos palabras.

Más señales. Y menos palabras.

Soy yeta

No es una confesión. No es un estado de ánimo. No es un accidente. Ni dos. Ni cuatro. Ni veintitrés. Son todos. Todos los accidentes. Todos los problemas. Todas las desventuras.

Es la barra de descarga que llega a 99 y se tilda. Es la última moneda que corre hacia la alcantarilla. Son las llaves puestas del lado de adentro, la paloma inoportuna, el despertador dormido o el vaso derramado. Y no es intencional. No es de pelotudo… o en gran parte sí, pero tan pelotudo no me considero.

Y mientras me levanto de ese humillante tropiezo en la vía pública, me pregunto por qué todo me resulta tan patéticamente inverso a lo que deseo. No necesito levantar la autoestima ni dejar de ser tan torpe, porque sospecho que ya no depende de mí. Entonces me miro al espejo y me digo:

Sos yeta.

¿Y qué significa “ser yeta”?... ¿Desafortunado?, ¿Problemático?, ¿Idiota?... Es una mezcla de todo, una sensación de mierda. Es como tener un psicópata atado a tu espalda con muchas ganas de complicarte la vida. Al principio resulta cómico, pero cuando se vuelve costumbre, hábito o característica imborrable, pasa a ser crítico.

¿Cómo reconocerse yeta?

Cuando las desgracias suceden en soledad. En los momentos donde no hay nadie para reírse de tu problema y el mismo se sucede con total impunidad frente a tus ojos.

Lo más extraño de todo es que soy capaz de pasar esa mala fortuna a los demás con una sutileza envidiable. No pretendo quedarme sin amigos con este último comentario, pero la realidad es que últimamente las desgracias se extienden al grupo que me rodea.

Intento y no lo consigo. Trato de llegar una hora antes a Retiro y pierdo el colectivo, logro tomarme otro y me toca un niño de 3 años un tanto maleducado y ávido de juegos nocturnos con una madre poco catedrática. Arribo a destino con retraso de 2 horas, me quedo dormido dentro de la unidad y finalmente me despierta el chofer con un carácter un tanto ácido. No encuentro al responsable que viene a buscarme, mi celular está sin batería y a mi valija se le traban las ruedas. Cuando salgo de ese caos, me doy cuenta de que mi iPod quedó en el asiento del colectivo…

Es una especie de rutina, la mala suerte está de mi lado este año. Tal vez vino para hacerme una visita inoportuna, tomar un café rápido y despedirse, o en el peor de los casos, decida instalarse en mi cuarto una larga temporada. De cualquier modo voy a seguir a los tropiezos, golpes, roturas y pérdidas. Hasta que no me mate, esa suerte hija de puta no va a lograr vencerme… del todo.

¿Hay vida después de Lost?

Te lo pregunto a vos. A vos que estuviste seis temporadas mordiéndote las uñas y haciendo de cada capítulo un evento semanal. A vos que lo empezaste tarde y te comiste 3 temporadas al hilo, con récords de 7 episodios por día. A vos que más de una vez quisiste ametrallar a J.J. Abrams y al conjunto de creadores consumidores de drogas psicotrópicas que te dejaban lucubrando finales fatales y descifrando tramas incomprensibles.

Comenzaste creyendo, inocentemente, que eran un pequeño grupo de desafortunados que se habían accidentado en una isla. Poco después apareció un humo negro que tenía vida propia, un oso polar y hasta un grupo de habitantes con casas prefabricadas, una cocina con vista al parque, heladera y jacuzzi. Poco después vinieron los saltos temporales: los flashbacks que reventaban un pasado muchas veces irrelevante y los flash-forward en los que te anticipabas a los hechos que nunca terminaban de suceder (Ni hablar de los extraños flash sideways de la última temporada). Claro que cada “flash” te daba información con un gotero de hospital, te suministraba ese suero que te saciaba momentáneamente y te inyectaba la morfina para evitar cualquier ataque de desesperación.

Te bancaste los subtítulos mal escritos, con tal de verlo el día siguiente de su estreno en Estados Unidos. Te hiciste fanático de Seriesyonkis y de Taringa, agradecido a ambos portales por facilitarte los capítulos en cualquier formato, pero rápido. Sacrificaste días de estudio, noches de previas y fines de semana de descanso para viciarte con Sheppard y su pandilla. Lloraste como un pelotudo sin consuelo cuando murió Juliet y te irritaste cuando te contaron el final antes de haberlo visto.

No dejaste de insultar a los guionistas cuando terminaban un episodio con música country, una fogata y las caras felices de los protagonistas; “No me dejaron con intrigas”, repetías… Pero cuando te cerraban el capítulo con un pequeño misterio, te quejabas de igual modo: “¿Pueden empezar a resolver algo? ¡Esta serie de mierda se basa en puro suspenso!”. Una serie que te mantuvo atado de principio a fin, que te sedujo y te abandonó; La novia de los 6 años.

Una semana se cumple mañana desde que desapareció el programa norteamericano que te limó la cabeza. Te sentís un poco incompleto y algo vacío pero reconocés el cierre de etapa, es como pasar a la pubertad. Ahora viene la nueva búsqueda. La difícil y casi imposible tarea de encontrar una serie que la sustituya. Una serie que esté a la altura de Lost.

Casi imposible. De todos modos, eviten “Ugly Betty” o “Gossip Girl”… Sólo un consejo...

Esas noches

Hay noches en las que decidís hacer todo lo que no hiciste en la semana.
Noches en las que estas completamente mareado y sin noción alguna de la realidad.
Noches en las que usas el celular como cable a tierra aunque te demande todo el crédito disponible.

Son noches en las que consumís todo tipo de drogas para estar a la altura de las circunstancias.
Noches en la que los segundos están ausentes aunque no pares de mirar las agujas de tu reloj de mano.
Noches que derivan en mañanas con fuertes dolores de cabeza y de estómago.

Hay noches en las que no podes evitar pensar en esa persona, una y otra vez.
Noches en las que necesitas remarla como los mejores para que cuando salga el sol hayas conseguido por lo menos un objetivo.
Noches que te queman tanto la cabeza, que al otro día crees no recordar nada…

…Son las famosas noches de estudio previas a un examen.

Errado pero coherente

Hoy voy a aplaudir a los que son totalmente opuestos a mi persona. Pero sólo a aquellos que son constantes en su forma de pensar, por más que sea la más cruda y patética jamás vista.

“A los negritos hay que matarlos” comentaba con una impunidad soberbia un conocido en una discusión a las tres de la mañana. “Si me quieren robar, les pego cuatro tiros y si matan a alguna familiar, voy y les mato a sus padres y a sus hijos”

¿Fuerte?

Eso fue sólo un aperitivo. El individuo prosiguió con su relato conciliador y pacifista: “Si mi abuelo estuviese en coma, lo desconectaría”, “Si me sale un hijo deforme, le quito la vida”. Debo reconocer que si bien suelo ser tolerante a la opinión ajena, fue una de las pocas veces que sentí ira en una conversación. No se si culpar a la cerveza que había tomado o a que se le estaban fermentando las pocas neuronas que le quedaban, pero al escucharlo me daban arcadas.

Decidí interrogarlo:

Gonzalo: Te hago una pregunta, ¿Estás a favor del aborto?
Sujeto X:
Gonzalo: Y me imagino que de matar a los pobres para evitar que nos roben también, ¿No?
Sujeto X:
Gonzalo: ¿Y de la pena de muerte?
Sujeto X: También
Gonzalo: Claro. Sos errado para mí, pero coherente.

Luego del debate nocturno acerca de lo ético y lo moral, me quedé reflexionando. Fallaron mis intentos de encontrar una justificación a las palabras del detestable sujeto. Pero le había podido encontrar una gran virtud: La coherencia.

Ausente en muchos de nosotros. Inalcanzable para los políticos. Ambicionada por los religiosos…

El chico era coherente. Errado pero coherente. Sus pensamientos eran congruentes en todos los ámbitos. Sus juicios encadenados por el tiempo, sonaban escalofriantes pero lógicos.

Entonces comprendí que dentro de todo, era un tipo razonable y que poseía una de las capacidades más perdidas en nuestra sociedad. Estaba apto para enfrentar todo tipo de preguntas sin perder la línea moral que lo caracterizaba, por más que esa línea sea tétrica e irritante para los que no la compartimos.

De él deberían aprender los políticos que hablan de los pobres y actúan como ricos. Los padres de familia que se van de putas. Los profesores que no enseñan con su ejemplo. Los que dicen ser honestos y se callan la verdad. Los incoherentes que hablan de responsabilidad y no saben despertarse siquiera por inercia.

Seamos coherentes, más allá de lo que pensemos. De ese modo, los debates serán más inteligentes… y menos accidentados.

El mundo de la inmediatez


Aquí nunca faltan los relojes ni los cronómetros, la expectativa no es bienvenida y la paciencia brilla por su ausencia. No está permitido pensar dos veces, razonar una respuesta, elaborar un plato o meditar luego de una siesta. Bienvenidos al mundo de la inmediatez.

Sexo en la primera cita, almuerzo en quince minutos, puteada rápida, llamada sintética. No hay tiempo para hacer nada bien. No te dan los segundos ni las horas, no te rinde acostarte tarde ni levantarte temprano. Ya no podés tomar un café sentado, fumar un pucho tirado al sol o salir a cenar con tiempo. En caso de que decidas hacerlo, vas a fallar y retrasar los intentos por falta de espacio en tu apretada agenda.

Necesito tiempo. No soy retrasado, pero a veces no les puedo seguir el ritmo. Si hablás demasiado rápido y decís un 90% de boludeces, no esperes que tenga un filtro lo suficientemente avanzado como para sacar una conclusión coherente. Si corrés como un infradotado atrás de un colectivo que sabés que va a volver a pasar dentro de cinco minutos, no me vengas a decir que te sentís “estresado” al final de tu día.

Me cansé. Me bajo del tren. Por más que lo repita me cuesta asimilarlo. Es un estilo de vida extraño para nosotros, bichos de semáforos y cuentas regresivas, encontrar el espacio para relajar el ceño, tensar el Risorio de Santorini y con buena dicción decir en voz alta:

“¡Que se vaya todo a la puta madre!”

No es una manifestación anarquista ni una frase de un grupo rebelde sacada de un programa de Cris Morena. Es hacer del enfermizo mundo de la inmediatez, un lugar con arena y palmeras. Es llamar inconscientemente a Bob Marley y pedirle que te susurre un “Don’t worry”. Es mirar el reloj y cagarte un poco de risa… porque ese segundo desaparece y, por más que lo subestimes,
ya no vuelve...
nunca más.

A o B, esa es la cuestión

Hay ocasiones en las que “el día” es el principal culpable de lo que me sucede. Otras veces, no pretendo individualizar y simplemente condeno a “la semana”. Pero cuando tenés “un mes” de mierda y ya no hay fecha que te caiga bien, el imputado deja de ser un sencillo almanaque y la resignación te invita a tomar un café.

“Se llama suerte a la creencia en una organización de los sucesos afortunados y desafortunados” dice la enciclopedia virtual. Bien; entonces soy un desafortunado. Pero me cuesta admitir los juegos de azar y el destino barato justificador de errores, entonces considero ser un pelotudo más que un desafortunado.

Si te dan a elegir entre A y B, hay sólo dos opciones y siempre hay una que es mejor que la otra. La “A” es la primera del abecedario y su figura es agradable a la vista, mientras que la “B” viene después y está un poco pasada de kilos. Generalmente hay una serie de parámetros que te indican que “A” es mejor que “B”. Ahora, vos podés elegir “A” y acertar o elegir “B”, cometer el error y padecer las consecuencias. Si elegís “B”, no intentes relacionar tu equívoco con la suerte, es decir, hacete cargo. Seguramente está el inconformista de mierda que dice “Pero podés elegir ‘A’ y que el resultado sea negativo”, a lo que respondo: “Sí, pero las probabilidades de riesgo son mucho menores”. Eso es la vida: un sistema de probabilidades.

Saber elegir y consolidar la elección, no se trata de una mera cuestión de suerte.

Mientras no esté un albañil bajando diez ladrillos en ése momento, no debería haber inconveniente al cruzar por debajo de una escalera. Tampoco debería haber problema alguno al casarse o embarcarse un martes 13, mientras tengas una pareja fiel o un capitán capacitado. Es cuestión de lógica:

Si “1 = MAL” y “2 = BIEN”
Por lógica, “1” no va a ser igual a “BIEN” (o por lo menos eso indican las probabilidades).

Tengo que dejar de culpar inocentemente al día de turno y hacerme cargo de las decisiones que tomo. El resultado no es ajeno a mi persona sino que yo soy el principal causante.

Dejemos de buscarle el misterio al día de mierda o al encadenamiento de sucesos fatales. Empecemos a buscar la causa de ellos, que indefectiblemente nos lleva a la elección y al injusto sistema de probabilidades. La verdadera causa del problema reside en el elector. La verdadera causa del problema reside en nosotros.

Luego de estas palabras:

A) Puedo haberles dado mi experiencia y ustedes extraído un mensaje.
B) Puedo haberlos mareado.

Si “A”, me alegra que me comprendan.
Si “B”, mis más sinceras disculpas.

Ese alguien

Hay ocasiones en las que te sentís desierto y un tanto estúpido. Simulas hacerle el amor a una autoestima en quiebra, y en ese falso momento, mientras le das fingidos besos, te das cuenta de que esa estima hacia tu propia persona no era tan elevada, sólida y noble como afirmabas hasta entonces. Y como estúpido que te sentís, noqueás a tu carácter en un supuesto ring mental y vaciás el cargador contra las ganas de salir adelante. Hay ocasiones en las que te fastidian hasta los rayos de sol, y aunque el cielo esté nublado, te enferman de igual manera… Y entonces no hay payaso capaz de contarte ‘ese’ puto chiste que libere una sonrisa siquiera fingida de tu boca desgastada. No hay cuchillo que apuñale el malestar y lo deje ensangrentado, flotando en el mar de la inconsciencia. No hay cigarrillo bipolar que pueda vaciar tu ansiedad y llenar tus pulmones de alquitrán al mismo tiempo. Hay ocasiones en las que no necesitas nada y lo necesitas todo. Esas extrañas ocasiones que como tétricas dicotomías te encuentran despidiéndote, te acarician con odio, te ovacionan en silencio y se ríen de un llanto incesante…

Y cuando todo parece perdido y la lucha finge ser vana, aparece esa persona que te demuestra que después de todo, los rayos de sol no son tan incómodos como parecían. Y te enseña a hacerle el amor a la autoestima y al carácter de mierda con sólo mirarte a los ojos. Hace de payaso, cuchillo y cigarrillo a la vez, mientras le saca los balazos a las ganas de salir adelante. Te deja con una sonrisa pintada en los labios y con el malestar tiñendo de rojo ese mar del que nunca volverá a salir. Esa persona no tiene un nombre en particular, a veces se llama “amigo”, o “pareja”, o “hermano”, “padre”, “abuela”, “compañero”… Son personas que del derrumbe construyen el más dulce de los hogares. Y te invitan a pasar. Y te ofrecen una taza de esperanza o una botella de optimismo. Y te embriagan de alegría mientras te hacen olvidar de todo. Hay gente mágica que con sólo ojearte, ya te está cambiando. Hay gente tan maravillosa, que cuando cierra la puerta, te deja el alma dócil y la sonrisa entera.

Gracias Sr. Google (segunda parte)

Buscador, profesor, empresa, institución… Una seductora vía que transforma nuestras simples demandas en millones de útiles resultados con una imperceptible espera de medio segundo (léase 0,23 segundos o 0,48888… segundos, según su humor).Lo que más me sorprende de

Google no es su efectividad sino las extrañas búsquedas que realizan sus usuarios. La gente dejó de buscar páginas para comenzar a buscar respuestas, y al parecer, Google las tiene.

Veamos más averiguaciones realizadas por los argentinos:

7) Los cantantes gráficos


En su mayoría reggaetoneros, intentando localizar ese tema que tanto escuchan pero que aún no pueden nombrar. Entonces aparecen las denominaciones del todo por la parte y las porciones de letra más escuchadas se hacen presentes. Aplaudo a los que buscaron, sin miedo al error, “parapa pa pa” (“Rap das armas” para los curiosos)… En su necesidad de oír el tema son capaces de reproducir rudimentariamente fonogramas peculiares. Vale aclarar que en búsquedas más especializadas figuran “nanana”, “pepepe”, “lalala” y… ¿“tiki tiki”?

8) Las paranoicas


No me dejan de sorprender las consultas que deberían realizarse con el médico correspondiente y sin embargo se elije al consultor de masas. Si bien algunas comidas pueden causar intoxicaciones en los organismos de las embarazadas, no debe haber una censura alimenticia. Ahora sí, si pensás darle sin pudor alguno al chocolate, al jamón serrano y demás embutidos, el resultado será más que evidente al fin del embarazo. Es como seguir preñada pero sin el niño…

9) La jerarquía a la hora del armado


Gracias a una seguidora, pude conocer nueveamente este extraño orden de prioridades. Volvemos al mismo razonamiento planteado en el artículo anterior. ¿Acaso armar un proyecto no es más importante que resolver un estúpido cubo mágico? ¿Un currículum vitae no debería preceder en búsquedas al ARMADO DE UN PORRO? Después nos quejamos de la desocupación...

10) Los padres y abuelos


La barra de navegación está en la parte superior de la pantalla, esto es un buscador. Muchas Gracias.

11) Diversas definiciones de Facebook


Tranquilos. Serenos. Cautos. Respiren… Comprendo a los que piensan que Facebook es un asco, una porquería o una estupidez pero ¿Un peligro?, ¿Un fraude?, ¿Una trampa?, ¿UNA CONSPIRACIÓN?... ¿No será demasiado? Creo que los más acertados son los últimos... llamémosle simplemente“red social”, al menos por ahora.
Al margen de qué es o deja de ser Facebook, les recomiendo a los definólogos un foro para debatir (recuerden que están en un buscador).

12) ¿Nosotros?


Comprendo el odio desmedido hacia Ricardo Fort, Miley Cyrus, Messi o el mismísimo Barney. Lo que no termino de entender es que en el dominio argentino de Google (que se supone es consultado por argentinos) se encuentre una referencia de antipatía, rencor o aborrecimiento HACIA NOSOTROS MISMOS. No es lógico ser de River y odiar a los de River, ¿Se entiende?

Hipótesis:
a) Son los extranjeros residentes en nuestro país.
b) Son los antipatriotas de mierda.
c) Son los argentinos. Es decir, nosotros. Es decir, unos tristes pelotudos.