Dudoso

De chico pensaba que quienes dudaban eran cagones, indecisos, inseguros... 

Tiempo después entendí que la duda es el paso necesario para la decisión y quienes la transitan tienen el enorme privilegio de poder elegir.

Sentite afortunado por eso.



La mejor cita de mi vida

Hoy estoy cumpliendo 27 años de vida y aunque me de un poco de vergüenza compartir cuestiones tan íntimas, quiero contarles que anoche tuve un regalo bastante inesperado: la cita a ciegas más hermosa de toda mi vida.
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Nos encontramos pasada la medianoche en mi bar favorito de San Telmo. Al entrar, me felicitó por mi cumpleaños con algunos nervios encima y se sentó a mi lado.
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Como en la mayoría de las citas, fue todo bastante incómodo hasta que decidimos dejar de revisar el celular y profundizar la conversación.
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Y de un momento para otro comenzó la magia: empezamos a hablar de las cosas más simples y hermosas que tiene la vida. Hablamos de mojar los pies en el mar y de meterse en la cama con las sábanas recién lavadas; de abrir la heladera después de ir al súper y de echarse una siesta en un día lluvioso; Hablamos de mirar fotos viejas, hacer amigos nuevos y llorar bajo la ducha; del olor a pasto recién cortado, al asado de domingo y al perfume de mamá; de sonarse los dedos, despertarse un feriado, rascarse una picadura y tentarse hasta que duela la panza.
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Pensamos en lo afortunados que éramos de tener a nuestros viejos vivos y de lo estupendo que resultaba poder elegir amigos incondicionales. Le confesé que si bien no había tenido mucha suerte en el amor, esta podía ser una buena ocasión para dejarme llevar...
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Salimos del bar embriagados de felicidad, me acompañó hasta casa y aunque se hicieron ‪las 5 de la mañana‬, no sentimos pasar el tiempo. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Cerré la puerta de mi departamento esperanzado y feliz por el encuentro de cumpleaños más bonito que podría haber tenido.
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Por primera vez me entregué por completo a alguien, fui plenamente honesto con lo que me pasaba y reflexioné sobre la inmensa fortuna que tengo.
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Puede sonar un poco cursi y apresurado, pero creo que finalmente encontré a la persona que estuve buscando toda la vida.
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Anoche tuve una cita conmigo mismo.
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Y les juro que fue hermosa.



Lado B

Siempre me fascinó la idea del lado b de las personas. Saber que aunque el ser humano tenga la obstinación de mostrarse fuerte, estoico, inquebrantable, seguramente tenga una profunda historia detrás que lo haga un poco menos perfecto pero mucho más interesante...



El misterioso día que se cortó la luz

Hace varios años que no se corta la luz en casa.
El módem está en su mejor momento desde que amenacé al último eslabón de la cadena de mando de Fibertel con darme de baja del servicio. El 4G de mi celular corre más rápido que el actual de mi ex.  
El televisor emite los apocalípticos programas políticos de turno y loopea alguna que otra serie yankee de los 90.
Los parlantes reproducen la última lista de éxitos de Spotify en un volumen considerable, saltando del tema pop de un proyecto fallido de diva moderna al cover de cumbia nacional, ese que bailan las chetitas ebrias a la vera del Río de la Plata.
Y ahí estoy yo.
En el medio del ruido, contaminando mi cabeza con historias huecas de contenido que simulan realidades ajenas; llenando los vacíos existenciales y las preguntas nunca resultas con un grupo de panelistas chillones; ensordeciendo mis oídos con música aleatoria...
Vivo rodeado de enchufes, auriculares, adaptadores y zapatillas; cableado como un sextomecino en la sala de neonatología pero con mucha menos fuerza y propósito que el recién nacido.
Cocino con el bullicio de los canales de aire, me ducho tarareando un himno avergonzante, corro al subte revisando los videos tendencia del día y quedo dormido sin poder elegir una "aclamada por la crítica" decente en Netflix.
Ayer se cortó la luz después de mucho tiempo.
Se apagó todo. Cayeron las cargas de las baterías y las señales, los narcos y los sensates, los likes y los inbox.
Enmudeció el Tinelli del vecino del A y el Del Moro de la vecina del C. El instagramer banana se quedó con el gag atragantado y la youtuber se fundió a negro sin poder terminar de maquillarse. Calló Lana y calló el Rey.
Quedé solo. Desnudo en el medio del living.  
Tomé una bocanada grande de aire.
Esuché el silencio.
Miré por la ventana.
Sonreí. Estable. Entero. Decidido.
Y rompí en llanto.
*
Ilustración por Tom. Encontrá más dibujos en La Bitácora y Yo.

El postre

Resulta tímido cuando abre la puerta pero luego de ponerse mínimamente cómodo, termina confesándote todo.

Se sienta a la mesa con el pudor de quien no merece visitarte, pero con el correr de los minutos se vuelvo osado, ordinario y un tanto desesperado…

Parece fuerte y decidido pero es el más débil e inseguro de todos.

Si no le contestás como él desea, trata de seducirte a balbuceos, de forma estúpidamente ridícula, intentando convencerte de que es la mejor opción para esa cena tardía.

Es el único que se saltea la entrada y el primer plato, y pide directamente el postre.

No tiene tacto, habla mucho y se arrepiente rápido.

Al despedirse, cierra la puerta dejando atrás su honorabilidad, decoro y amor propio.

Y ahí va, a trampolinear en la pileta más seca de todas…


El mensaje de las 4 de la mañana.

Valdrá la pena

Tirado en el sillón de mi casa, sobrepasado por la vida, con unos cuantos tintos encima y con la ropa de trabajo deshecha por la transpiración invernal, un amigo cercano me pedía consejo sobre cómo superar el mal trago que estaba atravesando.

Repasé el historial de películas románticas y libros de autoayuda y recordé una frase que aunque trillada y empalagosa, efectiva:

I’m not telling you it’s going to be easy. 
I’m telling you it’s going to be worth it.
No te estoy diciendo que va a ser fácil. Te estoy diciendo que va a valer la pena.

Y ahí estaba la respuesta a todos los males de la vida en dos simples oraciones. Pensé por qué nunca le había dado la importancia que merecía semejante postulado y acto seguido, en un intento desesperado de consuelo, lo reproduje frente a los ojos agobiados que me observaban.

Mi amigo pidió que se lo desarrollara un poco más –con justa razón- teniendo en cuenta el estado desahuciado en el que se hallaba.

“Significa que vas a llorar mucho”, me apresuré a decirle mientras le palmeaba la espalda.

“Sí… Y vas a pasar noches retorciéndote en la cama preguntándote por qué las cosas no son de otra manera. Te va a doler el pecho de querer, la cabeza de pensar y las piernas de intentar mantenerte en pie.

Vas a extrañar como nunca extrañaste a nada ni a nadie, infiriendo que quizás tomaste el camino errado. ¡Eso mismo! vas a llegar a convencerte de que el camino que tomaste es el equivocado y cuando estés a punto de patear las paredes con la furia del que no tiene más salida, vamos a aparecer los amigos, para recordarte por qué tomaste las decisiones que tomaste.

Te voy a obligar a que te hagas cargo de que lo elegiste. Me voy a pasar horas anticipándote finales apocalípticos sobre “lo que hubiese pasado si…” y te voy a insultar cada vez que trates de escaparte al recuerdo remoto.

Y solo ahí, al final del cuento, cuando tu mirada deje de ser chata y cortoplacista, vas a ver cómo se materializa todo ese esfuerzo aparentemente inútil. Vas a agradecerme a mí y a todos los que te acompañaron… pero lo más importante de todo: vas a agradecerte a vos por haber superado ese problema aparentemente irresoluble que te quitaba el sueño”

No sé si lo aconsejé como correspondía, pero se fue mínimamente esperanzado. El problema recién empezaba, ya que la parte “no te digo que va a ser fácil” comenzaba a asomar…

*  *  *

Hoy, varios meses después de aquella noche, no hace falta escucharlo para darse cuenta: tiene el “valió la pena” tatuado en la frente.

Y no sabés lo lindo que le queda...



Los últimos días del exhibicionista

Hace un tiempo, conocí a una persona que padecía la enfermedad más extraña de la que se tuvo conocimiento. Tenía una patología que consistía en poseer una imperiosa necesidad de comunicarle al mundo entero dónde se encontraba y qué era lo que hacía.

Una exigencia biológica que lo hacía tener que señalarle al resto de la sociedad, a cada momento, en qué lugar estaba…

… si en esa fiesta, si en tal bar, si en aquel restaurante. Si con “esos” amigos, si con tales parientes, si con aquella pareja…

En esas numerosas “ubicaciones” depositaba todo ese miedo de que a nadie le importe un real carajo lo que estaba haciendo.

Su vida fue transformándose, poco a poco, en un catálogo inútil de check-in’s. Vivía tan preocupado por el afuera, que se olvidaba de la importancia del adentro. Esta enfermedad lo fue vaciando de contenido, hasta desnutrirlo mentalmente y convertirlo en un bicho en apariencia social pero absolutamente solo.

Se fue quedando sin argumentos, experiencias o relaciones de peso, ya que todos sus encuentros estaban programados para la exhibición, y no importaba si los contactos que establecía hoy no eran los que había elegido ayer. Su vida cambiaba como cambian los calcetines de los oficinistas. Establecía encuentros oportunistas y ventajeros. Todo era tan finito que sólo se cuantificaba en esas publicaciones diarias de mostración universal. Todo era tan superficial que nunca pudo encontrarse en un retrato espontáneo. Todo era tan fingido que muchas veces le costaba a sí mismo creerse ese bendito cuento.


Murió así, preso de esa extraña enfermedad que lo atormentaba. Murió tratando de comunicarle al mundo algo que, aparentemente, nadie tenía ganas de escuchar.



El aleatorio

Juro que me quería decir algo… Tenía la mirada cansada, carcomida por la rutina; el rímmel apenas corrido en el ojo izquierdo y la cabeza apoyada íntegramente sobre la ventana del 10. Me miraba a los ojos, como nunca nadie antes me miró; sedienta de comprensión y catársis. Quizás intentaba ocultar la tristeza de un divorcio reciente, o tal vez estaba tan insatisfecha profesionalmente que le dolía hasta el alma. Me miró durante unos segundos más hasta que el semáforo dio verde y la despedí con un último pestañeo. Nunca más volví a saber de ella. 

Las miradas más intensas las recibo en la calle. Son apenas unos segundos de liberación plena, de absoluta entrega a un completo y aleatorio desconocido.

Veo intentos de socorro, de escape. Veo ojos que me quieren insultar y otros que me quieren hacer el amor. Veo miradas de desesperación, de búsqueda, de encuentro…

Hay veces que no hay amigo, familiar o psicólogo que me contenga. Hay veces que necesito perderme en el cemento y depositar mis miedos, proyectos, dudas y aciertos en la mirada de los demás.

Aunque sólo sea por unos pocos segundos. Aunque compartamos tres peldaños de la escalera del subte o nos crucemos por única vez en la salida de un edificio público.

Así caminamos, buscando consuelo en un par de ojos aleatorios. 
Aunque nos encantaría que el aleatorio frene; nos escuche eternamente y nos abrace hasta que duela. Que nos de la receta de la vida mientras nos da un beso interminable, revolviéndonos todas las certezas que alguna vez tuvimos.

Pero el aleatorio nunca frena. 
Porque el aleatorio es el otro...
pero también es uno. 

Con permiso.


Bichos de engaño

Cómo me tragué el buzón ese de que el ser humano es un bicho de costumbre. Siempre intentaron convencerme de que estamos psicológicamente preparados para afrontar el cambio, la pérdida, el rechazo, las despedidas...

Cuando caí en la cuenta de que ya no quería ser astronauta, fui comprendiendo que la costumbre es una justificación embustera para que la adaptabilidad no duela tanto. Uno cree que se acostumbra, pero técnicamente se está engañando. El auto convencimiento es el mecanismo más primitivo al que apelamos ante cualquier situación de crisis.

¿Cómo podés celebrar un casamiento días después de haber padecido un velorio?, ¿Cómo podés comer sanguchitos de miga y mezclar Cepita y Campari con una persona nueva si hace apenas unas semanas terminaste con tu ex?, ¿Cómo podés borrar un contacto de un plumazo, cambiar un amigo de un año para otro o irte a tomar cerveza después de haber renunciado a un laburo?, ¿Cómo podés seguir respirando sin ella si hasta hace un mes era “para toda la vida”? Como si nada. Como si no te importase. Como si fuera accesorio.

No cambiamos las lágrimas por el vino por costumbre, no somos tan crueles. Lo hacemos para engañarnos, para mentirnos, para que duela menos, para que dure más.

“Te juro que ya lo superé”, me aseguró una amiga el sábado por la madrugada con una convicción cuasi celestial… Fueron tres los minutos que tardó en romper en llanto, desparramando la evidente mentira por todo el bar. No había superado nada. Ni a él, ni a su historia, ni a los recuerdos que la atormentaban cuando apagaba la luz cada noche… pero a pesar de todo eso, terminamos el encuentro carcajeando como si nada. Como si el tipo no tuviera la más mínima influencia sobre ella. Como si todo eso que le revuelve las tripas y el alma no fuera lo suficientemente importante en una noche de copas.  

El tiempo no cura todo. Es uno el que bloquea el recuerdo para que no vuelva.

Claro que hay que seguir caminando, es imposible frenar en cada callejón. Pero sepamos que somos bichos de engaño, no de costumbre. Sepamos que hay personas, lugares, momentos y recuerdos que van a latir siempre, independientemente de la sangre que tengamos.

Hay cosas que nunca se van, y quedan ahí flotando… devolviéndonos las lágrimas que alguna vez nos tragamos.  

Siento que gracias a ser bichos de engaño nuestra vida no es tan triste como podría llegar a ser si no tuviéramos esa mágica capacidad de maquillar todo en un par de segundos.

Aunque les tengo que confesar que a veces me digo la verdad: arrojo unas cuantas lágrimas, me seco los ojos con el pañuelo para que no se note y me empujo sutilmente al inmenso escenario denominado vida, donde todos tomamos vino y sonreímos.

Vamos por otra ronda. Yo invito.


La guerrera

Hoy, día de la lucha mundial contra el cáncer, quiero hablarles de una persona que dedica su vida entera a combatir la enfermedad más hija de puta del mundo... mi mamá.

Podría haber elegido ser astronauta o jardinera, pero decidió hacer medicina. Y una vez en la medicina no se contentó con bajar la fiebre o curar la tos, decidió arremeter contra el mal más grande que hoy en día se conoce.

Pocas cosas me producen tanto orgullo como un oncólogo –ni qué decirles si esa oncóloga es mi vieja-. Conviven a diario alimentando la esperanza de enfermos desconsolados, sostienen a familias enteras en su desesperada lucha contra la muerte y le juegan una pulseada a diario al Barba, demorando la partida de cientos de mortales.

Todos vimos innumerables películas que relatan, en un intento morboso, la desesperada lucha de quienes sufren cáncer; pero nadie nunca muestra la película que veo a diario en mi casa.

Mi vieja no apaga el celular en vacaciones e interrumpe su almuerzo cada vez que alguien la necesita. Mi vieja se levanta a las 3 de la mañana, se clava las pantuflas y vuela al hospital. Mi vieja no le tiene miedo a la quimioterapia ni a los corticoides, sino que los usa como instrumentos eficaces de su capacidad profesional. Mi vieja no especula con productos de laboratorio ni lucra con los que menos tienen. Mi vieja también es psicóloga: acompaña a cada paciente como si fuera único y palmea la espalda de los familiares con la sana convicción de que dejó cuerpo y alma para liquidar a la enfermedad más zorra de todas.

Yo no crecí entre historias de dragones y hadas, yo crecí escuchando el relato desgarrador de quienes no se rinden hasta el último día. Mi héroe no fue ni Aladín, ni Rapuncel, ni los muñecos amorfos de los canales infantiles. Mi héroe fue, es y será mi vieja.

Feliz día a la guerrera más grande que conozco.

A ella y a todos los que luchan incansablemente para perfumar la vida, cuando sólo se huele a muerte…



26 preguntas a Guido Kaczka

¿Por qué grita, Guido? ¿Qué es aquello que le aqueja, que lo tiene intranquilo?

¿Acaso estudió una carrera universitaria para estar ahí parado, leyendo PNT’s de pastillas para adelgazar y cruceros para quinceañeras?

¿Por qué repite tanto? ¿Acaso cree que no captamos el mensaje? ¿Cree que no vimos a la bola roja esquivar el agujero? ¿Cree que no comprendimos por qué el participante perdió el juego? ¿Por qué pasa la repetición una y otra vez? ¿Nos ve lentos, señor Guido?

¿Por qué le dice “video de perfil” a un video que nada tiene que ver con el perfil de nadie? ¿Está usted bien, señor Guido? ¿Acaso consume algún tipo de estimulantes? ¿Usted mezcla el vino con la sandía?

¿Por qué cada vez le dan más espacio en la pantalla y se lo restan a otros? ¿Acaso usted sirve a la comunidad? ¿Es usted un apóstol?

¿Por qué está tan acelerado? Me pone un tanto nervioso… Llego de trabajar fatigado por problemas irresolubles y me encuentro temblando como un carnero recién nacido por una participante y un microondas de mierda.

¿Por qué los premios son tan poco apetecibles? ¿No cree que las señoras que ingresan a tamaño estudio, sin siquiera sacarse la cartera, merecen algo más contundente que una licuadora? 

¿No tiene miedo que los participantes le roben la billetera? ¿Acaso les piden antecedentes en la entrada del canal?

¿Por qué las señoritas que lo rodean se llaman “azafatas”? ¿A dónde vuelan? Yo las veo todas las tardes allí detenidas, sin destino aparente. ¿Esas mujeres cobran mucho, señor Guido? Su labor no merece ni un plato de sopa caliente…

¿Por qué lo consumo, señor Guido? ¿Por qué no leo un libro en vez de observar embobado como el coso no ingresa en el coso?

El error es mío…

La inercia hace que no pueda cambiar de canal. Casi como cuando despierto con Panam y quedo absorto escuchando sus canciones faltas de buen gusto y sus relatos desgarradores sobre los baños y las abuelas.


Es la inercia. La misma que hace que no pueda levantarme los martes después de un feriado o acostarme los viernes después del mareado…


Salí a correr

Dejá todo lo que estás haciendo y salí a correr de noche.

Dejá los expedientes y las hojas de cálculo. Olvidate de los apuntes, la agenda y el control remoto. Salí a correr. Como esas bestias babosas del National Geographic. Corré en HD y en slow motion, bamboleando la celulitis como trofeo de guerra perdida.

Salí a correr.

Que nadie te frene. Ni el jefe despótico, ni la portera chismosa. Corré por tu actual, por tu ex y por tu amante. Corré por el que te ganó el ascenso y por el que te puteó en la calle. Corré por todos los que te fumaste en esta acaramelada rutina de lunes.

Corré bien rápido. Elevá los pies del suelo. Ganale a Forrest Gump y a Usain Bolt. Ganale al motochorro que te pide la mochila y al sátiro de la esquina que quiere acariciarte la entrepierna.  

Salí a correr.

Y llevá música. Esa que te hace llorar. Sí, dije bien. La que te hace llorar.

Y corré llorando. No hay nada más bonito –me encanta la palabra bonito- que correr llorando. Y chuparte las lágrimas y tragarte los mocos, y dejar que el viento te seque los párpados.  

Subí la música. Más fuerte. Que silencie los problemas. Que no se escuchen.

Y si está diluviando, que la lluvia te golpée la cara; que te la desfigure. Poné a bailar cumbia a los manteles de los restaurantes con una ráfaga certera. Sentí el sudor de las ideas corriendo por tu espalda. Descargá la angustia y la ira, toda junta. Arrojá los miedos sobre el primer charco con el que tropieces. Y seguí corriendo.

Ahora frená un segundo.

Sentate en un banco de plaza con los pulmones húmedos y el corazón agitado, y ahí, contá las estrellas. Todas las que te permitan ver esos bloques de cemento que todo lo tapan. Y una vez que las hayas contado, volvé a correr.

Atravesá la ciudad como una chita en celo.  

Corré de noche, porque ahí nadie te encuentra. Corré mientras todos duermen. Corré de madrugada. Corré a orillas de un río o atravesando un campo.

Solo vos. Tu alma. Los auriculares. Y el short agujereado. 

Sacate la remera. Desnudate. Y acariciá tu pelo con la yema de los dedos. Experimentá el placer de rebotar sobre el césped y sobre el empedrado. 

Hacé tu descarga diaria corriendo. Que sea tuya. Pura. Sincera. Liberadora.

Salí a correr,

porque aunque dicen que la procesión va por dentro,

yo estoy seguro que hay que sacarla afuera.

Me gusta

- Hola, ¿Cómo estás?

- Acá ando… Buscando seguidores.

- ¿Seguidores? ¿Armaste una ONG? ¿Te volcaste a la política?

- ¡Noooo! Busco seguidores para que me den likes.

- ¿Likes?

- Sí, para que pongan “me gusta” en las cosas que publico…

- ¿Y cómo funciona eso?

- Es simple: subís fotos que sabés que van a causar buen impacto. Los bebés y las recibidas nunca fallan. Tomás de rehén al bulldog francés o a la abuela con una frase trillada de pie que dé un golpe bajo certero; o escribís oraciones desgarradoras y morbosas contra tu ex; o hacés check-in en algún lugar sofisticado.

- ¿Check-in?

- Claro, marcás que estás cenando en el Four Seasons aunque sos más habitué del 2x1 del Corralón. Comunicás que estás viendo a Testino o Kusama en el MALBA que, antes de descubrir que era un fotógrafo y una artista visual, pensabas que eran nombres de sachets de leche.

- ¿Y para qué querés tantos likes?

- Para tapar a palazos mi baja autoestima y la falta de confianza en todo lo que hago y digo, sumado al miedo de ser rechazado por la masa inútil que me consume, engañándolos a través de una pantalla para que crean que soy lindo, famoso, querido y rico.

- ¿Funciona?

- Hasta que me conocen en persona, sí.



El día que dejé de ser un pelotudo

Resulta que hace dos días me encontré puteando como una prostituta de puerto mal paga porque en el restaurant en el que me encontraba no había wi-fi. Me bailaban las piernas y se me caían las uñas por unas escasas barras de señal en la pantalla de mi celular.

Y fue entonces, con la ansiedad offline y el pulso intranquilo, que decidí dejar de ser un pelotudo.

Observé el sambuche de salmón y rúcula -mientras se suicidaba la comunidad de machos argentina- y le di un colosal bocado. Aparté mi celular y decidí examinar mi alrededor, tarea casi imposible de realizar si hubiese tenido conexión a internet.

Y entonces, descubrí el mundo.

Sentí olor a frutillas. Y vislumbré el licuado de la chica de la mesa contigua. Un joven le endulzaba los oídos y le acariciaba la pierna. Más allá, una abuela lloraba de risa comunicándose por teléfono con algún nieto lejano. Empecé a escuchar la música del retaurante. Era jazz. El sonido era perfecto. Afuera, sonaba el mar chocando con las rocas y el viento golpeando la ventana. Me saqué las zapatillas. Moví los dedos del pie y descubrí que tenía arena en ellos, porque estaba en la playa. Pedí una cerveza. Estaba helada. Soberbia. Bajaba por mi garganta raudamente mientras sentía el olor a frutillas y escuchaba el mítico jazz. Pagué la cuenta y me levanté casi flotando. Empecé a caminar mirando a los ojos a la gente y sonriendo a un par. Me sentía vivo. Pleno. Empecé a tararear una canción. Y a mascar un chicle de uva. Y a sentir como el viento secaba mis ojos.

-  ¡Señor!

Me interrumpe alguien. Era la moza del restaurant que había abandonado hace unos segundos…

-  Tome... se olvidaba su celular.


Dar la vida

¿Nunca pensaste en dejar todo por otra persona? ¿En dejar que se pudra tu cuerpo y se eleve tu alma?

¿Nunca pensaste si sos capaz de que tus alveolos se compriman y se te cierre la glotis, con tal de dejarla respirando?

Además de vomitar un “te amo” apresurado y endeble en la séptima cita, ¿Te preguntaste si entregarías todos tus bienes, todas tus posesiones, todo lo que sos y tenés, con tal de tenerla siempre a tu lado?

Cuando hablo de morir por amor no hablo de suicidio, hablo de entrega. De ser capaz de abandonar absolutamente todo aquello que te hace feliz simplemente porque tu vida perdería sentido con su mera ausencia.

¿Alguna vez te preguntaste si darías la vida por esa persona?

Si la respuesta es no, déjame decirte con todo respeto
que nunca amaste.