El postre

Resulta tímido cuando abre la puerta pero luego de ponerse mínimamente cómodo, termina confesándote todo.

Se sienta a la mesa con el pudor de quien no merece visitarte, pero con el correr de los minutos se vuelvo osado, ordinario y un tanto desesperado…

Parece fuerte y decidido pero es el más débil e inseguro de todos.

Si no le contestás como él desea, trata de seducirte a balbuceos, de forma estúpidamente ridícula, intentando convencerte de que es la mejor opción para esa cena tardía.

Es el único que se saltea la entrada y el primer plato, y pide directamente el postre.

No tiene tacto, habla mucho y se arrepiente rápido.

Al despedirse, cierra la puerta dejando atrás su honorabilidad, decoro y amor propio.

Y ahí va, a trampolinear en la pileta más seca de todas…


El mensaje de las 4 de la mañana.

Valdrá la pena

Tirado en el sillón de mi casa, sobrepasado por la vida, con unos cuantos tintos encima y con la ropa de trabajo deshecha por la transpiración invernal, un amigo cercano me pedía consejo sobre cómo superar el mal trago que estaba atravesando.

Repasé el historial de películas románticas y libros de autoayuda y recordé una frase que aunque trillada y empalagosa, efectiva:

I’m not telling you it’s going to be easy. 
I’m telling you it’s going to be worth it.
No te estoy diciendo que va a ser fácil. Te estoy diciendo que va a valer la pena.

Y ahí estaba la respuesta a todos los males de la vida en dos simples oraciones. Pensé por qué nunca le había dado la importancia que merecía semejante postulado y acto seguido, en un intento desesperado de consuelo, lo reproduje frente a los ojos agobiados que me observaban.

Mi amigo pidió que se lo desarrollara un poco más –con justa razón- teniendo en cuenta el estado desahuciado en el que se hallaba.

“Significa que vas a llorar mucho”, me apresuré a decirle mientras le palmeaba la espalda.

“Sí… Y vas a pasar noches retorciéndote en la cama preguntándote por qué las cosas no son de otra manera. Te va a doler el pecho de querer, la cabeza de pensar y las piernas de intentar mantenerte en pie.

Vas a extrañar como nunca extrañaste a nada ni a nadie, infiriendo que quizás tomaste el camino errado. ¡Eso mismo! vas a llegar a convencerte de que el camino que tomaste es el equivocado y cuando estés a punto de patear las paredes con la furia del que no tiene más salida, vamos a aparecer los amigos, para recordarte por qué tomaste las decisiones que tomaste.

Te voy a obligar a que te hagas cargo de que lo elegiste. Me voy a pasar horas anticipándote finales apocalípticos sobre “lo que hubiese pasado si…” y te voy a insultar cada vez que trates de escaparte al recuerdo remoto.

Y solo ahí, al final del cuento, cuando tu mirada deje de ser chata y cortoplacista, vas a ver cómo se materializa todo ese esfuerzo aparentemente inútil. Vas a agradecerme a mí y a todos los que te acompañaron… pero lo más importante de todo: vas a agradecerte a vos por haber superado ese problema aparentemente irresoluble que te quitaba el sueño”

No sé si lo aconsejé como correspondía, pero se fue mínimamente esperanzado. El problema recién empezaba, ya que la parte “no te digo que va a ser fácil” comenzaba a asomar…

*  *  *

Hoy, varios meses después de aquella noche, no hace falta escucharlo para darse cuenta: tiene el “valió la pena” tatuado en la frente.

Y no sabés lo lindo que le queda...



Los últimos días del exhibicionista

Hace un tiempo, conocí a una persona que padecía la enfermedad más extraña de la que se tuvo conocimiento. Tenía una patología que consistía en poseer una imperiosa necesidad de comunicarle al mundo entero dónde se encontraba y qué era lo que hacía.

Una exigencia biológica que lo hacía tener que señalarle al resto de la sociedad, a cada momento, en qué lugar estaba…

… si en esa fiesta, si en tal bar, si en aquel restaurante. Si con “esos” amigos, si con tales parientes, si con aquella pareja…

En esas numerosas “ubicaciones” depositaba todo ese miedo de que a nadie le importe un real carajo lo que estaba haciendo.

Su vida fue transformándose, poco a poco, en un catálogo inútil de check-in’s. Vivía tan preocupado por el afuera, que se olvidaba de la importancia del adentro. Esta enfermedad lo fue vaciando de contenido, hasta desnutrirlo mentalmente y convertirlo en un bicho en apariencia social pero absolutamente solo.

Se fue quedando sin argumentos, experiencias o relaciones de peso, ya que todos sus encuentros estaban programados para la exhibición, y no importaba si los contactos que establecía hoy no eran los que había elegido ayer. Su vida cambiaba como cambian los calcetines de los oficinistas. Establecía encuentros oportunistas y ventajeros. Todo era tan finito que sólo se cuantificaba en esas publicaciones diarias de mostración universal. Todo era tan superficial que nunca pudo encontrarse en un retrato espontáneo. Todo era tan fingido que muchas veces le costaba a sí mismo creerse ese bendito cuento.


Murió así, preso de esa extraña enfermedad que lo atormentaba. Murió tratando de comunicarle al mundo algo que, aparentemente, nadie tenía ganas de escuchar.



El aleatorio

Juro que me quería decir algo… Tenía la mirada cansada, carcomida por la rutina; el rímmel apenas corrido en el ojo izquierdo y la cabeza apoyada íntegramente sobre la ventana del 10. Me miraba a los ojos, como nunca nadie antes me miró; sedienta de comprensión y catársis. Quizás intentaba ocultar la tristeza de un divorcio reciente, o tal vez estaba tan insatisfecha profesionalmente que le dolía hasta el alma. Me miró durante unos segundos más hasta que el semáforo dio verde y la despedí con un último pestañeo. Nunca más volví a saber de ella. 

Las miradas más intensas las recibo en la calle. Son apenas unos segundos de liberación plena, de absoluta entrega a un completo y aleatorio desconocido.

Veo intentos de socorro, de escape. Veo ojos que me quieren insultar y otros que me quieren hacer el amor. Veo miradas de desesperación, de búsqueda, de encuentro…

Hay veces que no hay amigo, familiar o psicólogo que me contenga. Hay veces que necesito perderme en el cemento y depositar mis miedos, proyectos, dudas y aciertos en la mirada de los demás.

Aunque sólo sea por unos pocos segundos. Aunque compartamos tres peldaños de la escalera del subte o nos crucemos por única vez en la salida de un edificio público.

Así caminamos, buscando consuelo en un par de ojos aleatorios. 
Aunque nos encantaría que el aleatorio frene; nos escuche eternamente y nos abrace hasta que duela. Que nos de la receta de la vida mientras nos da un beso interminable, revolviéndonos todas las certezas que alguna vez tuvimos.

Pero el aleatorio nunca frena. 
Porque el aleatorio es el otro...
pero también es uno. 

Con permiso.


Bichos de engaño

Cómo me tragué el buzón ese de que el ser humano es un bicho de costumbre. Siempre intentaron convencerme de que estamos psicológicamente preparados para afrontar el cambio, la pérdida, el rechazo, las despedidas...

Cuando caí en la cuenta de que ya no quería ser astronauta, fui comprendiendo que la costumbre es una justificación embustera para que la adaptabilidad no duela tanto. Uno cree que se acostumbra, pero técnicamente se está engañando. El auto convencimiento es el mecanismo más primitivo al que apelamos ante cualquier situación de crisis.

¿Cómo podés celebrar un casamiento días después de haber padecido un velorio?, ¿Cómo podés comer sanguchitos de miga y mezclar Cepita y Campari con una persona nueva si hace apenas unas semanas terminaste con tu ex?, ¿Cómo podés borrar un contacto de un plumazo, cambiar un amigo de un año para otro o irte a tomar cerveza después de haber renunciado a un laburo?, ¿Cómo podés seguir respirando sin ella si hasta hace un mes era “para toda la vida”? Como si nada. Como si no te importase. Como si fuera accesorio.

No cambiamos las lágrimas por el vino por costumbre, no somos tan crueles. Lo hacemos para engañarnos, para mentirnos, para que duela menos, para que dure más.

“Te juro que ya lo superé”, me aseguró una amiga el sábado por la madrugada con una convicción cuasi celestial… Fueron tres los minutos que tardó en romper en llanto, desparramando la evidente mentira por todo el bar. No había superado nada. Ni a él, ni a su historia, ni a los recuerdos que la atormentaban cuando apagaba la luz cada noche… pero a pesar de todo eso, terminamos el encuentro carcajeando como si nada. Como si el tipo no tuviera la más mínima influencia sobre ella. Como si todo eso que le revuelve las tripas y el alma no fuera lo suficientemente importante en una noche de copas.  

El tiempo no cura todo. Es uno el que bloquea el recuerdo para que no vuelva.

Claro que hay que seguir caminando, es imposible frenar en cada callejón. Pero sepamos que somos bichos de engaño, no de costumbre. Sepamos que hay personas, lugares, momentos y recuerdos que van a latir siempre, independientemente de la sangre que tengamos.

Hay cosas que nunca se van, y quedan ahí flotando… devolviéndonos las lágrimas que alguna vez nos tragamos.  

Siento que gracias a ser bichos de engaño nuestra vida no es tan triste como podría llegar a ser si no tuviéramos esa mágica capacidad de maquillar todo en un par de segundos.

Aunque les tengo que confesar que a veces me digo la verdad: arrojo unas cuantas lágrimas, me seco los ojos con el pañuelo para que no se note y me empujo sutilmente al inmenso escenario denominado vida, donde todos tomamos vino y sonreímos.

Vamos por otra ronda. Yo invito.


La guerrera

Hoy, día de la lucha mundial contra el cáncer, quiero hablarles de una persona que dedica su vida entera a combatir la enfermedad más hija de puta del mundo... mi mamá.

Podría haber elegido ser astronauta o jardinera, pero decidió hacer medicina. Y una vez en la medicina no se contentó con bajar la fiebre o curar la tos, decidió arremeter contra el mal más grande que hoy en día se conoce.

Pocas cosas me producen tanto orgullo como un oncólogo –ni qué decirles si esa oncóloga es mi vieja-. Conviven a diario alimentando la esperanza de enfermos desconsolados, sostienen a familias enteras en su desesperada lucha contra la muerte y le juegan una pulseada a diario al Barba, demorando la partida de cientos de mortales.

Todos vimos innumerables películas que relatan, en un intento morboso, la desesperada lucha de quienes sufren cáncer; pero nadie nunca muestra la película que veo a diario en mi casa.

Mi vieja no apaga el celular en vacaciones e interrumpe su almuerzo cada vez que alguien la necesita. Mi vieja se levanta a las 3 de la mañana, se clava las pantuflas y vuela al hospital. Mi vieja no le tiene miedo a la quimioterapia ni a los corticoides, sino que los usa como instrumentos eficaces de su capacidad profesional. Mi vieja no especula con productos de laboratorio ni lucra con los que menos tienen. Mi vieja también es psicóloga: acompaña a cada paciente como si fuera único y palmea la espalda de los familiares con la sana convicción de que dejó cuerpo y alma para liquidar a la enfermedad más zorra de todas.

Yo no crecí entre historias de dragones y hadas, yo crecí escuchando el relato desgarrador de quienes no se rinden hasta el último día. Mi héroe no fue ni Aladín, ni Rapuncel, ni los muñecos amorfos de los canales infantiles. Mi héroe fue, es y será mi vieja.

Feliz día a la guerrera más grande que conozco.

A ella y a todos los que luchan incansablemente para perfumar la vida, cuando sólo se huele a muerte…



26 preguntas a Guido Kaczka

¿Por qué grita, Guido? ¿Qué es aquello que le aqueja, que lo tiene intranquilo?

¿Acaso estudió una carrera universitaria para estar ahí parado, leyendo PNT’s de pastillas para adelgazar y cruceros para quinceañeras?

¿Por qué repite tanto? ¿Acaso cree que no captamos el mensaje? ¿Cree que no vimos a la bola roja esquivar el agujero? ¿Cree que no comprendimos por qué el participante perdió el juego? ¿Por qué pasa la repetición una y otra vez? ¿Nos ve lentos, señor Guido?

¿Por qué le dice “video de perfil” a un video que nada tiene que ver con el perfil de nadie? ¿Está usted bien, señor Guido? ¿Acaso consume algún tipo de estimulantes? ¿Usted mezcla el vino con la sandía?

¿Por qué cada vez le dan más espacio en la pantalla y se lo restan a otros? ¿Acaso usted sirve a la comunidad? ¿Es usted un apóstol?

¿Por qué está tan acelerado? Me pone un tanto nervioso… Llego de trabajar fatigado por problemas irresolubles y me encuentro temblando como un carnero recién nacido por una participante y un microondas de mierda.

¿Por qué los premios son tan poco apetecibles? ¿No cree que las señoras que ingresan a tamaño estudio, sin siquiera sacarse la cartera, merecen algo más contundente que una licuadora? 

¿No tiene miedo que los participantes le roben la billetera? ¿Acaso les piden antecedentes en la entrada del canal?

¿Por qué las señoritas que lo rodean se llaman “azafatas”? ¿A dónde vuelan? Yo las veo todas las tardes allí detenidas, sin destino aparente. ¿Esas mujeres cobran mucho, señor Guido? Su labor no merece ni un plato de sopa caliente…

¿Por qué lo consumo, señor Guido? ¿Por qué no leo un libro en vez de observar embobado como el coso no ingresa en el coso?

El error es mío…

La inercia hace que no pueda cambiar de canal. Casi como cuando despierto con Panam y quedo absorto escuchando sus canciones faltas de buen gusto y sus relatos desgarradores sobre los baños y las abuelas.


Es la inercia. La misma que hace que no pueda levantarme los martes después de un feriado o acostarme los viernes después del mareado…


Salí a correr

Dejá todo lo que estás haciendo y salí a correr de noche.

Dejá los expedientes y las hojas de cálculo. Olvidate de los apuntes, la agenda y el control remoto. Salí a correr. Como esas bestias babosas del National Geographic. Corré en HD y en slow motion, bamboleando la celulitis como trofeo de guerra perdida.

Salí a correr.

Que nadie te frene. Ni el jefe despótico, ni la portera chismosa. Corré por tu actual, por tu ex y por tu amante. Corré por el que te ganó el ascenso y por el que te puteó en la calle. Corré por todos los que te fumaste en esta acaramelada rutina de lunes.

Corré bien rápido. Elevá los pies del suelo. Ganale a Forrest Gump y a Usain Bolt. Ganale al motochorro que te pide la mochila y al sátiro de la esquina que quiere acariciarte la entrepierna.  

Salí a correr.

Y llevá música. Esa que te hace llorar. Sí, dije bien. La que te hace llorar.

Y corré llorando. No hay nada más bonito –me encanta la palabra bonito- que correr llorando. Y chuparte las lágrimas y tragarte los mocos, y dejar que el viento te seque los párpados.  

Subí la música. Más fuerte. Que silencie los problemas. Que no se escuchen.

Y si está diluviando, que la lluvia te golpée la cara; que te la desfigure. Poné a bailar cumbia a los manteles de los restaurantes con una ráfaga certera. Sentí el sudor de las ideas corriendo por tu espalda. Descargá la angustia y la ira, toda junta. Arrojá los miedos sobre el primer charco con el que tropieces. Y seguí corriendo.

Ahora frená un segundo.

Sentate en un banco de plaza con los pulmones húmedos y el corazón agitado, y ahí, contá las estrellas. Todas las que te permitan ver esos bloques de cemento que todo lo tapan. Y una vez que las hayas contado, volvé a correr.

Atravesá la ciudad como una chita en celo.  

Corré de noche, porque ahí nadie te encuentra. Corré mientras todos duermen. Corré de madrugada. Corré a orillas de un río o atravesando un campo.

Solo vos. Tu alma. Los auriculares. Y el short agujereado. 

Sacate la remera. Desnudate. Y acariciá tu pelo con la yema de los dedos. Experimentá el placer de rebotar sobre el césped y sobre el empedrado. 

Hacé tu descarga diaria corriendo. Que sea tuya. Pura. Sincera. Liberadora.

Salí a correr,

porque aunque dicen que la procesión va por dentro,

yo estoy seguro que hay que sacarla afuera.

Me gusta

- Hola, ¿Cómo estás?

- Acá ando… Buscando seguidores.

- ¿Seguidores? ¿Armaste una ONG? ¿Te volcaste a la política?

- ¡Noooo! Busco seguidores para que me den likes.

- ¿Likes?

- Sí, para que pongan “me gusta” en las cosas que publico…

- ¿Y cómo funciona eso?

- Es simple: subís fotos que sabés que van a causar buen impacto. Los bebés y las recibidas nunca fallan. Tomás de rehén al bulldog francés o a la abuela con una frase trillada de pie que dé un golpe bajo certero; o escribís oraciones desgarradoras y morbosas contra tu ex; o hacés check-in en algún lugar sofisticado.

- ¿Check-in?

- Claro, marcás que estás cenando en el Four Seasons aunque sos más habitué del 2x1 del Corralón. Comunicás que estás viendo a Testino o Kusama en el MALBA que, antes de descubrir que era un fotógrafo y una artista visual, pensabas que eran nombres de sachets de leche.

- ¿Y para qué querés tantos likes?

- Para tapar a palazos mi baja autoestima y la falta de confianza en todo lo que hago y digo, sumado al miedo de ser rechazado por la masa inútil que me consume, engañándolos a través de una pantalla para que crean que soy lindo, famoso, querido y rico.

- ¿Funciona?

- Hasta que me conocen en persona, sí.



El día que dejé de ser un pelotudo

Resulta que hace dos días me encontré puteando como una prostituta de puerto mal paga porque en el restaurant en el que me encontraba no había wi-fi. Me bailaban las piernas y se me caían las uñas por unas escasas barras de señal en la pantalla de mi celular.

Y fue entonces, con la ansiedad offline y el pulso intranquilo, que decidí dejar de ser un pelotudo.

Observé el sambuche de salmón y rúcula -mientras se suicidaba la comunidad de machos argentina- y le di un colosal bocado. Aparté mi celular y decidí examinar mi alrededor, tarea casi imposible de realizar si hubiese tenido conexión a internet.

Y entonces, descubrí el mundo.

Sentí olor a frutillas. Y vislumbré el licuado de la chica de la mesa contigua. Un joven le endulzaba los oídos y le acariciaba la pierna. Más allá, una abuela lloraba de risa comunicándose por teléfono con algún nieto lejano. Empecé a escuchar la música del retaurante. Era jazz. El sonido era perfecto. Afuera, sonaba el mar chocando con las rocas y el viento golpeando la ventana. Me saqué las zapatillas. Moví los dedos del pie y descubrí que tenía arena en ellos, porque estaba en la playa. Pedí una cerveza. Estaba helada. Soberbia. Bajaba por mi garganta raudamente mientras sentía el olor a frutillas y escuchaba el mítico jazz. Pagué la cuenta y me levanté casi flotando. Empecé a caminar mirando a los ojos a la gente y sonriendo a un par. Me sentía vivo. Pleno. Empecé a tararear una canción. Y a mascar un chicle de uva. Y a sentir como el viento secaba mis ojos.

-  ¡Señor!

Me interrumpe alguien. Era la moza del restaurant que había abandonado hace unos segundos…

-  Tome... se olvidaba su celular.


Dar la vida

¿Nunca pensaste en dejar todo por otra persona? ¿En dejar que se pudra tu cuerpo y se eleve tu alma?

¿Nunca pensaste si sos capaz de que tus alveolos se compriman y se te cierre la glotis, con tal de dejarla respirando?

Además de vomitar un “te amo” apresurado y endeble en la séptima cita, ¿Te preguntaste si entregarías todos tus bienes, todas tus posesiones, todo lo que sos y tenés, con tal de tenerla siempre a tu lado?

Cuando hablo de morir por amor no hablo de suicidio, hablo de entrega. De ser capaz de abandonar absolutamente todo aquello que te hace feliz simplemente porque tu vida perdería sentido con su mera ausencia.

¿Alguna vez te preguntaste si darías la vida por esa persona?

Si la respuesta es no, déjame decirte con todo respeto
que nunca amaste.


Lástima

Tengo mucha lástima. Ni bronca ni enojo, lástima. Quizá el peor sentimiento de todos, junto con la pena y el dolor, por su cuota de resignación y su nula capacidad de acción.

Me da lástima que haya celebración, cuando hay más de 10 velorios. La palabra fiesta, sea cual sea su motivo, no cabe bajo ningún punto de vista en un día como hoy. El baile y el vino sólo demuestran esa maravillosa capacidad de hacer oídos sordos a una realidad que nos está atormentando.

Tengo lástima de ver a un pueblo revelado contra sí mismo, arrebatándose la honra y la autoestima. Tengo lástima de ver una comunidad dividida, irreconciliablemente enfrentada por los colores políticos de turno, olvidándose del bien común y la ayuda colectiva.

Tengo lástima de tener un suelo primermundista, una administración tercermundista y una sociedad deprimentomundista.

Tengo lástima de los ventajistas, de los asesinos, de los cobardes. Tengo lástima de mí, por limitarme a escribir unas pocas líneas críticas y lástima de vos, por limitarte a leerlas.

Tal vez sea hora de transformar la lástima en algo productivo.

No sé en qué.

No sé cómo.

Calculo que es justamente por esos dos motivos por los que introduzco un sobre blanco en la urna electoral de mi escuela contigua, delegando mi “no sé en qué” y mi “no sé cómo” en aquellos que considero que sí pueden resolverlos.

Guardo el vino y el baile para cuando la lástima se me pase. 
Y espero que sea pronto…

De Tinder y otras redes de prostitución

Ahí están, ahí se ofrecen… como cabezas de ganado en el último remate del pueblo.

Ella, le hace creer a todos que tiene gomas prominentes mostrando una foto picada sacada en una ciudad costera.

Él, exhibe sus marcados abdominales trabajados durante toda la temporada invernal.

Éramos pocos y apareció Tinder. Una aplicación en la que se suceden personas del sexo opuesto -en caso de que seas heterosexual- para que puedas manifestar, de manera privada, si te gusta el pedazo de carne que se ofrece o si preferís quedarte solo chupando clavos. Un par de fotos, la edad, amigos en común y unos pocos intereses son suficientes para elegir si te quedás con ella o seguís con la próxima víctima.

Y así pasan… Carla y Estefanía; Pablo y Facundo; y ninguno te convence… O es muy flaco o muy gordita, o le gusta Pimpinella o tenés de amigo en común a tu ex.

Junto con Tinder, una multiplicidad de plataformas para enterrar la hortaliza. Redes en las que se pide a grito desconsolado un novio, una amante o un acompañante terapéutico para los fines de semana.

Uno de los factores en común que tienen este tipo de redes es la indicación de proximidad. Como si de la emisión de feromonas se tratase, los especímenes que se lucen figuran con kilometraje de lejanía, para que no pierdas tiempo saludando a un provinciano si vivís en la capital o no gastes energías en mantener una conversación inteligente con alguien de Tigre, si la querés poner en Palermo.

La elección de las fotos es casi la clave del éxito en este tipo de sitios. Siempre bronceado, con la sonrisa impecable y mostrando un poco de carne. No importa que la foto esté desactualizada, -como lo es en la mayoría de los casos- importa mostrar lo flaca que estabas en el 98, lo groso que te dejaba el gym en el 2004 y qué saludable te veías tres años atrás, antes de perder pelo y sumar kilos.

Pero la prostitución no es exclusiva de aplicaciones destinadas a esa finalidad. Todas las redes sociales se terminaron transformando en un burdel virtual donde gana el que mejor busca. Desde un DM en Twitter hasta un toque en Facebook. -¿Qué es un toque?... ¿es un saludo?, ¿un llamado?, ¿una bulteada?- todos hacen sus intentos aunque sea una primera vez.

Ametrallarlo a likes parece ser la solución para que la princesita humedezca su madriguera. ¿Recuerdan cuando el “me gusta” significaba “qué simpática esta foto”?, ¿Dónde quedó la prudencia y la espera?...

Justo al lado de la dignidad.  

Instagram pasó de ofrecer lugares exóticos y vasos de Starbucks a exhibir cuerpos aceitados y pechos inquietos, en un decadente muestrario de la miseria humana.

Hasta en Linkedin se corrompen… Tener un máster en Comunicación Empresarial y saber 4 idiomas calienta más. Cuantas más palabras tiene su cargo más interesante se pone el asunto, y si su puesto está en inglés, puede levantar más de un principio de orgasmo.

Solos y solas existieron siempre, pero nunca estuvieron tan desesperados. Se desvisten en el primer portal que les ofrezca seguridad, acechan a la primera víctima que sea potable y renuncian a su dignidad con tal de tener una cita el fin de semana.

Más indigno es quedarse en el molde, mirando una película de Hitchcock jugándola de interesante. Descarguen sus aplicaciones, disparen sus chats y reconozcan su pateticismo. La única diferencia entre alguien que use el levante 2.0 y alguien que lo esquiva, será la satisfacción que tendrá el viernes a las 3 de la mañana. ¿Y a largo plazo? 

Eso ya no depende Tinder...  


Nota del autor: Quien escribió este post es tan mediocre como todos los que se describen en él. Tiene Tinder e Instagram y a veces reconoce estar desesperado por conseguir un hueso de semana.

Enchufados

Transeúntes sordos, caminando en masa pero increíblemente aislados los unos de los otros. Pasan por alto el sonido de los pájaros mañaneros, el bandoneón en el subte y el piropo obrero. Revolviendo la cera del sucio, adornando las orejas del hipster y ridiculizando a aquel que los compró rosas por falta de stock, los aparatos comprimen sus orejas y son conectados por dos lazos de goma hacia una caja sonora ubicada en su bolsillo más cercano.

Reemplazan la risa pasajera de un desconocido por unos vagos acordes de Agapornis. Sustituyen una interesantísima conversación ajena en un colectivo por el último hit de Daft Punk –y se reconocen fanáticos de la banda cuando sólo conocen “Get lucky”-. Desatienden la plegaria de un necesitado mientras mueven sus pies al compás de Michael Jackson -Con menos ritmo que el difunto, claro está-.

Y así van… enchufados. Ellas, simulando ser la Jennifer López del subdesarrollo en un desfile poco agraciado para el resto, pero increíblemente seductor para sí mismas. Ellos, acordándose de su última novia con algún tema meloso, de esos que cuando se desenchufa el aparato y se dispara el altavoz desnudando su pateticidad frente al gran público, los hace desear que las placas tectónicas se descoloquen y les den una desaparición certera, alejados de los ojos críticos y aniquiladores.

Se pierden muchas cosas. Algunos se pierden el grito de un amigo en la vereda de enfrente, el silbido de un galán provechoso o la dulce melodía de un artista callejero.

Otros, se pierden el bocinazo que advierte su inminente muerte en una esquina transitada, y vuelan por los aires al ritmo de AC/DC o Demi Lovato.

Nombres nefastos

¿Cuándo se produce la perversa sinápsis en la que un par de padres inconscientes deciden rotular a su futuro hijo con un alias tan desdichado?

“Pongámosle Tabatha
“Excelente idea mi amor… ¡Y a la próxima Geraldine!”

Eso no es sólo atentar contra el buen gusto, eso es ser un progenitor vil que poco piensa en la satisfacción de su sucesor. 

Flavio va a tener que mostrar su documento con la cabeza a gachas; Morena va a ser señalada en cuanto tema latino se baile; Nieves sufrirá la tomada de lista durante toda su vida escolar, Walter será aniquilado con algún sobrenombre camuflador y Brisa… Bueno, el sufrimiento de Brisa será casi inigualable al de los anteriores.

Pero no todo es mérito de los padres, muchas veces las personalidades públicas terminan apuñalando las denominaciones más comunes. Y así, Wanda será Nara toda la vida; Zulma será Lobato; Román Riquelme; Ivonne la de Bandana; Nazarena Velez y la más funesta de todas… Guido-Sü será casi una asociación inconsciente.

¿Para qué le ponés Solange, Nicole, Jaqueline, Abigail o Ximena si no pretendés que sea vedette?, ¿Por qué elegís Gianluca, Dylan, Xavier, Merlín Atahualpa o Lizardo si no sabés si te va a salir tan snob como lo planeaste?, ¿Por qué Celeste, Rosa, Azul, Violeta y Blanca sin no pretenden polvorear un arcoiris?, ¿Por qué Ailén, Nehuén, Pehuén, Mailén o Keilén si no van a pasearse en taparrabos por algún baldío sureño?,¿Por qué Priscila?, ¿Por qué Uriel?, ¿POR QUÉ LUDMILA? ¿¡POR QUÉEEEEEEEE?!

Claro está que el nombre no tiene nada que ver con la persona. Puede que Nancy sea una excelente mujer y que Leonardo resulte un tipo encantador. Seguramente Alan es el esposo ideal, Anahí una dama con códigos, Ariel un trabajador excepcional y Vanesa una verdadera duquesa. Pero fueron condenados al nacer, tal vez por las modas, tal vez por los padres precipitados o simplemente por el antojo arbitrario de algún desalmado.

Hablemos de Abril… o de Jonathan. Planteémonos seriamente un Leandro, una Luz Marina, un Alexis, una Natacha o un Christian con h. Fracasaste como trola si no te llamás Pamela. Fracasaste como tumbero si no te pusieron Leonel.

Samanta “toda la noche se la aguanta”, Débora “me el trozo”, Arturo “sorete duro” y Armando “sorete blando”, acá y en la China. Así que pensalo dos veces como mínimo antes de crucificarlos de por vida.

Bastián no es canchero, Nadine no es excéntrico; Braian hiere los oídos y Paola los destruye por completo. Melani no tiene sentido si no pretendés convertirla en estrella infantil latina.

Sólo me resta hacer un humilde llamado a la solidaridad:

Estimados padres,
Cuando elijan un nombre, no levanten la cabeza al horizonte y divaguen en etiquetas desagradables. Es preferible un Pedro. O una Julieta.
Desde ya, muchas gracias,

Tatiana
Gianfranco
Gisela
Melina
Maximiliano
Emilce
y
Bianca

(Y por si te preocupa, Bianca todavía no puede entender por qué le pusieron nombre de casa de almohadones, persona cruel)